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jueves, 30 de agosto de 2012

El principio de responsabilidad de Hans Jonas - I



El principio Responsabilidad de Hans Jonas - I
Hans Jonas’ Principle of Responsibility
O princípio de Responsabilidade de Hans Jonas


José Eduardo de Siqueira
* Doctor en Medicina. Magister en Bioética en la Universidad de Chile. Presidente de la Sociedad Brasileña de Bioética (2005-2007). Miembro Titular de la Comisión Nacional de Ética en Pesquisa de Brazil. Miembro del Board de la International Association of Bioethics (2006-2012).

ARTÍCULO ORIGINAL/ Research report / Artigo original:
Revista - Centro Universitário São Camilo - 2009;3(2):171-193





RESUMEN: Este trabajo es una reflexión sobre la principal obra del filósofo alemán contemporáneo, Hans Jonas. Muestra la trayectoria intelectual de Jonas hasta llegar al rescate de la ética de la responsabilidad, que Max Weber sugiere en obras de comienzos del siglo XX. El Principio Responsabilidad de Jonas es una evaluación sumamente crítica de la ciencia moderna y de su “brazo armado”, la tecnología. El filósofo muestra la necesidad que el ser humano tiene de actuar con cautela y humildad frente al enorme poder transformador de la tecnociencia.
PALABRAS LLAVE: Ética de la responsabilidad. Bioética - Hans Jonas. Tecnociência.

ABSTRACT: This work is a reflection on the main work of the contemporary German philosopher, Hans Jonas. It shows the intellectual trajectory of Jonas until succeeding in rescuing the ethics of responsibility that Max Weber suggests in works written in the first years of the Twentieth century. Jonas’ Principle of Responsibility is an extremely critical evaluation of modern science and its “armed sector”, technology. The philosopher shows the necessity for human beings to act with caution and humility against the enormous transforming power technoscience has.
KEYWORDS: Ethics of responsability. Bioethics - Hans Jonas. Technoscience.

Resumo: Este trabalho é uma reflexão sobre o principal trabalho do filósofo alemão contemporâneo Hans Jonas. Mostra a trajetória intelectual de Jonas até conseguir resgatar a ética da responsabilidade que Max Weber sugere em trabalhos escritos nas primeiras décadas do século XX. O princípio de responsabilidade de Jonas é uma avaliação extremamente crítica da ciência moderna e de seu “braço armado”, a tecnologia. O filósofo mostra a necessidade de os seres humanos agirem com cuidado e humildade diante do enorme poder de transformação da tecnociência.
Palavras -chave : Ética da responsabilidade. Bioética - Hans Jonas. Tecnociência.





EL PRINCIPIO RESPONSABILIDAD

Hans Jonas nació en 1903 en Mönchenglandback, Alemania. De origen judío, recibió una formación humanística a través de la atenta lectura de los profetas hebreos. Su intensa vida intelectual fue relatada por él mismo en una conferencia dada en octubre de 1986 en la Universidad de Heidelberg, cuando se cumplieron 600 años de su fundación. Señala tres momentos marcantes en su formación filosófica. El primero comenzó en 1921 cuando, recién graduado, asiste a las clases de un maestro hasta entonces poco conocido, Martin Heidegger, en la Universidad de Freiburg. Según Jonas, él fue durante mucho tiempo su mentor intelectual. Cuando Heidegger se traslada a la Universidad de Marburg, Jonas lo acompaña. Allí conoce a Rudolf Bultmann, bajo cuya orientación elabora una tesis sobre la gnosis en el cristianismo primitivo, presentada en 1931. Como resultado de ese trabajo inicial, en 1934 publica el célebre “Gnosis und spätantiker Geist”, considerado por él mismo como el primer gran momento de su trayectoria como filósofo. Ese mismo año Jonas se ve obligado a abandonar Alemania, debido a la ascensión del nazismo al poder. El segundo gran momento en la vida intelectual de Jonas ocurre en 1966, con la publicación de “Phenomenon of Life, Toward a Philosophical Biology”, obra en la que establece los parámetros para una filosofía de la biología. Abre un nuevo camino de reflexión sobre la precariedad de la vida y muestra el gran alcance filosófico de ese abordaje de la biología, pues vuelve a colocar la vida en una posición privilegiada y lejos de los extremos del idealismo irreal y del limitado materialismo. Presenta el equívoco de aislar al hombre de la naturaleza, imaginándolo desvinculado de las otras formas de vida. En el epílogo de la obra plantea una idea general de su proyecto, cuando escribe que con la continuidad de la mente con el organismo, del organismo con la naturaleza, la ética se vuelve parte de la filosofía de la naturaleza (...). Solamente una ética fundada en la amplitud del ser puede tener significado”1.

 No es difícil reconocer la relación de esa etapa con el tercer y último momento de su vida intelectual. La búsqueda de una nueva ética desde las bases, una ética de la responsabilidadse vuelve la meta de Jonas. En 1979 publica “Das Prinzip Verantwortung- Versuchi einer Ethic für die Tecnologische Zivilisation” traducido al inglés sólo en 1984.

Desde la juventud fue partidario del sionismo y al salir de Alemania va a Israel, donde se integra a una brigada judaica de autodefensa, donde permanece como oficial de artillería hasta 1949. En la Segunda Guerra Mundial se alista en el ejército británico que lucha contra el nazismo. De esa época es la siguiente declaración: “Cinco años como soldado del ejército británico en la guerra contra Hitler (...) Alejado de los libros y de todo lo que hace parte de la investigación (...) Es que estaba comprometido algo más esencial. El estado apocalíptico de las cosas, la caída amenazadora del mundo (...) la proximidad de la muerte (...) todo eso fue terreno suficiente para propiciar una nueva reflexión sobre los fundamentos de nuestro ser y para volver a ver los principios por los cuales se guían nuestros pensamientos sobre aquellos. Es así que, volviendo a mis orígenes, fui lanzado de nuevo a la misión básica del filósofo y de su acción nata, que es pensar”2.

Fue entonces la proximidad con la realidad de la muerte que le hizo crecer la preocupación por la vida y esa fue la meta que persiguió con gran determinación. Con ello llegó a desafiar la línea dominante, la filosofía del idealismo de la conciencia en la cual se había formado, al constatar que era la herencia del dualismo cartesiano y que mucho de la filosofía moderna se había estancado en la dicotomía mente-cuerpo. Era necesario volver a pensar la ética.




LA NUEVA ÉTICA PROPUESTA POR JONAS

Hans Jonas señala como marco inicial del abuso del dominio del hombre sobre la naturaleza, causando su destrucción, el choque provocado por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En una entrevista publicada en el número 171 de la revista Esprit, del mes de mayo de 1991, dice textualmente: “Ello puso en marcha el pensamiento hacia un nuevo tipo de cuestionamiento, que maduró debido al peligro que representa para nosotros mismos nuestro poder, el poder del hombre sobre la naturaleza”3.

 Sin embargo, más que la conciencia de un brusco apocalipsis, él tuvo el sentimiento de un posible apocalipsis gradualresultante del creciente peligro presentado por los riesgos del progreso técnico global y su utilización inadecuada.

Hasta ese entonces, el alcance de las prescripciones éticas estaba restringido al ámbito de la relación con el prójimo en el momento presente. Era una ética antropocéntrica y dirigida a la contemporaneidad. La moderna intervención tecnológica cambió drásticamente esa plácida realidad al poner la naturaleza al servicio del hombre y posible de ser alterada radicalmente. De ese modo, el hombre pasó a tener una relación de responsabilidad con la naturaleza, puesto que la misma se encuentra bajo su poder. Además de la intervención en la naturaleza extrahumana, es grave la manipulación del patrimonio genético del ser humano, que podrá introducir alteraciones duraderas de consecuencias futuras imprevisibles. Concluye diciendo que es preciso una nueva propuesta ética, que contemple no sólo la persona humana, sino la naturaleza también. Ese nuevo poder de la acción humana impone modificaciones en la propia naturaleza de la ética.

Todas las éticas tradicionales obedecían premisas que se interrelacionaban mutuamente y que son las siguientes:

1) La condición humana, resultante de la naturaleza del hombre y de las cosas, permanecía fundamentalmente inmutable para siempre.

2) Con base en ese presupuesto, se podía determinar con claridad y sin dificultad el bien humano.

3) El alcance de la acción humana y de su consecuente responsabilidad estaba perfectamente delimitado.

Todo bien o mal que su capacidad inventiva pudiera proporcionar, se encontraba siempre dentro de los límites de la acción del ser humano, sin afectar la naturaleza de las cosas extrahumanas. La naturaleza no era objeto de responsabilidad humana, pues cuidaba de sí misma. La ética tenía que ver con el aquí y ahora. A cambio de los antiguos imperativos éticos, entre los cuales el imperativo kantiano constituye el parámetro ejemplar “Actúa de tal modo que el principio de tu acción se transforme en una ley universal” Jonas propone un nuevo imperativo: “Actúa de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica”, o expresándolo de modo negativo: “No pongas en peligro la continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra”.

La tremenda vulnerabilidad de la naturaleza sometida a la intervención tecnológica del hombre, muestra una situación inusitada, pues nada menos que toda la biósfera del planeta está expuesta a posibles alteraciones, lo cual hace imprescindible considerar que, no sólo debe anhelarse el bien común, como también el de toda la naturaleza extrahumana.

Otras posibles intervenciones en la naturaleza del ser humano revelan las proporciones del desafío para el pensamiento ético, con respecto a la condición humana propiamente dicha. Jonas plantea una serie de interrogantes críticas. Con respecto a la prolongación de la vida humana se pregunta: ¿Hasta qué punto esto es deseable? Sobre el control de la conducta humana: ¿Debemos inducirsentimientos de felicidad o placer en la vida de las personas a través de estímulos químicos? En relación a la manipulación genética, donde el hombre toma en sus manos su propia evolución: ¿Estaremos capacitados para el papel de creadores? ¿Quiénes serán los escultores de la nueva imagen del hombre? ¿Según qué criterios y en base a qué modelos? ¿El hombre tendrá el derecho de cambiar el patrimonio genético del propio hombre? Y advierte:
Ante un potencial casi escatológico de nuestra tecnología, la ignorancia sobre las últimas consecuencias será, por sí sola, razón suficiente para una moderación responsable
(...) Hay otro aspecto digno de mencionarse, los no nacidos carecen de poder (...) ¿Qué fuerza debe representar el futuro en el presente?”4.

Delante de un poder tan extraordinario de transformaciones estamos desprovistos de reglas que ordenen las acciones humanas. Ese enorme desajuste sólo podrá repararse, de acuerdo con Jonas, mediante la formulación de una nueva Ética.




EL IMPERATIVO TECNOLÓGICO Y LAS DIMENSIONES DE LA RESPONSABILIDAD

Al formular su imperativo de responsabilidad, Jonas está pensando no tanto en el peligro de la pura y simple destrucción física de la humanidad, sino en su muerte esencial, aquella que adviene de la desconstrucción y la aleatoria reconstrucción tecnológica del hombre y del medio ambiente.

Hay una interacción entre la investigación y el poder.

Esa nueva ciencia lleva a un conocimiento anónimo, que ya no es hecho para obedecer la verdadera función del saber durante toda la historia de la humanidad, la de ser incorporada a las conciencias en la búsqueda meditada y ponderada de la calidad de vida humana.

El nuevo saber es depositado en los bancos de datos y empleado de acuerdo a los medios disponibles y según las decisiones de los que sujetan el poder. Existe un verdadero asombro cognitivo, no solamente entre los ciudadanos, sino tambien entre los científicos, ellos mismos ultraespecializados y sin el dominio de todo el saber producido5.

La investigación, por otro lado, es conducida por instituciones tecnoburocráticas. La tecnociencia va produciendo conocimientos que, sin ser objeto de reflexión crítica, se transforman en reglas impuestas a la sociedad, la cual obediente a esa máquina ciega del saber, se proyecta tambaleante a lo largo de un oscuro túnel. En una famosa conferencia sobre la crisis de la ciencia europea, Husserl ya había identificado un agujero negro en el objetivismo científico. Era la ausencia de la conciencia de sí mismo. A partir del momento en que, de un lado, ocurrió el divorcio de la subjetividad humana, reservada a la filosofía, y la objetividad del saber que es propio de la ciencia, el conocimiento científico desarrolló las tecnologías más refinadas para conocer todos los objetivos posibles, pero quedó totalmente ajeno a la subjetividad humana. Se volvió ciego a la marcha de la propia ciencia, pues la ciencia no puede conocerse, no puede autoanalisarse, con los métodos que dispone hoy en día. Es lo que Morin denomina ignorancia de la ecología de la acción”; o sea, toda acción humana, a partir del momento que tiene inicio, escapa de las manos del iniciante y entran en juego las múltiples interacciones propias de la sociedad, que la desvían de su
objetivo y a veces le dan un destino opuesto al buscado al principio6.


Para que haya responsabilidad, es preciso que exista un sujeto conciente. Lo que ocurre es que el imperativo tecnológico elimina la conciencia, elimina al sujeto, elimina la libertad en provecho de un determinismo. La superespecialización de las ciencias mutila y distorciona la noción del hombre.

En varios países latinoamericanos, por ejemplo, la economía oficial, menosprecia la noción de ciudadanía cuando elabora planes macroestructurales orientándose de acuerdo a criterios propuestos por los sectores financieros de los países centrales. La idea de hombre fue desintegrada.

Las subespecialidades de la biología descartan la idea de vida humana integral, dejando en su lugar la concepción de moléculas, de genes, del D.N.A. La idea del hombre total no se contempla más en esa ciencia navegante de lo minúsculo. Ese divorcio entre los avances científicos y la reflexión ética hicieron con que Jonas propusiera nuevas dimensiones para la responsabilidad, pues la técnica moderna ha introducido acciones de magnitudes tan diferentes, con objetivos y consecuencias tan imprevisibles, que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlos”.

Las conquistas de la ciencia se expresan por la tecnología.

La experiencia de la guerra, posteriormente, las investigaciones espaciales y los grandes laboratorios industriales ponen en evidencia que el desarrollo técnico depende estrechamente de la ciencia y el progreso de la ciencia depende fundamentalmente de la técnica. La ciencia crea nuevos modelos tecnológicos y la técnica crea nuevas líneas de objetivos científicos. La frontera es tan tenue que no se puede identificar dónde está el espíritu de la ciencia y la acción de la tecnología. Ciencia y tecnología, alma y cuerpo del nuevo imperativo que comanda los pasos de las investigaciones básicas, bien como de la biología, de la física, de la neurología, de la genética, en fin de aquellos que consideramos los tan necesarios avances del conocimiento. Básica o aplicada, la investifgación es siempre tecnocientífica, y por la simple observación de lo que sucede en un laboratorio de investigación no es posible distinguir si son procedimientos aplicados o no. Siempre y en todo lugar, el aparato tecnológico está presente y tiene un peso decisivo.

La técnica se convierte en la esencia del poder y pasa a ser la manifestación natural de las verdades contenidas en la ciencia. Si la ciencia teórica podía considerarse como pura e inocente, la tecnociencia, al ser intervencionista y modificadora, no lo es. La praxis siempre debe ser objeto de una reflexión ética.

Exactamente por eso, las cuestiones éticas se colocan hoy en el plano de las investigaciones llamadas básicas, pues el proyecto de saber lleva inevitablemente al hacer y al poder. En un contexto contemporáneo la pregunta kantiana “¿Qué puedo hacer?” debe contener otra: ¿Qué puedo hacer y qué puedo fabricar? El cuestionamiento ético, por lo tanto, ocurre en todos los instantes de la producción del conocimiento científico.




La pregunta que Jonas formula es: ¿Qué podría satisfacer más en la búsqueda consciente de la verdad?”. Recuerda las palabras de Oppenheimer que, después de años de trabajo en un laboratorio en busca de la fisión nuclear y al observar su aplicación en Hiroshima habría señalado que en aquel momento el científico puro tomó conocimiento del pecado. Desde entonces la paz de conciencia de los científicos quedó estremecida en todos los campos de investigación.

Siempre estaba presente la duda: ¿Qué puedo hacer? Cuando hoy algunos científicos preocupados con sus quehaceres dicen enojados: “Estamos perdiendo tiempo con esas reflexiones filosóficas que no conducen a nada y nos impiden que nos inclinemos sobre nuestros microscopios!”, reciben la siguiente respuesta de Gadamer: “No es verdad! Las ideas generales son vitales; la necesidad que hay de integrar nuestro saber es mucho más universal que la universalidad de las ciencias!” Ojalá Popper tenga razón cuando afirma que “la historia de las ciencias, como la de todas las ideas humanas, es una historia de sueños irresponsables, de caprichos y de errores. Sin embargo, la ciencia es una de las raras actividades humanas, tal vez la única, en la cual los errores son señalados sistemáticamente y, con el tiempo, constantemente corregidos”7. Frente a tal afirmación, se impone indagar sobre cómo considerar entonces, las víctimas fatales de la tecnociencia.


¿Qué decir, por ejemplo, de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki? Por lo tanto, hoy no se concibe una ciencia cuyos fundamentos no sean una sólida conciencia ética del investigador, principalmente llevando en cuenta que él ya no suele ocupar el puesto de mando, sino que está al servicio de los que poseen el poder y no suelen cultivar preocupaciones de esa naturaleza. Es preciso considerar que la ciencia no tiene por misión providencial salvar la humanidad, no obstante posee poderes ambivalentes sobre el desarrollo futuro de la humanidad. Es indiscutible que hubo un avance extraordinario cuando la ciencia, en el siglo XVII se desvinculó de la religión y del Estado, creando desde entonces su propio imperativo: “conocer por conocer” sin respetar límites y gozando de total libertad.

Hoy vivimos un momento de autocrítica. En las palabras de un pensador francés contemporáneo, para quien la guerra es un hecho demasiado complejo para que la dejemos exclusivamente en manos de los generales, diríamos que la tecnociencia es demasiado poderosa para que la dejemos exclusivamente en manos de los científicos.

Munford, en “Técnica y Civilización” considera que hay que tener en cuenta el error que cometemos al subestimar nuestra capacidad de integrar tecnología y sociedad. Según el autor mencionado, los nuevos inventos y tecnologías no son acompañados de una reflexión filosófica, porque se cree que sea innecesario introducir juicios de valor entre máquinas y pensamientos8.
 En resumen, es de imaginar que los males que afligen a la sociedad humana puedan tener siempre una solución proporcionada por la ciencia. Se deduce la creencia de que con la ciencia se puede prescindir de los valores, lo que entonces pasa a ser, paradójicamente, el nuevo sistema de valores. La sociedad se olvidó de considerar que la técnica es autónoma con relación a la moral, a la cual no sólo no le debe atención, sino que no soporta ningún tipo de juicio moral. La técnica es completamente ajena a un juicio de esa naturaleza y evoluciona según una norma totalmente casual. El hombre no puede erigir su destino basado en un ciego orden de gran poder de transformación y destituída de valores éticos. En consecuencia, se hace imperiosa una nueva filosofía de la ciencia, lo que significa un cambio de paradigma. La cultura griega disponía de un saber de gran alcance pero que no llevaba a ningún poder significativo de transformación. Al contrario, el saber moderno, de fuerte predominio técnico se hace acompañar de un extraordinario poder de transformación, careciendo sin embargo, de una reflexión ética que ejerza moderación sobre el imperial poder de la tecnociencia.


Los científicos, siendo humanos, no siempre admiten sus errores y limitaciones, lo que hace que la adaptación de un nuevo paradigma sea un proceso de progresiva conversión que no implica la fuerza, sino el convencimiento lento y gradual. La ciencia tiene el compromiso primordial de una comprensión cada vez más detallada y refinada de la naturaleza. Es menester reconocer que los paradigmas raramente poseen todos los elementos convincentes de los antecesores, los cuales con no muy poca frecuencia prevalecen
durante siglos, aunque contengan el germen de respuestas más adecuadas para los problemas que apuntan hacia el futuro. Así es el imperativo de Jonas, que aún no cumplió veinte años y se ofrece para sustituir el imperativo kantiano que ya conmemoró los doscientos. Conservando todavía la perspectiva de considerar la
responsabilidad de las acciones humanas, resulta innecesaria la afirmación de que el hombre, y solamente él en el reino animal, es capaz de cambiar el curso de la historia de la vida con sus intervenciones. En una ruta que se bifurca, es el caminante quien tiene la opción de elegir. Los rumbos son diferentes, así como el destino final. Un camino puede terminar en un precipicio, mientras el otro en fuentes de aguas puras. Así parece ocurrir con la tecnología moderna que nos va presentando bifurcaciones cada vez más numerosas. Es justamente en esos puntos de bifurcación que se impone la cuestión de la elección que, casi siempre, presenta contornos apropiados a través de una decisión ética. Delante de las bifurcaciones que se presentan, cualquier cosa que hagamos, cualquiera que sean los criterios utilizados para nuestra opción, tenemos
la percepción que el producto final obtenido depende exclusivamente de nuestra decisión.

La responsabilidad del ser humano consigo mismo es indisociable de la que debe tenerse en relación a todos los demás. Se trata de una solidaridad que lo conecta a todos los hombres y a la naturaleza que lo rodea. Por tanto, resulta innegable que la dedución final de esa reflexión busque atender también lo universal. Concluimos con Jonas, que el ser humano requiere contestar con su propio ser a una noción más amplia y radical de la responsabilidad que es la referente a la naturaleza humana y extrahumana, ya que la tecnología moderna permite acciones transformadoras en un espectro que va desde el genoma humano hasta el plan cósmico.

La antigua idea de naturaleza se adaptase al inalcanzable orden natural que señalaba los contornos de las normas éticas. Hoy trabajamos con una concepción totalmente distinta de la naturaleza. El curso de la naturaleza no depende más de una ley superior, que reserva al ser humano la condición de expectador. Muy al contrario, es él hoy el agente de las transformaciones y tiene a su merced, toda la existencia, y en ella interviene cuando se le ocurra. La idea de naturaleza debe, por lo tanto, entendérsela como propiedad, dominio del hombre. Tal vez, ni siquiera el mismo Bacon hubiera podido concebir un poder tan extraordinario, un dominio tan absoluto de la naturaleza. Ante esa realidad, es imposible no interponer a la actitud científica, exigencias de una nueva responsabilidad ética.

Lo que caracteriza el imperativo de Jonas es su orientación hacia el futuro, más exactamente hacia un futuro
que ultrapase el horizonte cerrado, en el interior del cual el agente transformador pueda reparar daños causados por él, o sufrir la condena de los eventuales delitos que él haya perpetrado. Según Paul Ricoeur, el vínculo entre la responsabilidad y el peligro para la humanidad, impone que al concepto de responsabilidad se adicione un aspecto que lo distinga definitivamente de la imputabilidad. Se considera responsable, se siente afectivamente responsable aquel a quien le es confiada la guarda de algo perecedero.


¿Y qué hay más perecedero que la vida marcharse hacia la muerte por la inconsecuente intervención del
hombre?9.

 Así se comprende mejor la idea de vida que se presenta en la formulación del imperativo de Jonas. Ante
la posibilidad escatológica de que la muerte sustituya a la vida, se comprende por qué el lejano futuro es el lugar de un temor específico, para el cual Jonas introduce la figura de la “heurística del temor”. Un temor cuyos objetivos son los posibles peligros que amenazan la humanidad en el plano de su permanencia, de su supervivencia. Son emblemáticos los peligros que afectan el ecosistema, dentro del cual se desarrollan las actividades humanas, o los que resultan de la manipulación biológica aplicada a la reproducción humana, o a la identidad genética de la especie humana, o todavía a la intervención química o quirúrgica sobre el comportamiento del hombre. En suma, debido a la técnica, el hombre se volvió peligroso para el hombre,
en la medida que pone en peligro los grandes equilibrios cósmicos y biológicos que constituyen los cimientos vitales de la humanidad.

La amenaza que el hombre hace pesar sobre el hombre toma, de algún modo, el lugar de las amenazas a las
cuales los otros seres vivos ya están sometidos debido a las acciones humanas. A la vulnerabilidad de la vida, el hombre de la era tecnológica añade un factor desistegrador suplementario, que es el de su propia obra. La vida en el planeta tuvo sus reglamentos durante mucho tiempo, pues la naturaleza se constituía en un cerco intransponible para la actuación humana. Sin embargo, la acción del hombre, al dejar de ser regida por fines naturales, se transforma en el centro de un desequilibrio específico. Por su dimensión cósmica, por sus efectos acumulativos e irreversibles, las técnicas introducen distorsiones tan definitivas, que crean una dimensión de peligro sin precedentes en la historia de la vida. La preservación de la vida siempre tuvo un
costo, pero con el hombre moderno ese costo, ese precio a ser pago, puede ser el de la destrucción total.

En proporción al aumento del grado de peligro del hombre crece en importancia su responsabilidad como tutor de todas las formas de vida. Umberto Eco presenta una apreciación que viene al caso sobre las preocupaciones del hombre moderno con la responsabilidad, expresándose de la siguiente manera:

El progreso material del mundo agudizó mi sensibilidad
moral, amplió mi responsabilidad, aumentó mis
posibilidades, dramatizó mi impotencia. Al hacerme más
difícil ser moral, hace con que yo, más responsable que
mis antepasados y más conciente, sea más inmoral que
ellos y mi moralidad consiste precisamente en la conciencia
de mi incapacidad”10.

El principio de responsabilidad pide que se preserve la condición de existencia de la humanidad, muestra la vulnerabilidad que la acción humana suscita a partir del momento en que él se presenta ante la fragilidad natural de la vida. El interés del hombre debe identificarse con el de otros miembros vivos de la Naturaleza, pues ella es nuestra morada común. Nuestra obligación se hace incomparablemente mayor en función de nuestro poder de transformación y la conciencia que tenemos de todos los eventuales daños oriundos de nuestras acciones, como bien observó Eco. La manutención de la naturaleza es la condición de sobrevivencia del hombre y es en el ámbito de ese destino solidario que Jonas habla de dignidad propia de la naturaleza. Preservar la naturaleza significa preservar al ser humano. No se puede decir que el hombre es sin que se diga que la naturaleza también es. Asi, por supuesto, el sí a la naturaleza se volvió una obligación del ser humano. Lo que el imperativo de Jonas establece, en efecto, no es sólo que existan hombres después de nosotros, sino precisamente que sean hombres de acuerdo con la idea vigente de humanidad y que habiten este planeta con todo el medio ambiente preservado.



Otro aspecto que merece atención es el lado subjetivo de la responsabilidad, o sea, de qué manera el promotor de la acción asume su intervención, sea en un momento pasado o en acciones futuras. En el caso de las acciones pasadas que culminaron en perjuicios, el sentimiento de responsabilidad se encuentra muy estrechamente relacionado con la sensación de remordimiento. Es el sentimiento de lo irremediable, pues se trata del sufrimiento moral que sobreviene de la impotencia para revocar los efectos de una catástrofe generada por una acción pretérita. Un ejemplo paradigmático de esa situación lo encontramos en la apreciación de Oppenheimer sobre los efectos desvastadores de la bomba atómica que nació de la búsqueda inicial pura e imparcial del conocimiento de la fisión nuclear. Los daños observables que se presentan para la reflexión del agente intelectual de la transformación mobilizan en él sentimientos de angustia y sufrimiento. La prescripción ética no se impone con coerción, sino como una fuerte exhortación dirigido a la libertad del agente de transformación. Y es justamente como una exhortación singular que la responsabilidad ética se convierte en sentimientos. Es en ese campo del comportamiento que Jonas pretende legislar. Es en ese momento que la existencia se vuelve vulnerable y asiste su esencia puesta en juego. Reflexionemos, por ejemplo, sobre la responsabilidad ética relativa al otro, al ser humano presente, real y objeto de acciones transformadoras de la ciencia. El otro, en la calidad de ser humano, guarda en su existencia una exigencia radical de respeto pues detenta un mandato de vida que, por sí solo, habla elocuentemente de la necesidad de manutención de su integridad. Es inimaginable, por ejemplo, el “Proyecto Genoma Humano” sin la presencia de la reflexión ética como principio, medio y fin de todas sus posibles intervenciones11.

Lo mismo puede decirse de las acciones sobre la naturaleza extrahumana. Es elemental el conocimiento de
las repercusiones sobre la salud humana, producidas por el deterioro del medio ambiente. Todos, aunque de modo superficial, conocen los posibles cataclismos que ocurrirán como consecuencia del supercalentamiento del planeta, o de la progresiva destrucción de la capa de ozono, o aún, de la incontrolable destrucción de la vegetación de las ya escasa reservas forestales del planeta. Es así que, en el momento actual, hay una representación de un futuro que tal vez no se realice, pero que sin embargo, expone su testimonio en el presente como caracterización de una desdicha, como imagen de lo no querido, y sobre todo presentando enfáticamente la necesidad de instituir un nuevo estatuto de responsabilidad de los hombres que tenga por objetivo la manutención de la vida humana y extrahumana. Es así que se comprende la tesis de Jonas, como una ética orientada hacia el futuro.


Por lo tanto, la responsabilidad en la ética es la articulación entre dos realidades, una subjetiva y otra objetiva. Es forjada por esa fusión entre el sujeto y la acción.

Al mismo tiempo, hay también un aspecto de descubrimiento que se revela en la acción propiamente dicha y sus consecuencias. El orden ético está presente, no como realidad visible sino como un apelo sensato que pide calma, prudencia y equilibrio. A este nuevo orden Jonas le da el nombre de Principio de Responsabilidad.





domingo, 29 de julio de 2012

Ética ecológica o medioambiental?



¿Ética ecológica o medioambiental?




Carlos Alberto Franco da COSTA
Acta Amazónica vol. 39(1) 2009: 113 - 120








RESUMEN: La emergencia y la magnitud que los problemas ambientales han ganado en las tres ultimas décadas han posibilitado una gran producción científica acerca del tema de la ecología y el medio ambiente, principalmente en relación a como la humanidad se debe comportar delante de la naturaleza. Es frecuente en las ciencias sociales la utilización de los términos ecológico y medioambiental como sinónimos. Todavía, desde el punto de vista de la ética es necesario hacer distinciones debido a las concepciones teóricas que dan sostenibilidad a las discusiones, una vez que existen divergencias conceptuales fundamentales que deben ser aclaradas para que no se cometa el error de mezclar concepciones y teorías que son fundamentalmente distintas y deben dar la profundidad teórica que la problemática exige. Así, este trabajo se propone a aclarar las dos concepciones haciendo la distinción entre lo que debe ser tratado como ética medioambiental y ética ecológica, dando énfasis en este ultimo concepto y haciendo una recopilación de los principales autores que fundamentan esta corriente teórica, de forma a servir de texto orientador para quien necesite de estudiar la ética ecológica con profundidad, incluso dando soporte para estudios en áreas como la sociología y la economía.

PALABRAS CLAVE: Ética ecológica, ética, medio ambiente, ecología.



INTRODUCIÓN
LAS CONCEPCIONES DE ÉTICA MEDIOAMBIENTAL Y ECOLÓGICA

Es frecuente la utilización por muchos autores de las expresiones ecológico y medioambiental como sinónimos, sea relacionadas a la economía, política o ética, pero es importante hacer una distinción debido a la diversidad conceptual y antagonismos que se puede verificar en ambos conceptos, donde en la lectura de autores como Sosa (1985; 1994) y Dobson (1997; 1999) se puede distinguir de forma muy clara sus diferencias, e incluso el segundo define al ecologismo como una ideología, mientras el medioambientalismo no posee las características suficientes para ser tratado como tal.

Para Sosa (1994), al se referir a ecología no supondría solamente hablar de “medio ambiente sano” o de “derechos de los animales” de manera unilateral, sino de las relaciones del hombre con el medio del que forma parte y, en tantos elementos integrantes de ese medio, del hombre con los demás hombres, mientras que en su definición de ambientalismo prevalece una perspectiva “mecanicista e instrumental” que concibe la naturaleza como un algo compuesto de “objetos” (animales, plantas, minerales) que deben administrarse del modo más aprovechable para el uso humano. En otras palabras, la naturaleza no pasa de ser, en esta concepción, un depósito de “recursos naturales” o “materias primas”. Con esta mentalidad, en el horizonte de un proyecto (mal llamado) “ecologista” no estaría el logro de un equilibrio, sino una mera tregua en el abuso de la utilización. (...) Con ello, no se pone en cuestión una premisa básica: la de que la humanidad debe dominar la naturaleza” (Sosa, 1994, 32).

Sosa busca a Tom Reagan para calificar como ética medioambiental una ética “para el uso del medio ambiente”, donde únicamente lo que importa son los intereses de los seres humanos, donde “una ética así concebida mostraría que el medio ambiente debe ser usado de modo que la calidad de la vida humana – incluyendo, tal vez, la de las generaciones futuras – sea mejorada” (Sosa, 1994, 121).

La ética ecológica, por su turno, debe ser entendida como una ética “del medio ambiente”, donde se considera que los seres no humanos puedan también poseer valor moral reconocido en función del todo biótico. Una ética ecológica es una ética global, que concibe al ser humano como integrado en un medio en el que comparte su vida con otras especies y con un sustrato físico que soporta y hace posible esa misma vida. Es “ecológica” porque mira a la oikía, al oikós, a la casa grande, a la casa de todos. No a la casa occidental, o a la casa del Norte. Ni siquiera solamente a la casa humana, sino a la casa universal, planetaria (Sosa apud Ballesteros, 1997: p. 296).

Para Castelo (1996) una ética ecológica sólo se alcanza cuando los seres humanos se hacen preguntas que sobrepasan las meramente prudenciales, es decir, que tienen que ver con el respeto o con el deber hacia la naturaleza.

Según Dobson (1997), el medioambientalismo aboga por una aproximación administrativa a los problemas medioambientales, convencido de que pueden ser resueltos sin cambios fundamentales en los actuales valores o modelos de producción y consumo, mientras que el ecologismo mantiene que una existencia sustentable y satisfactoria presupone cambios radicales en nuestra relación con el mundo natural no humano y en nuestra forma de vida social y política. (Dobson, 1997: p. 22) O sea, el medioambientalismo cree posible soluciones a los problemas ambientales actuales dentro del marco de las actuales prácticas políticas, económicas y éticas, y que la tecnología es capaz de resolver los problemas que genera, mientras que los ecologistas por lo general sospechan de las soluciones puramente tecnológicas para problemas medioambientales.


De esta forma, el objetivo verde más radical o ecológico “pretende nada menos que una revolución no violenta que derrumbe la totalidad de nuestra sociedad industrial contaminante, saqueadora y materialista y, en su lugar, cree un nuevo orden económico y social que permita a los seres humanos vivir en armonía con el planeta”. (Porrit apud Dobson, 1997, 30) y, por lo tanto, uno de los aspectos dominantes en la critica ecológica al medioambientalismo se fundamenta en que sus propuestas buscan una economía de servicios más limpia, sostenida por tecnología más limpia y productora de “opulencia más limpia”. La ficción de combinar los actuales niveles de consumo con “un reciclamiento ilimitado” es más característica de la visión tecnocrática que de la ecológica. También el reciclado usa recursos, gasta energía, crea contaminación térmica; a fin de cuentas, es simplemente una actividad industrial como todas las demás. “Reciclar es a su vez útil y necesario, pero resulta ilusorio imaginar que da respuestas fundamentales”. (Porrit apud Dobson, 1997, 39)

En la definición de McCloskey (1988) El ético de la ecología desea atribuir valor a la naturaleza, tanto a la que existía antes de la valoración del hombre como la que persistirá después de la extinción del homo sapiens; también quiere afirmar que existen obligaciones elementales e intrínsecas de respeto a la naturaleza, sea en virtud de estas valoraciones, sea como cuestión de principios últimos morales, donde los principios de ninguna manera se relacionan con el bien y los valores que serán disfrutados por el hombre (Mccloskey, 1988).

En resumen, es importante esta distinción, una vez que la cuestión central gira en torno de conceptos asociados o no al antropocentrismo, donde en una visión medioambientalista, por lo general se fundamenta en conceptos antropocéntricos, mientras que una concepción ecológica es fundamentada en conceptos que tienden a negar el antropocentrismo y atribuir valor moral intrínseco a entidades no humanas.

Así puesto, este trabajo se propone a aclarar las dos concepciones haciendo la distinción entre lo que debe ser tratado como ética medioambiental y ética ecológica, dando énfasis en este ultimo concepto y haciendo una recopilación de los principales autores que fundamentan esta corriente teórica, de forma a servir de texto orientador para quien necesite de estudiar la ética ecológica con profundidad, incluso dando soporte para estudios en áreas como la sociología y la economía.



EL ANTROPOCENTRISMO EN CUESTIÓN

Para muchos autores el principal origen de los problemas ambientales están en el antropocentrismo, donde su manifestación mas extrema es el antropocentrismo moral capaz de atribuir consideración moral únicamente al hombre y que el valor de otras entidades es meramente indirecto o instrumental, relacionados con las necesidades e intereses humanos, la naturaleza es entendida como mera fuente de beneficios para el hombre. Pero en contraposición, el propio antropocentrismo, liberado de sus excesos - el antropocentrismo llamado de moderado o débil, puede ser considerado el punto de partida para la reflexión moral sobre el medio ambiente.

Para Castelo (1996) el Antropocentrismo se defiende específicamente como la posición que considera al hombre como el punto central, el fin último, del universo y generalmente “concibe todo en el universo en términos de valores humanos” (Castelo, 1996, 74).



Este posicionamiento ético, también llamado de antropocéntrico-utilitarista parte de la idea del hombre como beneficiario de la naturaleza, construye un tipo de razonamiento que justifica una determinada conducta de respecto hacia el medio ambiente, basada en necesidades terapéuticas, estéticas, biológicas o económicas, que la naturaleza satisface. Argumentos extraídos de los riesgos que acarrean para la humanidad fenómenos como la sobreexplotación del planeta, su polución creciente, la insolidaridad con las generaciones futuras o el desconocimiento de las reacciones de la biosfera ante determinadas agresiones a la misma, alimentan el discurso tendente a fundamentar, a partir del principio de utilidad, un amplio campo de obligaciones morales del hombre en sus relaciones con la naturaleza. El imperativo ecológico que las resume vendría a adoptar la formulación siguiente: “en interés de la humanidad, protege y preserva la naturaleza” (Gómez-Heras, 1997: p. 33).

Todavía, para autores como Bryan Norton, los valores de la naturaleza no humana, sin ser intrínsecos, no tienen por qué ser meramente instrumentales o utilitaristas y que negándose el valor intrínseco de la naturaleza no humana, aún quedaría la opción de concebir un adecuado respeto ambiental a partir de valores humanos de otro tipo, o sea, valores ”transformativos”, es decir, valores que forman y transforman y no sólo satisfacen las preferencias humanas y por tanto el antropocentrismo, llamado de “débil” por no centrarse exclusivamente en el hombre, proporciona una base razonable para establecer obligaciones morales con la naturaleza.

J. L. Thompson (apud Castelo, 1996) defiende una nueva relación con el medio natural buscando a Marcuse para reclamar el abandono de la valoración instrumentalista de la naturaleza e incorporar el argumento psicológico a favor de la preservación, una vez que Marcuse precisó la necesidad de una relación con la naturaleza más humana y cualitativamente distinta de la actual, donde “ni el hombre completa su autorrealización sin el desarrollo de la naturaleza, ni a su vez puede la naturaleza prosperar sin el hombre” (Castelo, 1996, 69). Esta visión es típica de la Escuela de Frankfurt, que utiliza una relación dialéctica entre hombre y naturaleza, donde el dominio del hombre sobre la naturaleza lleva consigo el dominio de la naturaleza sobre los hombres. Y que, por lo tanto, las relaciones hombre-naturaleza se encuentran distorsionadas por el modelo de producción vigente en la sociedad de consumo, tanto el hombre como la naturaleza son víctimas del universo tecnológico construido por la razón técnico-utilitarista (Gómez-Heras, 2000: p. 47).

Una visión dialéctica de la naturaleza es distinta de la relación instrumental, donde la naturaleza pierde su mera función de satisfacción de las necesidades del hombre, pasa a tener papeles activos y pasivos en la relación con el hombre y se desarrollan relaciones de intereses del hombre y de la naturaleza, pero no intereses meramente utilitaristas y antropocéntricos. Lo que autores como Sosa llaman de “reencontrar el lugar del hombre en la naturaleza”: ni aplastado por ella, a merced de un medio ambiente hostil, ni destructor, explotador y depredador, pero asumiendo una postura solidaria con el medio ambiente, asumiendo las responsabilidades de su capacidad de obrar sin limites en una naturaleza con recursos limitados (Sosa, 1985: p.14).

Passmore (apud Sosa, 1985), considera tres tradiciones que han influenciado el tema de las relaciones del hombre con la naturaleza:

01-Una que entiende el hombre como dueño y déspota de la naturaleza, (compatible con el modelo antropocéntrico-utilitarista);

02-Una que supone el hombre como administrador de la naturaleza, (compatible con modelos medioambientalistas);

03-Una que supone el hombre como colaborador con la naturaleza, (compatible con el modelo ecológico y también antropocéntrico débil).


Una propuesta compatible con el tercer punto se puede encontrar en Ernest Bloch, citado por Gómez-Heras (2000), que propone una “técnica de alianza” entre hombre y naturaleza donde se establece un pacto de respeto hacia las leyes naturales para potenciar la colaboración y evitar el conflicto del hombre con su entorno, donde Bloch propone revisar el concepto vigente de progreso, que a menudo es identificado con el de desarrollo tecnológico y presupone que progresar implica abandonar nuestro pasado para permitir que “cualquier futuro nos sorprenda con sus novedades”, y que en su concepción progresar no debe ser reducido solamente a incremento de racionalidad tecnológica ni a logros económicos e utilitarios, pero si, indicar un éxodo hacia lo mejor posible, lo que el autor llama de “reencantamiento del mundo”, progresar implica en incremento de valores culturales, morales y humanistas (Gómez-Heras, 2000, 54-55).

Las invenciones motivadas por la ganancia mercantil hacen con que las relaciones hombre-naturaleza pierdan su primitiva armonía y compenetración, desarrollándose bajo imperativos de utilidad y lucro. El técnico ejerce una suerte de astucia colonial sobre los recursos materiales y la naturaleza tiende a convertirse en esclava dócil.

Por otra parte, cuando el hombre pone la inventiva al servicio de los intereses de la colectividad social es cuando teleología de la naturaleza y bien común coinciden, la invención tecnológica se desarrolla no en función de la ganancia, que reporta, sino de las necesidades que satisface. Su finalidad es la justicia y no el lucro. El desarrollo tecnológico-instrumental, en este caso, está destinado a reconciliar al hombre y la naturaleza, construido a partir del principio teleológico imperante en ambos. La técnica, adquiere, en tal hipótesis, rango de factor utópico, y queda integrada en la utopía de la sociedad y de la historia. Una vida humana en armonía con la naturaleza implica, pues, “un tipo de técnica inspirada en valores ético-políticos diferentes a los vigentes en un sistema lucrativo-mercantil.” (Gómez-Heras, 2000, 56-57).

Todavía, se puede encontramos en Dobson (1997) el cambio de visión para una proposición mas radical: Muchas personas se consideran bien informadas cuando sostienen que el mundo no humano debe ser preservado: a) como reserva de diversidad genética para fines agrícolas, médicos y de otro tipo; b) como material de estudio científico, por ejemplo de nuestros orígenes evolutivos; c) para fines recreativos y d) por las oportunidades que proporciona de placer estético e inspiración espiritual. Sin embargo, aunque bien informadas, todas estas razones se relacionan con el valor instrumental del mundo no humano para los humanos. Lo que se echa de menos es alguna percepción de una visión más imparcial, biocéntrica – o centrada en la biosfera – en la cual se considere que el mundo no humano tiene un valor intrínseco (Bunyard apud Dobson, 1997: p. 42).



Las éticas llamadas de biocéntricas, en oposición a las antropocéntricas, buscan atribuir intereses y finalidades morales a la naturaleza, y, por consiguiente, considerar una actitud de respeto por la naturaleza, en resumen, una visión biocéntrica consistiría en aspectos como:

01-Los seres humanos son miembros de la comunidad de vida de la Tierra del mismo modo que el resto de los miembros no humanos.

02-Los ecosistemas naturales de la tierra como totalidad son considerados como una red compleja de elementos interconectados en la que el funcionamiento biológicamente correcto de cada ser depende a su vez del correcto funcionamiento de los demás.

03-Cada organismo individual es concebido como un centro teleológico de vida que persigue su propio bien de una manera específica.

04-Los seres humanos no son “inherentemente” superiores a otras especies (Castelo, 1996: p. 181).

Sosa acrecentaría aún:

01- Perseguir, como fin desinteresado y último, la protección y promoción del bien de los organismos y comunidades de vida de los ecosistemas;

02-Considerar las obligaciones que tienden a esos fines como obligaciones prima facie;

03-Experimentar sentimientos positivos y/o negativos hacia los estados de cosas del mundo, en tanto sean favorables y/o desfavorables al bienestar de los organismos y comunidades de vida (Sosa, 1994, 107).


La principal característica de las propuestas éticas biocentricas es la atribución de valor intrínseco a la naturaleza, sea a seres individuales (biocentrica) o a organismos colectivos (ecocentricas). Según John O’Neill (apud Dobson, 1997: p. 72) un objeto tiene “valor intrínseco” si es un fin en sí mismo y no un medio para otro fin, es decir, su “valor objetivo” independientemente de la valoración de los tasadores.

Para Castelo (1996) un valor intrínseco es aquél que algo posee por sí mismo, es decir, con independencia de su contribución al valor de cualquier otra entidad. Es, por tanto, un valor originario que no se debe a la relación instrumental del objeto o estado valorado con cualquier otro objeto de valor (Castelo, 1996: p. 35).
La principal característica de este tipo de argumento se basa en la atribución de valor intrínseco a la vida, donde la fuente de inspiración es la “Ética de la Tierra” de Aldo Leopold que preconiza que “Una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es equivocada cuando tiende en otra dirección” (Leopold, apud Dobson 1997, 76).

Según Hume, citado por Castelo (1996, 258) deberíamos preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica porque:

La ciencia ha descubierto que el medio natural constituye una comunidad de que el ser humano, como producto de un mismo proceso de evolución orgánica, es miembro.

Estamos dotados de ciertos sentimientos morales (simpatía, respeto, etc) hacia nuestros semejantes.
Por lo tanto, deberíamos tener, y los tenemos de manera general cuando estamos informados suficientemente, una actitud positiva (sentimientos morales positivos) hacia la comunidad (biótica, mixta y humana) a la que pertenecemos y hacia todos sus miembros, que son afines a nosotros.

Todavía, los críticos de esta concepción se basan en el argumento de que la valoración ética es una característica del hombre y que, por tanto, es imposible la estructuración de un proceso de valoración ética que saiga de los limites del antropocentrismo, como mucho aceptan la concepción de un antropocentrismo débil, que se basaría en una relación dialéctica entre hombre y naturaleza regida por el principio de la responsabilidad del hombre para con la naturaleza.



A este antropocentrismo débil Marcos (2001) llama de “humanismo”, donde se aboga por el reconocimiento del valor inmenso de los seres humanos junto al del resto de los seres, en continuidad con el mismo, así como de la legitimidad del ser humano para intervenir cuidadosamente sobre la biosfera, para humanizar su entorno. El humanismo está fundado sobre la idea de cuidado de la naturaleza, que no excluye su utilización para la buena vida del ser humano, y “admite que las relaciones del hombre con otros seres naturales pueden tener carácter moral.” (Marcos, 2001, 152)

Para Castelo, la solución “ecohumanista” consiste en seguir a la naturaleza en un sentido prudencial o moderadamente utilitarista, donde el valor de los ecosistemas es un valor derivado: el bienestar y la supervivencia humana dependen de él:

1-Las ciencias biológicas, incluida la ecología, soportan la visión de la naturaleza como integrada sistémicamente. El ser humano es un miembro dentro del continuo evolutivo. Y el abuso ambiental amenaza la vida, la salud y la felicidad humana;

2-Los seres humanos comparten un interés común a la vida, salud y felicidad;

3-Así que, no deberíamos violar la estabilidad del medio natural, o mejor dicho, las condiciones naturales idóneas para la vida (Castelo, 1996: p. 203).

Gómez-Heras (2000) habla de un “valor natural” de la naturaleza como la vida, la belleza, la diversidad que exceden las fronteras de lo humano, pero para que dichos valores adquieran competencia normativa, o sean objeto de valoración moral es necesario la intervención humana, o sea, “no es posible el mundo moral sin el sujeto moral”. Y, que los dilemas de una ética ecológica se resuelven, por tanto, reconociendo, “por un lado, los valores y la dignidad de la naturaleza y, por otro, la responsabilidad del hombre, autónomo y libre, en la toma de decisiones conforme a razón” (Gómez-Heras, 2000, 14).

En resumen, se puede rechazar el antropocentrismo con su característica antiecológica que rompe la armonía y la convivencia respetuosa que la sociedad humana debe mantener con la naturaleza planetaria, pero se puede practicar el principio de la responsabilidad individual y colectiva del hombre hacia la naturaleza como forma de restablecer principios básicos rotos y reaproximar el hombre de la comunidad biótica de la cual él también hace parte.


AUTORES Y CONCEPCIONES ACERCA DE LA ÉTICA ECOLÓGICA

La principal característica de los autores que proponen una ética ecológica, es el cambio del eje de la forma de pensar y accionar, o sea, el cambio del antropocentrismo hacia el llamado BIOCENTRISMO1, presuponen la revisión del antropocentrismo tradicional y sostienen que no sólo el ser humano merece consideración moral, pero toda forma de vida la merece. Partiendo de esta afirmación, se puede citar algunos de los autores que más han influenciado en la construcción de esta línea de pensamiento:

Henry D. Thoreau (Walden, 1854): Se refiere a las relaciones del hombre con la naturaleza, trata de la celebración de la vida y llama los hombres para que reconozcan la grandeza de la vida. Frente a un ser humano que, a pesar de su proximidad, tiene la naturaleza solamente como un instrumento de sus intereses, propone que el hombre debe ver la naturaleza como fuente de autoidentidad, capaz de dar sentido a la vida humana, donde es mejor vivir sencillamente para perfeccionar la propia vida en un contacto continuo con la naturaleza. Es considerado como el primer precursor del ecologismo.

Aldo Leopold (A sand country almanac, and sketches here and there, 1949): Propone una “ética de la tierra”, donde se debe sustituir el papel de conquistador (hombre) por el de simple miembro y ciudadano de la tierra. Considera que el conquistador no sabe nada y por eso, a lo largo, todas sus conquistas se terminan volviendo en contra de si mismo (Gómez-Heras, 2000, 242).
Toda ética hasta hoy creada se basa en una sola premisa: que el individuo es miembro de una comunidad de partes interdependientes (...) la ética de la tierra simplemente ensancha las fronteras de la comunidad para incluir suelos, agua, plantas y animales o, de manera colectiva, la tierra” (Leopold apud Mccloskey, 1988, 63).

Ernest Bloch (Das Prinzip hoffnunq, 1959): No se puede calificarlo como biocéntrico, una vez que no propone el cambio del antropocentrimo hacia el biocentrismo, pero propone un punto medio en la cuestión, donde la “humanización de la naturaleza” y la “naturalización del hombre” fundamentan el “Reencantamiento del mundo”, o sea, una posible alianza entre hombre y naturaleza como solución a los conflictos, donde existiría una relación dialéctica de mutua dependencia entre el hombre y su entorno.

Albert Schweitzer (Kultur und Ethik, 1960): Propone una Ética de reverencia ante la vida, partiendo del valor absoluto de la vida y las relaciones del hombre con los seres vivientes, utiliza el principio “yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir” en oposición al “pienso luego existo” de Descartes. Y que solo mediante la reverencia ante la vida, podríamos llegar a mantener una relación espiritual y plenamente humana tanto con el resto de las personas como con todas las criaturas vivas.

Paul W. Taylor (Normative discourse, 1961): Propone una Ética de respeto ante la vida, donde considera que el valor moral debe ser inherente a todos los seres vivos, dando énfasis en el valor de los organismos individuales que persiguen su propio bien a su propio modo. Presenta una ética medioambiental centrada en la vida como alternativa a las éticas centradas en lo humano. Considera que las cosas vivas merecen el interés y la consideración de todos los agentes morales simplemente en virtud de ser miembros de la comunidad de vida del planeta y, por tanto, tienen un valor intrínseco por ser miembros de esta comunidad.

Robin Attfield (Values, Obligation and Metaethics, 1965): Reconoce valor intrínseco a los organismos por su capacidad natural de florecimiento la cual es merecedora de una valoración intrínseca por sí misma. Argumenta a partir de la analogía existente entre cualidades comunes a seres vivientes, que exige comportamientos iguales para seres iguales.

Barry Commoner (The Closing Circle, 1971): El círculo vital, roto por los seres humanos, ha de cerrarse, pero esta operación es posible debido al hecho de que este rompimiento no ha sido provocado por necesidades biológicas, sino por la organización social que los hombres han inventado para conquistar la naturaleza. Propone un cambio social partiendo de una acción social racional, informada y colectiva, o sea una organización racional y social del uso y distribución de los recursos naturales o una “nueva barbarie”.


Arne Naess (The shallow and the deep. Long-range ecological movement, 1973): El movimiento llamado de Deep Ecology tiene su origen en el trabajo del filósofo noruego Arne Naess en su articulo de 1973 que hace referencia al termino “ecología profunda”, se fundamenta ocho principios:

01-Tanto la vida humana como la no humana tienen valor intrínseco.
02-La riqueza y diversidad de las formas de vida tiene un valor en si y contribuye al florecimiento de la vida humana y no humana.
03-Los humanos no tenemos derecho a reducir la riqueza y diversidad de las formas de vida salvo por necesidades vitales.
04-La interferencia de los humanos en la naturaleza es ya excesiva, y, lo que es peor, va a más.
05-el florecimiento de la vida humana y de las culturas es compatible con un descenso sustancial de la población humana. El florecimiento de la vida no humana lo exige.
06-Para que mejoren las condiciones de vida se requieren cambios políticos que afectan a las estructuras económicas, tecnológicas e ideológicas básicas.
07-Los cambios ideológicos afectan principalmente al aprecio de la calidad de vida, más que del alto nivel de vida.
08-Los que suscriben los puntos anteriores tienen la obligación de participar directa o indirectamente en la producción de estos cambios.

René Dumont (L’utopie ou la mort, 1973): Propone tres ideas básicas: a) la asociación con la naturaleza, en lugar de su dominación; b) la imposibilidad de predecir el futuro, pero la conveniencia y necesidad de configurar el que queremos; c) la preocupación por el ser más que por el tener.

Fritz Schumacher (Lo pequeño es hermoso, 1974): Considera que la humanidad sufre una “enfermedad metafísica” que consiste en no sentirse parte de la naturaleza, sino una fuerza externa destinada a dominarla y conquistarla. Propone una revolución en la tecnología que invierta las tendencias destructivas, o sea una tecnología intermedia, ni tan sofisticada y costosa como en los países desarrollados, ni tan retrasada como en los países subdesarrollados.

Peter Singer (Al animals are equal, 1974): Reconoce valor moral a los seres vivos individuales capaces de sentir dolor, centra sus ideas en el reconocimiento de los derechos de los animales basado en el hecho de que los intereses de los animales se derivan de su condición de seres “sintientes”. Parte del principio de igualdad para justificar el no causar daño, o minimizar el daño a los seres “sintientes”, y, por tanto, a los animales2.

John Rodman (The liberation of nature, 1977): Parte del principio de que todo lo natural (incluido el hombre) merece consideración moral en función de “ser” o de existir.

Baird Callicott (Elements of an environmental ethic, 1979): Discípulo de Aldo Leopold, propone una ética ambiental valorando a la comunidad biótica y asigna diferentes valores morales a los individuos que forman parte de la comunidad y el hombre no es considerado un caso especial, una vez que es mas un miembro de la comunidad biótica y dependiente del mundo natural. Las obligaciones morales del hombre para con la comunidad biótica pueden ser derivadas de las descripciones de la misma. Supone la evolución biológica de los sentimientos morales hacia un nivel de mayor responsabilidad moral hacia la comunidad biótica.

James Lovelock (Gaia. A new look at life on Earth, 1979): Considera la tierra como un organismo vivo, la llamada de Hipótesis Gaia, donde la atribución moral vendría del reconocimiento de la biosfera en su conjunto por ser esta un ser vivo en su totalidad.


CONCLUSIONES

En conclusión y con base en los autores arriba mencionados, se puede aceptar una propuesta de antropocentrismo débil como punto de partida para una nueva forma de relación entre hombre y naturaleza, donde se puede producir un cambio del hombre como ser dominador, explotador que solamente ve en la naturaleza una fuente de materias primas y depósito de residuos para un hombre que, mismo utilizando la naturaleza como fuente de su subsistencia, le atribuye respeto y valor moral, sendo que esta perspectiva se puede considerar como principal característica de la ética ecológica. Me parece razonable el posicionamiento de Gómez-Heras al afirmar que el hombre no es el primer ser enloquecido capaz de transformar el medio y correr a su destrucción, sino el primer ser racional capaz de darse cuenta del peligro de su propia capacidad para transformar el medio” (GÓMEZ-HERAS, 2000, 229). Así, en la concepción ecológica el eje de la cuestión deja de poner el hombre como centro del universo y parte para una concepción integradora donde el hombre se reconcilia con la naturaleza y pasa a ser visto por él mismo no como mejor o peor sino como miembro de esta.




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Extraido de: http://acta.inpa.gov.br/fasciculos/39-1/PDF/v39n1a12.pdf