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jueves, 29 de septiembre de 2011

Libros: Max-Neef, Manfred, La dimensión perdida, Icaria, Barcelona, 2007




L I B R O S







Autor: MANFRED A. MAX-NEEF

Libro: LA DIMENSIÓN PERDIDA:
          LA DESHUMANIZACIÓN DEL GIGANTISMO


Maquetado: Bruno Arremyr y José Pedro Prieto
Diseño de tapa: Roben G. Prieto.
Reproducción de Pablo Picasso, El pintor y su modelo, 1926.
© Manfred Max Neef ©
De esta edición
Icaria editorial, s.a.
Arc de Sant Cristòfol, 1123 08003 Barcelona
www.icariaeditorial.com
Editorial Nordan / Comunidad del Sur
Avda.Millán 4113 / Montevideo, Uruguay
www.nordan.com.uy
Fórlaget Nordan
Pastellvägen 9, 121 36 Johanneshov
Suecia
Depósito legal: 343.263/07

Adaptado para este Blog por Xesús Trincado Rodríguez en septiembre de 2011.


Con este libro, pensado y escrito por Manfred, y convertido en objeto gráfico por quienes integramos Comunidad del Sur, queremos reconocer -en ocasión de sus 70 años de vida- el aporte que en esos años nos regalara. Su pensamiento y sus reclamos han animado, remontando dificultades, amenazas y debilidades, esta experiencia microsocial a través de la cual intentamos recrear una "dimensión perdida" y responder autogestionariamente a las necesidades humanas. Releemos, a manera de brindis, el último párrafo de su libro "Desarrollo a escala humana", para recordarlo y recordarnos: "Espero que llegue el día en que cada uno de nosotros sea lo suficientemente valiente para poder decir, con toda honestidad: 'Soy, y porque soy, me volví parte de ...'. Me parece que este es el camino correcto a seguir si queremos poner fin a una manera estúpida de vivir."
Desde ese caminar, que siempre es comienzo, va un saludo solidario y libertario.
Montevideo, Comunidad del Sur, 25 de octubre de 2007






CULTURA Y ECONOMIA SOLIDARIA

La colección Cultura y Economía Solidaria intenta ser una herramienta de capacitación y de difusión de un pensamiento aIternativo que pueda sustentar "otros mundos posibles". Pensada para un público general, está dirigida también a los portadores activos de una visión solidaria presente en diversas prácticas sociales extendidas por todo el planeta. El acuerdo entre la Red de Economía Solidaria (Xarxa d'economiasolidària), con sede en Barcelona, y Comunidad del Sur, que se define como una experiencia de vida cooperativa integral afincada en Montevideo, Uruguay, ha posibilitado la concreción de esta iniciativa que quiere ser
en sí misma una práctica de los valores elegidos, vinculando distintos grupos y organizaciones de ambas márgenes del atlántico. Un hacer solidario e internacionalista que modestamente funda una relación equitativa entre sur y norte. Por otra parte, Icaria Editorial participa coeditando y distribuyendo ejemplares destinados a la Península ibérica y países de zona del caribe.
El término economía solidaria designa la subordinación de la economía a su finalidad: proveer, de manera
sostenible, las bases materiales para el desarrollo personal, social y ambiental del ser humano. El valor
central de la economía solidaria es el trabajo humano. La referencia de la economía solidaria es cada sujeto y, a la vez, toda la sociedad concebida también como sujeto. Por tanto, la eficiencia económica no se
delimita por los beneficios materiales de una iniciativa, sino que se define en función de la cualidad de vida y de la felicidad de sus miembros y, al mismo tiempo, de toda la sociedad como sistema global. La economía solidaria, como una nueva forma de producir, de consumir y de distribuir, se propone como alternativa viable y sostenible, para la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas.






ÍNDICE:

Preludio
I. Un paseo imaginario por mi casa y mi jardín
II. El paseo por el jardín permite descubrir algunas cosas
III. Desde el jardín miro hacia adentro
IV. Desde adentro miro hacia las calles
V. Acostado leo y, antes de dormir, divago
VI. Me despierto y medito en ciertas evidencias
VII. Caminando confirmo que caminar es un diálogo
VIII. El crepúsculo se presta para leer a un maestro
XI. En mi biblioteca hago contacto con la historia
X. Y ahora me despido para pensar en otras cosas
X I . C o d a
Notas bibliográficas



PRELUDIO
Este libro tiene una curiosa historia de muerte y resurrección. Fue escrito hace treinta años, mientras vivía parte de mi exilio «pinochetista» en un pequeño pueblito del interior de Minas Gerais, en Brasil, llamado
Tiradentes. Guardé el manuscrito por varios años, hasta que producto de mi amistad con Ruben Prieto, surgida en Suecia, donde cumplía mi segundo período de exilio, se lo entregué para que fuera impreso por Nordan. La mala fortuna quiso que el texto se extraviara en los talleres de la editorial.
En aquel entonces no se escribía con ordenadores. Eran máquinas de escribir en que se lograba un original y una copia con papel carbón. Enterado de la pérdida, busqué mi copia y no la pude encontrar. Quedé desolado. Y sin que mi obra tuviera la misma trascendencia, me sentí corno debe haberse sentido T. E. Lawrence cuando perdió el manuscrito de sus «Siete Pilares de la Sabiduría» en algún lugar de Victoria Station en Londres. Lawrence tuvo el coraje de escribir su libro de nuevo, cosa que yo no hice. Y así pasó el tiempo, hasta que hace algo menos de un año, producto de varias mudanzas internacionales y nacionales, reordenaciones de biblioteca y limpieza de papeles y archivos, súbitamente apareció la furtiva copia en el fondo de un viejo baúl. Me sentí encantado con el reencuentro. Releí el texto, y decidí que era cuestión de destino repetir el intento tantos años después. Una vez más llegó a manos de Ruben Prieto, y en los talleres de Nordan —Comunidad del Sur— de Montevideo, logró su resurrección. En algún momento pensé revisar lo escrito y hacer cambios. Finalmente decidí dejarlo tal cual, ya que me pareció que no era bueno alterar su frescura original. Escrito en la soledad, lejos de familia y de entornos queridos, refleja un momento importante de mi vida y de mis reflexiones.


Quizás las cosas ocurren como ocurren, porque es así como deben ocurrir.
Valdivia
Invierno de 2007



I. UN PASEO IMAGINARIO POR MI CASA Y MI
JARDÍN


Soy una persona afortunada. Tengo una familia pequeña, pero linda. Vivimos juntos en la casa que poseemos, y que, sin ser enorme, ni mucho menos, es cómoda, agradable y --lo que es más importante que cualquiera otra consideración— acogedora para nuestros amigos. Hay un jardín que no siendo particularmente extenso, es rico y encantador por la variedad de su contenido. Desde un árbol dos veces centenario, pasando por otros de copiosa frondosidad, hay hasta arbustos y flores en cantidades
suficientes como para darnos la sensación de ser partes de una cierta totalidad. La sensación es agradable y me ha dado mucho que pensar.
Pienso, por ejemplo, que casi todos los misterios del mundo están al alcance de mi mano, de mi sensibilidad o de mi capacidad inquisitiva; aquí, dentro de mi casa, en las veredas circundantes o en los rincones de mi jardín. Tengo mi propio pedazo de cielo y mi parcela de aire. Mi cuota de luz y de colores. Estoy rodeado— si quisiera escrutar la tierra, el mismo aire, los muros y las cortezas, los capullos y las raíces, las ansiedades de mis hijas, las penas de mi esposa y mis propias penas, las comidas que compartimos en la mesa, los pájaros que me despiertan en la mañana, los hábitos y el pelaje de mi perro, mis libros, los
sonidos de mi piano, la voz y los silencios de mis amigos, mis sueños y el mosquito que cercena mis sueños, la araña que no veo pero que sé que está y que me angustia que esté, el olor a café, la infalibilidad de las agüitas medicinales que hay en la despensa y las hormigas que siempre se cuelan hasta la despensa,
las razones del pintor y del poeta que vinieron a tomarse un trago
con nosotros, las ideas para lograr un mundo mejor que se discuten en mi estudio por las noches, las cartas y los saludos que desde otras casas y desde otros jardines llegan hasta aquí— estoy rodeado, repito, de todas las formas de la vida y de la muerte, del amor y de la angustia, de la gloria y de la decadencia, de la repetición y la esperanza. Las Leyes de la Naturaleza se dan aquí, o es aquí donde se reflejan sus efectos
inflexibles. Las leyes humanas se dan aquí, o es aquí donde se reflejan sus falencias. Este grano infinitesimal del Universo es, después de todo, un Universo. Descubro así que el Universo se desgrana para repetirse en infinitos Universos de alcance personal. Conocer el mundo significa conocer primero la casa en que se habita, sus veredas y su jardín. Porque si es cierto que todas las casas y todos los jardines, y todas las veredas hacen un mundo, también es cierto que el mundo se desdobla para depositarse entero en cada casa, en cada vereda, y en cada jardín. Todo lo grande y toda la inmensidad están contenidos en lo pequeño. Lo pequeño no es otra cosa que la inmensidad a la medida humana. Es un regalo para que, dentro de dimensiones accesibles y alcanzables, los seres humanos desgranen todas sus vidas en su empeño por desentrañar la totalidad.
Después de escribir estas líneas he vuelto a lanzar una mirada en derredor de mi pequeño Universo. Me he paseado por mi minúsculo cosmos descomunal. He reencontrado mi verdadera dimensión. He descubierto que la grandeza del desafío radica en atenerme a ella, no en rehuirla; en desentrañarla, no en despreciarla. Sólo lo que está a mi medida puede ser mi medida. Y en cuanto sea capaz de abarcar lo que encierra mi
propia dimensión, lo habré abarcado todo. Este paseo imaginario, pero despierto, a través de mi territorio
tiene una buena razón de ser. Quizás sirva para destacar los errores humanos a que me he de referir en este trabajo. El ser humano— así lo pienso— ha perdido la noción de las dimensiones, y en ello radica una buena parte de su tragedia actual. Ha confundido la grandeza con el tamaño, y en aras de esa presunta grandeza ha tendido y tiende a expandir sus sistemas más allá de todo control. El devenir de la humanidad se ha interpretado de muchas maneras: en términos teológicos, adscribiendo todo acaecer histórico a la voluntad de Dios; o bien a la interpretación heroica como resultado del papel desempeñado por los grandes
hombres; o a las ideas; o también a las relaciones de producción, en el caso de Marx; a la sexualidad en el caso de Freud; y a la angustia en el caso de Jung. Sin embargo poco se ha dicho con respecto a la dimensión de los sistemas humanos como factor determinante. De eso —y recurriendo al auxilio de otras
voces— pretendo hablar en mi trabajo. De allí la necesidad que tuve de pasearme previamente por mi casa y mi jardín.




II. EL PASEO POR EL JARDÍN PERMITE
DESCUBRIR ALGUNAS COSAS


Me siento en mi jardín a la sombra del frondoso Ceibo. Lo miro inquisitivamente tratando de descubrir alguna de las leyes naturales que lo hacen posible. Está allí, sólido, enorme y majestuoso. Me pregunto por qué es distinto del Naranjo y del Laurel que, a escasos metros y teniendo su misma edad, son de menor tamaño y más frágiles en apariencia. Hago un recuento retrospectivo y recuerdo que todos por igual han resistido los mismos ventarrones y las mismas tempestades. Sé que ninguno ha de crecer más. Sólo les queda envejecer. Todos han alcanzado ya la plena magnitud de su estatura. Pero son distintos de estatura y me vuelvo a preguntar por qué. Observo entonces la envergadura de los troncos y las comparo con la altura. Parece que he descubierto algo y me entusiasmo. Mis tres árboles revelan que a mayor altura se
da un mayor diámetro troncal. Me paseo contento, pero la decepción me espera en el otro extremo del jardín. Me topo con la bicentenaria Sequoia y descubro que, mucho más alta que el Ceibo, el diámetro de su tronco es menor. Mi presunta ley resultó de vida efímera, y pensativo retorno a mi rincón.
De pronto recuerdo a Galileo. De mi biblioteca tomo sus Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias. Lo hojeo, hasta que en la Segunda Jornada de los diálogos, la Proposición VIII y las observaciones que le siguen, encierran las respuestas que busco. La proposición VIII dice así:


          Dado un cilindro o prisma que tenga la mayor longitud compatible
          con no acabar rompiéndose debido a su propio peso, y
          dada una longitud mayor, encontrar el grosor de otro cilindro o
          prisma que bajo la longitud dada sea el único y el mayor
          capaz de resistir su propio peso.
Después de una serie minuciosa de cálculos y demostraciones. Galileo —en la voz de Salviati — plantea a
sus interlocutores que:
           De lo que se ha demostrado hasta el momento, como podeis
           ver, se infiere la imposibilidad de poder, no sólo en el arte
           sino en la misma naturaleza, aumentar los mecanismos hasta
           dimensiones inmensas, de modo que sería imposible fabricar
           naves, palacios o templos enormes, de tal forma que sus
           remos, patios, vigas, cerrojos y, en suma, todas sus partes
           constituyentes, pudiesen sostenerse. Así tampoco podría la
           naturaleza hacer árboles de un tamaño desmesurado, ya que
           sus ramas acabarían por venirse abajo por su propio peso.
           Sería imposible, igualmente, construir estructuras óseas de
           hombres, caballos u otros animales que pudiesen mantenerse y
           realizar sus propios menesteres, a no ser que se utilizara un
           material más duro y resistente que el normal, en caso de que
           no se les agrandaran tales huesos de modo tan desproporcionado
           que la figura y aspecto del animal en cuestión llegase a
           ser algo monstruosamente grande; lo cual, tal vez, intuyó
           nuestro sagaz Poeta cuando describiendo un grandísimo gigante, decía:

                                                              Imposible reconocer su altura,
                                                              Tan desmesuradamente grande es su grosor.

Para poner un breve ejemplo de lo que estoy diciendo, dibujemos la figura de un hueso alargado solamente tres veces más de lo que era, pero habiendo aumentado su grosor en tal proporción que pudiese realizar en el animal grande la función que correspondería al hueso más pequeño en el animal también más pequeño. Por las figuras podéis ver qué desproporcionada es la figura del hueso agrandado. De aquí se deduce que quien quisiera mantener en su inmenso gigante, las proporciones que se dan entre los miembros de un hombre normal, tendría o bien que encontrar un material mucho mas duro y resistente para formar así los huesos, o bien que admitir una disminución de su potencia en relación con la de los hombres de estatura normal; de otro modo, si su altura creciese de manera desmesurada, acabaría derrumbándose por obra de su propio peso. Esto se ve, de modo complementario, cuando observamos cómo, al disminuir los cuerpos, no disminuye en la misma proporción su fuerza, sino que, más bien, se hacen más resistentes al ser más pequeños. Por eso pienso que un perro pequeño podría llevar sobre sí dos o tres perros iguales a él, mientras que no creo que un caballo pudiese sostener ni siquiera un caballo de sus mismas medidas. (1)

Pienso en la lectura y advierto que lo primero que destaca Galileo concuerda con el sentido común: que ningún sistema natural o artificial puede crecer indefinidamente. Hay un límite de crecimiento para todo. En su ejemplo de los huesos descubro, empero, algo de mucho mayor alcance. La ley matemática que propone es clara y simple cuando demuestra que si se triplica la longitud de un hueso, el grosor .del mismo habrá de
incrementarse en nueve veces si es que ha de cumplir la misma función. En otras palabras, lo que está planteando el maestro es que: para mantener la misma proporción entre momento y resistencia, los diámetros han de ser proporcionales al cuadrado de las longitudes.
El planteamiento galileano me induce a hacer algunas disquisiciones en términos sistémicos. Mi razonamiento se inicia con algunos principios básicos que me han de servir de sustento. Pienso que un árbol, un animal o una persona pueden considerarse, o visualizarse para fines analíticos, como sistemas. Considero que un sistema es un conjunto de elementos relacionados, entre sí con el objeto de cumplir o realizar un fin o
propósito determinado. Sé, por otra parte, que todo sistema tiene una estructura que lo caracteriza. Finalmente entiendo que la estructura de un sistema queda definida como el conjunto de relaciones invariantes frente a un grupo de transformaciones.
Me vienen a la mente algunas imágenes. Si dibujo un triángulo, por ejemplo, y lo hago girar sobre el plano, cualquiera que sea su posición, la relación que se da entre base (b) y altura (h) permanecerá invariante. Más aún, si en vez de desplazarlo sobre el plano lo proyecto sobre un plano a cierta distancia, según sea el ángulo de proyección, podrá alterar su forma pero no su relación entre base y altura. En todos los casos el área (ABC) del triángulo quedará determinada por la ecuación:

                                   ABC= 1/2 bh

Vale decir que su estructura no se altera como consecuencia de las transformaciones que resultan de sus proyecciones sobre el plano. Sin embargo, si decido proyectarlo sobre una esfera, su estructura cambiará. En efecto, su área quedará determinada ahora por la ecuación:

                                   ABC= (A + B + C - π) · r2

Distinto es el caso de un rectángulo proyectado sobre un plano. Si el triángulo mantiene su estructura en todos los casos, el rectángulo sólo la mantiene en el caso de proyección perfectamente perpendicular al plano. En todos los demás casos el rectángulo se transforma en trapecio. Es decir, la relación estudiada no es invariante.
Ahora bien, aún cuando pudieran argumentar algunos que un triángulo y un rectángulo no son sistemas; por lo menos si han de ajustarse a mi definición de sistema, la analogía estructural me parece válida. En todo caso pienso que me ha servido para interpretar mejor los alcances del planteamiento galileano. El hecho de que la osamenta de un animal que rebasa sus límites normales de estatura, comience a actuar la ley de Galileo, significa que ese animal — suponiendo que pueda resistir el cambio — está modificando su estructura. Ello es idéntico a sostener que se está transformando en un animal distinto, en otra especie; en fin, en otro sistema. Dicho en términos gráficos, una rata no puede crecer hasta alcanzar el tamaño de un hipopótamo. Si lo hace, manteniendo constante su estructura, se desplomará por su propio peso; y si no ha de desplomarse, sólo le queda la posibilidad de dejar de ser rata para transformarse en hipopótamo. Dejará, en otras palabras, de ser el sistema inicial para dar origen a un sistema nuevo y distinto.
Claro está que hay —después de todo— una salida. También la menciona Galileo. El hueso puede hacerse más duro y resistente. Está bien, pero ello también implica un cambió estructural. Son otras relaciones de invariancia las que se alteran. No es preciso explayarse sobre ellas, ya que sería repetir el razonamiento.
Descanso y vuelvo a mirar mis árboles. Ahora creo comprenderlos. Hago rápidas y elementales mediciones. Uso huincha de medir y «ojo.» Resulta que el Naranjo es aproximadamente un tercio de la altura del Ceibo, y la envergadura de su tronco es aproximadamente la octava parte. Con la teoría de que dispongo, concluyo que ambas maderas — otros aspectos siendo constantes han de tener una resistencia más o menos similar. La Sequoia, por otra parte, tiene un tronco de diámetro menor que el Ceibo; a pesar de ser más alta. Es obvio que su madera tiene que ser más dura y resistente.
Siento, finalmente, que poseo algunos principios básicos para estudiar otros sistemas en cuanto a su dimensión y su estructura. Las bases están echadas. Regreso a mi biblioteca. Retorno los diálogos de Galileo al estante donde reposan las obras de otros maestros de la antigüedad. Me siento tentado y busco La política del viejo Aristóteles. Recuerdo que también allí hay antecedentes. Vuelvo con el libro a mi jardín y busco. Encuentro el texto vagamente recordado y leo:

           ...hay también una medida de la magnitud de la ciudad, lo
              mismo que de todos los demás seres, animales, plantas, e
              instrumentos, pues ninguno de ellos conservará su propia
              capacidad si es demasiado pequeño o extremadamente grande,
              sino que, o quedará completamente privado de su naturaleza,
              o será defectuoso; así una nave de un palmo no será en
              absoluto una nave, ni tampoco lo será una de dos estadios,
              y el llegar a cierto tamaño, tanto en el sentido de la
              pequeñez como en el del exceso, dificultará la navegación.
              Igualmente la ciudad que se compone de demasiado pocos
              habitantes no es suficiente (y la ciudad ha de ser suficiente) y la
              que se compone de demasiados, si bien se bastará para proveer a
              sus necesidades, será como un pueblo, pero no una ciudad,
              porque difícilmente podrá tener una constitución. (2)

Veo que Galileo ha confirmado, y demostrado con rigor científico lo que Aristóteles, casi dos milenios antes, sugería. Pero la lectura me deja algo más. Hay algo no explorado y que está como pendiente. Entre todas las cosas que Aristóteles menciona hay una que quedó fuera del análisis de Galileo. El viejo ateniense menciona la ciudad. Es decir, otro tipo de sistema. Un sistema humano. Más concretamente, un sistema distinto del árbol o de la osamenta; porque se trata de un sistema, en fin, creado por el ser humano para la vivencia y convivencia de los seres humanos. Ya no se trata de lo que puedo encontrar en mi jardín. Es otra cosa, que me obliga a pensar y a mirar en otra dirección. Intuyo que es la más fascinante de todas y que habrá mucho terreno que explorar. Siento una especie de oculto placer de que Galileo no lo haya resuelto todo.





III. DESDE EL JARDÍN MIRO HACIA
ADENTRO


Me acabo de percatar de que la ventana que tengo enfrente no es meramente parte de la casa. También es parte del jardín. Es, por decirlo así, una instancia reversible de transición. Según el lado en que me ubique, me revela cualidades y espacios en que no estoy. Es un ojo abierto hacia «lo otro» o hacia «los demás». No me integra con lo que hay al otro lado; sólo me da perspectivas del otro lado. Mediando una ventana no hay un continuo entre el aquí y el allá. Hay una relación discreta; es decir, un salto entre el aquí y el allá. Cuán distinta es la ventana que estando abierta no deja de ser ventana, de la puerta que estando abierta deja de ser puerta. Pienso que la ventana tiene una importancia descomunal, quizás insospechada. Es el límite, la frontera, el verdadero umbral que separa realidades distintas. Cruzar puertas es transitar a lo largo de un continuo. Mirar a través de ventanas es saltar abismos. Se cruzan puertas y se sigue siendo parte de un entorno. Se mira a través de las ventanas y se descubren otros mundos.
Detrás de la ventana está mi mundo más íntimo. Mi familia. Somos cuatro personas actualmente, y funcionamos bien. Es decir, nos comunicarnos en forma bastante completa. Somos un grupo pequeño. Me pregunto si será por eso que funcionamos  bien. Pienso y concluyo que para funcionar adecuadamente lo


pequeño, en materia de grupos humanos, es condición necesaria aunque no suficiente. Me propongo tratar de demostrarlo, buscando además las condiciones suficientes. Entro a mi estudio.
Un amigo acaba de llegar. Nos conoce bien y hace mucho tiempo. Le expongo mis propósitos y, acto seguido, nos ponemos a trabajar munidos de lápiz y papel. Pretendemos representar gráficamente
mi grupo familiar. Recurrimos para ello a la teoría de digrafos (grafos dirigidos). Cada uno de nosotros será un punto. Las líneas dirigidas (flechas) serán canales de comunicación entre un punto y otro. Dejo a mi amigo que nos represente como él nos ve. Se precisa para estos casos un observador externo. Comentando que siempre le ha gustado la forma en que mi familia se desenvuelve y, agregando, que en nuestra casa siempre se siente bien.
Lo observo y constato que se trata de un dígrafo simétrico y completo. De allí cada par de puntos están unidos por dos líneas, una en cada dirección. Cada miembro de mi familia se comunica con todos los demás y, a su vez, recibe comunicación de todos los demás. ¿Cuál es, entonces, el status de cada cual?

En otras palabras, ¿cuál es la jerarquía que se da en mi familia en materia de comunicación? O, para decirlo en otros términos más generales, ¿cuál es la «situación social» de cada uno de sus componentes? La respuesta la encuentro en el trabajo de Yona Friedman, un francés; y que traduzco de su versión inglesa. Dice así:
           La «situación social» se definirá por las influencias que la
           persona en particular recibe de y ejerce sobre los demás
           miembros del grupo. Por ejemplo, si ejerce influencia sobre
           cuatro de sus vecinos y no recibe influencias de nadie, podrá
           considerarse como poseedor de más «poder» que otra persona
           que también ejerce cuatro influencias pero recibe dos
           influencias de otros. Así la «situación social » de una persona
           en particular se expresará por la diferencia entre la suma de
           influencias que emanan de ella y la suma de influencias que
           la tienen a ella como receptora.
Y continúa más adelante:
           Si (el) observador (externo) considera todas las influencias
           directas como iguales, es posible que observe una
           «degradación» de las influencias indirectas —influencias
           transmitidas por varias personas intermediarias— degradación
           por errores, omisiones, debido a las transmisiones sucesivas.
           Degradación resultante de lo que la teoría de información llama
           «ruido». Utilizaremos, para describir esta degradación de
           influencias indirectas..., una regla simple: supondremos que la
           «intensidad» de una influencia decaerá en proporción inversa al
           número de transmisiones intermediarias necesarias para su
           entrega. Estamos listos ahora para definir la «situación social»
           de cualquier persona dentro de un grupo, tal como la vería un
           observador externo al grupo.

Será expresada por la diferencia entre la suma de todas las influencias -directas e indirectas- ejercidas por una persona en particular sobre todas las otras personas del grupo, y la suma de todas las influencias originadas por todas las otras personas del grupo y que llegan hasta ella. Para hacer este simple cálculo es
suficiente construir la «matriz de trayectoria» del grafo del grupo en cuestión. Sobre la base de este grafo -o de esta matriz- podernos encontrar ambas sumas necesarias para definir el parámetro de «situación   social». (3)

         A  B  C  D
     A  0  1  1   1
     B  1  0  1   1
     C  1  1  0   1
     D  1  1  1   0

Retornamos, mi amigo y yo, al grafo que representa a mi familia, y seguimos las instrucciones. Comenzamos por la «matriz de trayectoria» que asume una forma en que, a primera vista, se revela que en ninguna trayectoria de comunicación existen intermediarios. Todas son comunicaciones directas. No existe, por tanto, degradación. Construimos ahora la matriz inversa que debería confirmar lo dicho.

          A       B        C         D
    A   0,00   1,00   1,00   1,00   3,00
    B   1,00   0,00   1.00   1,00   3,00
    C   1,00   1,00   0,00   1,00   3,00
    D   1,00   1,00   1,00   0,00   3,00
          3,00   3,00   3,00   3,00

 Si expresamos ahora en términos matemáticos la definición ofrecida por Yona Friedman de la «Situación social» (S) de la persona x, es decir, (Sx).  Aplicándola tendremos para cada miembro de mi familia algo de
lo cual se desprende que la «situación social» o, lo que habíamos llamado antes, la jerarquía de comunicación, es igual para todos los miembros de mi grupo familiar.

          A = 3,00 - 3,00 = 0
          B = 3,00 - 3,00 = 0
          C = 3,00 - 3,00 = 0
          D = 3,00 - 3,00 = 0

El ejercicio realizado con mi amigo me ha proporcionado respuesta a mi inquietud inicial. Ya dije que mi amigo nos conoce bien. Por experiencia ya sabia que funcionábamos bien. Así al estudiarnos de acuerdo al método utilizado determinó que aparte de ser pequeño, nuestro grupo tiene una estructura de comunicación
igualitaria: Surge la hipótesis, como era de esperar: si un grupo social es pequeño y tiene una estructura igualitaria en materia de comunicación, es altamente probable que funcione bien. Claro está -y de eso tenemos conciencia- que no será satisfactoria la hipótesis para muchos que defienden las virtudes de los sistemas autoritarios. Y es cierto. El análisis que- hemos realizado no es científicamente concluyente. Es una hipótesis. Una buena hipótesis, quizás, pero no más que eso. Debemos estudiar, a su vez, los grupos autoritarios.




IV. DESDE ADENTRO MIRO HACIA LAS
CALLES


Mientras desayuno veo salir a las gentes de sus casas. Poco a poco se van llenando las calles. Todos se desprenden de un grupo, para integrarse a otros grupos. La ciudad, las escuelas, las fábricas y empresas, los comercios, los clubes y partidos, las bandas y las asociaciones. Grupos distintos y diversos. Grupos que funcionan bien y grupos que funcionan mal (la diferencia se nota, al final del día, en la cara de sus miembros).
¿Cuáles son, me pregunto, sus estructuras? Pienso primero en la ciudad. Es el grupo mayor que en este instante me interesa. A la mente se me vienen las utopías y recuerdo que todas siempre propusieron sistemas pequeños. Tomás Moro concebía una comunidad ideal de seis mil familias. Los falansterios que propugnaba Fourier no rebasaban las mil seiscientas personas. Los paralelogramos de Robert Owen acogían de
quinientos a dos mil miembros. Otro tanto ocurría con las cooperativas de Horace Greeleys. Pero súbitamente recuerdo el más interesante de todos: Platón en Las Leyes. Busco la obra en mi biblioteca. En el libro V encuentro su pensamiento al respecto.



«Fijaremos el número de ciudadanos (familias)... en cinco mil
cuarenta.» Agrega que «las razones que me obligan a escoger
este número son las siguientes: distribúyanse la tierra y las
habitaciones en otros tantos lotes, de forma que resulten igual al
número de colonos; a continuación divídase este número por
dos, luego por tres; también se le puede dividir por cuatro,
por cinco y así sucesivamente hasta por diez. Es forzoso que,
por lo que respecta a las cifras, todo legislador conozca sus
peculiaridades y sepa al menos cuál es aquella de la que los
estados pueden sacar partido... En cuanto al número cinco
mil cuarenta, no tiene más que cincuenta y nueve divisores;
pero de ellos diez son correlativos, precisamente a partir de la
unidad, lo cual es muy ventajoso, tanto en la guerra corno en
la paz, y respecto a las distintas clases de convenios y
relaciones en materia de impuestos y distribuciones. (4)
La propuesta de Platón la conozco desde hace ya bastante tiempo. Siempre la encontré interesante y, por qué no decirlo, ingeniosa por sus implicaciones numéricas. Ahora, de repente, la percibo en una perspectiva distinta. Hay en ella más que un juego aritmético. Intuyo principios estructurales que tra taré de sacar a luz con la ayuda, una vez más, de la teoría de digrafos.
Pienso que los dos tipos de grupos humanos más característicos, en cuanto modelos «puros», son los de estructura igualitaria y los de estructura jerárquica. Cualquier grupo identificado en la realidad, sin ser perfectamente «puro», tiende ciertamente hacia el igualitarismo o hacia la jerarquización. Tal como un grupo igualitario puede representarse de la manera en que lo hizo mi amigo al describir a mi familia cuando ella funciona bien, un grupo jerárquico «puro»; es decir, como un árbol invertido.
En un grupo igualitario todos tienen la misma «situación social.» Las influencias ejercidas y las influencias recibidas son iguales para todos los miembros. En un grupo jerárquico, en cambio, la mayor influencia es ejercida por la persona ubicada en la cúspide. Hay, por decirlo así, «clases altas» y «clases bajas.»
El método de digrafos utilizado para representar grupos sociales se basa, pues, en el intercambio de influencias dentro de un conjunto de individuos. De esa manera los dos tipos de grupos hasta aquí representados, son diametralmente opuestos en cuanto esquemas de intercambio. Vuelvo a Yona Friedman que, al respecto, nos dice:
          En un grupo igualitario el intercambio puede iniciarse con
          cualquier miembro del grupo y, ciertamente, alcanza a todos
          los otros miembros; quizás con lentitud, pero con certeza.
          Por otra parte, en grupos jerárquicos, hay una sola persona
          que puede iniciar una influencia que alcance a todos los
          miembros del grupo, lo que logrará con bastante rapidez.
          Ahora, en cuanto a la probabilidad de que esta influencia
          (realmente) alcance a todos; ella es baja, ya que la no
          cooperación de una sola persona del grupo significará el
          bloqueo de un número de trayectorias. (5)
Así en cuanto a los grupos «puros.» Mirando hacia las calles y viendo circular a las personas, pienso que corno modelos extremos sirven para ubicar y reconocer estructuralmente a los grupos reales; es decir, a aquellos que estoy mirando. Reflexiono en cuanto a los conceptos que, hasta aquí, he recopilado. Parecen interesantes como descripción, pero ciertamente insuficientes para propósitos analíticos más profundos, corno son los que me propongo. Hay aspectos adicionales, también estructurales, que inciden en la calidad de funcionamiento de un grupo. Una vez más, extracto varios comentarios de Yona Friedman:
           El primer concepto a ser investigado es lo que llamo «valencia»: significa una propiedad observable y      biológicamente determinada, propia del animal humano. Esta propiedad define cuántos centros de interés pueden ocupar simultáneamente la atención de un ser humano. Por ejemplo, yo puedo leer dos libros simultáneamente (aún cuando con cierta dificultad), y quizás hasta tres; pero ciertamente nunca podría entender diez libros distintos al mismo tiempo. En este caso mi valencia será, quizás, de tres, quizás más, pero de ninguna manera de diez. Así la «valencia» limitará el número de personas que pueden influirse por (o pueden influir a) un miembro de un grupo durante un período de referencia dado. La valencia, se visualiza en el mapa (grafo) de un grupo... por el número de vínculos incidentes a un punto dado.
          El segundo concepto se relaciona con la degradación de una influencia por transmisiones sucesivas, tal corno se mencionó antes... Esta degradación también implica una propiedad biológicamente determinada y observable del animal humano. En efecto, esta degradación depende de nuestra capacidad mental. Llamo «capacidad de canal» de una persona en particular (o de una especie), la capacidad de transmitir un

mensaje con un número de errores, donde este número es característico para esa persona (o para esa especie). Es evidente que la «capacidad de canal» depende del período de referencia, al igual que ocurre con la «valencia».
Evidentemente, tanto la valencia como la capacidad de canal, dependen también del lenguaje. En efecto, un mensaje densamente codificado, por ejemplo, puede transmitirse con mayor velocidad y con menos errores de transmisión... La capacidad de canal es una propiedad muy limitante para una organización social. Implica que una influencia indirecta sometida a más transmisiones consecutivas intermediarias que las permitidas por la capacidad de canal, decaerá completamente y resultará irreconocible más allá de un cierto número de transmisiones. (6)
Ahora tengo material suficiente para continuar mis especulaciones. Tanto la valencia como la capacidad de canal de un grupo humano cualquiera, representan umbrales naturales que sólo pueden atravesarse con gran dificultad. Son valores que determinan el tamaño de un grupo. Así, por ejemplo, sería imposible diseñar una organización igualitaria con más personas y relaciones que las permitidas por los umbrales respectivos. Otro tanto es válido para cualquier grupo de estructura jerárquica; a pesar de que éstos pueden ser mayores que
aquellos sin necesidad de modificar su estructura, cono trataré de aclarar más adelante.
Dispongo ahora, con las precisiones disponibles, de un nuevo concepto. El de «dimensión crítica» de un grupo. Será el conjunto mayor posible de elementos (personas, objetos y relaciones entre ellos) que un grupo, caracterizado por una determinada estructura, puede contener sin afectar adversamente su
funcionamiento. La dimensión crítica resulta, entonces, de dos factores de tipo biológico (valencia y capacidad de canal) y de un factor de carácter topológico (la estructura de organización). Como comenta nuestro autor francés, la dimensión es independiente de cualquiera ideología, técnica o conocimiento. Los tres factores decisivos obedecen a una «Ley Natural», y la regla para determinar la dimensión crítica de cualquier grupo humano es también, en sí misma, una «ley natural.»
Dado que valencia y capacidad de canal son factores de naturaleza biológica, es de suponer que variarán según las especies cuya organización se estudie. El tercer factor, empero, es invariante. Vale decir, es igual
para cualquiera especie. Resulta interesante, en este sentido, observar animales o insectos que viven en grupos. Es extremadamente raro que excedan la dimensión crítica de su grupo; trátese de elefantes, gaviotas, abejas u hormigas. Cuando alcanzan la dimensión crítica, el grupo separa su población excedente para que ésta dé origen a un grupo nuevo. Curiosamente, es el ser humano el único ser que parece haber
perdido la habilidad natural de mantenerse dentro de grupos que no excedan su dimensión crítica. De allí que la reflexión que, al respecto hace Yona Friedman, da mucho que pensar:

          La alienación del hombre podría así ser una consecuencia de
          haber excedido enormemente la dimensión crítica de sus grupos.
          Vivimos con más personas de las que podemos tolerar y con más
          objetos de los que podemos depender; y todo ello sin habernos
          convertido en una especie biológicamente distinta. (7)

Pero ahora vale la pena resumir y organizar las ideas de forma clara y más definitiva. La dimensión crí tica de un grupo depende de su estructura social (estructura que puede deducirse de la «estructura matemática
del grupo; es decir, del grafo que representa las influencias dentro del grupo); depende también de los dos factores de naturaleza biológica que son la valencia y la capacidad de canal, ambos observables empíricamente, relacionados a un período de referencia dado y a un código determinado. (8)

Lo dicho puede expresarse de acuerdo a la siguiente fórmula:
G = R [s(m), v(tl), c(tl)] en que:
G = dimensión crítica
s = estructura social (jerarquía real)
m = estructura matemática (estructura topológica del grafo)
v = valencia
t = período de referencia
1 = lenguaje o código
c = capacidad de canal
R = una relación hipotética a ser investigada

Hasta la fecha no se ha propuesto un algoritmo que pueda corresponder a la fórmula indicada. Sin embargo v (tl) y c (tl) pueden determinarse empíricamente. Para grupos existentes, ni puede obtenerse por observación; y por planificación en el caso de grupos proyectados. Se representará como grafo indicando la
estructura del grupo. G puede redibujarse de tal manera que ningún punto rebase los límites impuestos por v, y ninguna trayectoria los límites impuestos por c.
Un aspecto resta de ser destacado con toda claridad. Se trata del período de referencia. Al respecto resulta evidente que si el período de referencia; es decir, el tiempo que se estima necesario para completar una transmisión a todos los miembros de un grupo, es muy grande, tanto la valencia cómo la capacidad de canal podrán crecer considerablemente. Si el período de referencia es de varios siglos, tanto valencia como capacidad de canal podrán ser enormes. En otras palabras, podría decirse que el período de referencia no es otra cosa más que el tiempo de que un grupo dispone para reaccionar frente a informaciones correspondientes a un contexto dado.
Tengo material suficiente. En virtud de ello vuelvo a leer el pasaje de Las Leyes de Platón. Toda su aritmética, tal como lo había sospechado, tiene mucho sentido. ¿Por qué un número con tantos divisores consecutivos? La lógica es evidente. Un grupo humano está expuesto a muchos estímulos distintos. En
ocasiones deberá reaccionar con extremada rapidez, y en otras tendrá tiempo disponible en abundancia. Un grupo puede estar enfrentado a una agresión como puede estar dedicado a la especulación filosófica. Es sensato, entonces, que el grupo pueda agregarse o desagregarse según lo demanden las necesidades, sin tener que alterar su estructura cada vez que las condiciones ambientales se modifiquen. Es precisamente esa falta de previsión platónica la que provoca tantos estragos y efectos traumáticos en los grupos humanos que se ven enfrentados sorpresivamente a circunstancias inesperadas. Al no tener capacidad de desdoblamiento caen en un desordenado y angustioso proceso de transformación estructural, para el cual generalmente no se hallan preparados.
Me pongo a pensar en ejemplos concretos. Una unidad de ejército en tiempo de guerra, por ejemplo. Se trata de un grupo de estructura jerárquica autoritaria. Precisa reaccionar con mucha rapidez; es decir, sus períodos de referencia son muy cortos. Si suponemos para un grupo así una valencia de 4 y una capacidad de canal de 6 (ambas muy ajustadas a la realidad observable), veremos que su dimensión crítica estará en la
cercanía de las 1.500 personas. El proceso funciona así: el mensaje (del comandante de la unidad) alcanzará en su primera etapa a cuatro personas, en la segunda a 12, en la tercera a 36, después a 108, en seguida a 324 y, finalmente a 972. Sumando la serie llegamos a 1457. Ello significa, por ejemplo, que dadas las limitaciones de valencia y capacidad de canal; y considerando además las restricciones impuestas por los
períodos de referencia; una fuerza militar compuesta por 45.000 hombres, debería desagregarse, para fines operacionales, en unas 30 unidades de 1.500 hombres cada una.
Distinto es el caso de las unidades de guerrilla. Por diversas razones este tipo de grupos precisa de estructuras más igualitarias. Dadas, entonces, las mismas restricciones que para unidades de ejercito; es decir, valencia 4, capacidad de canal 6 y períodos de referencia muy breves, la fuerza guerrillera total
deberá desdoblarse en unidades operacionales compuestas por alrededor de 16 hombres.
Los gobiernos, por otra parte, son organizaciones que operan con distintos ritmos o velocidades de reacción. Quizás los períodos de referencia fluctúen así entre uno o dos meses. Resulta, entonces, que algunos millones de personas aparezcan como un grupo razonable. Del mismo modo una Iglesia, que puede
esperar varias décadas entre acción y reacción, puede reunir varios cientos de millones de fieles.
El concepto de dimensión crítica de un grupo es indudablemente importante. Pienso que si los planificadores tomaran en cuenta, muchas organizaciones funcionarían mejor desde el punto de vista humano. Así y todo, hay algo que me parece indiscutible. La dimensión crítica de un grupo es de importancia extrema cuando se
enfrenta a un período o situación de crisis. Corno destaca Friedman, cuando la rutina se quiebra y el período de reacción se acelera en forma notable, un grupo que ha rebasado su dimensión crítica, cualquiera sea su estructura, se tornará totalmente vulnerable.
Me reclino en mi sillón, miro por la ventana y veo retornar a mis vecinos con la realidad de sus grupos retratada en sus rostros. No me parecen particularmente alegres. ¿Y cómo sería, pienso, si se produjera una crisis? No me respondo. No hace falta. Hay cosas que a estas alturas ya me resultan obvias.




V. ACOSTADO LEO Y, ANTES DE DORMIR,
DIVAGO

Hace ya dos días que mi mente está empapada de las ideas de lo que empezó como un simple juego intelectual. Sucede así con muchos juegos. Inesperadamente nos crece su importancia hasta posesionarse de nuestra conciencia. La mente no logra desligarse y comenzamos a girar y girar en torno a unas ideas que se adhieren a nosotros con prolija persistencia. Encontramos manifestaciones de ellas donde nunca las habíamos notado antes, en todas las cosas y en todas las instancias, por triviales que parezcan. Todo parece confabularse para producirnos alguna asociación, y de nada vale resistirse. Entonces, para liberarnos,
tratamos de dormir. Pero no es en vano que existe el insomnio. Si, el inescrutable insomnio, generador de angustias y de lecturas. De angustias sin dirección y de lecturas a veces sorprendentes, porque las escogernos al azar.
Allí, al alcance de mi mano, está el libro que me prestó mi amigo inglés. Enciendo la lámpara de mi velador, lo agarro y me acomodo sobre mis dos almohadas. Ya lo he hojeado antes, y estoy seguro de que logrará distraerme de mi cuasi obsesión momentánea. Su autor, Norman F. Dixon, eminente psicólogo del
University College de Londres. Su titulo: On the psychology of military incompetence. (Sobre la psicología de la incompetencia militar).
Tema entretenido, no hay duda. Tema fascinante y también distante —así lo pienso— de mi encendida preocupación actual. Me llenaré, pues, de imágenes nuevas, y el sueño no tardará en llegar. Me preparo a leer la primera parte, en que el autor analiza casos históricos de notoria incompetencia en la conducción de acciones militares. La guerra de Crimea, la guerra Boer, episodios de la India, casos notorios de la Primera Guerra Mundial, Cambrai, el sitio de Kut en Turquia, la torna de Singapore, el desastre de Arnhem. Todos casos que provocaron inmensas e innecesarias pérdidas de vidas humanas y destrucción material. Leo rápido y con avidez.
Comienza a desdoblarse el qué de cada caso, y siento que se aproxima el porqué. En el tercer capítulo encuentro el párrafo que me penetra corno una saeta:
          Una característica lamentable de las organizaciones
          autoritarias es que, detectadas las culpabilidades (en un caso
          dado), no aprenden como resultado de la experiencia. La
          razón no es difícil de encontrar. Puesto que el autoritarismo
          es en sí-mismo
          el producto de una defensa psicológica, las
          organizaciones autoritarias son maestras en rehuir
          culpabilidades. Ello lo logran por simple negación, por
          racionalización, por medio de chivos expiatorios o por
          alguna suerte de combinación de las tres formas. Cualquiera
          que sea el método utilizado (para rehuir responsabilidad ante
          el fracaso) el hecho es que los realmente responsables de
          error o incompetencia jamás lo admitirán. De allí que nada
          pueda hacerse para prevenir recurrencias. (9)
Las ideas contenidas en este párrafo se reúnen como en una espiral sin fin que comienza a girar en mi cerebro. Otra vez surgen los conceptos de que trataba de escapar. Pareciera que las ideas tuvieran vida propia. Parece que también ellas pueden apasionarse o aburrirse con nosotros. Acosarnos o dejarnos
cuando ellas quieran. El hecho es que aquí están, todas ellas, de regreso. Me rindo. Me quedaré con ellas y las escrutaré hasta que yo termine con ellas o -lo que es más probable- ellas terminen conmigo. Ahora divago en la dirección inevitable.
¿De qué elementos nuevos dispongo? Veamos. Los grupos grandes parecen tender a organizarse de acuerdo a una estructura autoritaria. Los grupos autoritarios —según mi nueva evidencia psicológica— al no aprender por experiencia son ineficientes, aún con la asombrosa capacidad que tienen para ocultar su
ineficiencia, e incluso, para disfrazarla de lo contrario. Son, por lo tanto, vulneradores de sus miembros, además de vulnerables. Su rigidez se oculta con la máscara del orden, y el orden —así se piensa—tiene que resultar en eficiencia. El error no se reconoce.
Por el contrario, cuando su existencia tiende a hacerse evidente, la manera de resolverlo es reincidiendo en él, pero con mayor energía. El secreto parece estar en la indiscriminada aplicación de la energía. Un error repetido con creciente energía, termina por convencer a la mayoría de las víctimas de que no se trata de un error sino de una nueva norma. Sólo los disidentes se percatan del juego; pero los disidentes, desde luego, no tienen cabida en una estructura autoritaria.
Pero, ¡un momento! Estoy divagando, quizás, con demasiada soltura y, por cierto, con mucha aceleración. ¿Una evidencia o interpretación psicológica da para tanto? ¿No estaré entrando en terreno de poca consistencia? Decido olvidarme por unos instantes de lo leído para recurrir a una fuente diametralmente distinta.
Ella está en otro libro. Esta vez se trata de un matemático francés de la mayor alcurnia. Su nombre es René Thom, y su obra —comparada en importancia con los Principia de Newton— se titula: Structural stability and morphogenesis (Estabilidad estructural y morfogénesis). En el capítulo final de su obra describe dos tipos básicos de sociedades: la sociedad de tipo militar y la sociedad fluida. Respecto de la primera, que es la que me preocupa, dice:
          Aquí (en la sociedad de tipo militar) cada individuo ocupa
          una posición especificada y regula sus propios movimientos
         de manera tal que la sociedad global sea preservada, al igual
         que su propia posición dentro de la sociedad. Es claro que la
          invariancia global del cuerpo espacial requiere una
          interacción permanente de cada individuo con los
          individuos que lo rodean. Como la circulación de la
          información, considerada como fluido, debe ser
          estructuralmente estable, el proceso más simple para dar ese
          afecto es una circulación gradiente: aquí una función positiva u
          se define sobre el cuerpo social, llamada autoridad, con valor
          cero en la frontera (boundary), y cada individuo está
          constreñido a controlar su movimiento hacia el individuo
          más próximo en la trayectoria de la gradiente u en la
         dirección del incremento de u. Esta función u debe tener al
          menos un máximo; y el individuo en ese punto es el jefe,
         porque no recibe órdenes de nadie. Debido a que demoras en la
         transmisión de órdenes puede tener efectos desastrosos en la
         estabilidad global, especialmente en momentos difíciles cuando
         se precisan cambios rápidos del comportamiento necesario,
         u no puede tener otro punto crítico aparte del sólo máximo
         personificado por el jefe. Así, pues, el cuerpo social es una pelota
         bajo dominio monárquico. (10)
Medito en la lectura. Es la primera descripción topológica que he encontrado de la sociedad autoritaria. Me resulta devastadora. Creo que no hay sociólogo ni psicólogo capaz de un juicio más lapidario que el que proporciona la evidencia topológica revelada por René Thom. La repito: «...el cuerpo social es una pelota bajo dominio monárquico.» ¿Cuántos hay, me pregunto, que se sienten cómodos en esas circunstancias? Quizás muchos, pero quizás porque no se han percatado de la triste realidad.
El caso en contra de los grupos autoritarios me parece concluyente. Pero hay algo que me sigue preocupando. Si bien es cierto que los grupos grandes tienden a organizarse en forma autoritaria, ¿es inevitable que sea así? Ya estoy convencido de las desventajas evidentes que aquejan a los grupos autoritarios. Pero por otra parte también sé que ciertos grupos tendrán que ser inevitablemente grandes. Resulta, entonces, que todos esos grupos quedarán condenados por una presunta inevitabilidad
autoritaria? ¿Hay esperanzas de que no sea así? La primera evidencia la vuelve a dar el mismo René Thom al describir la sociedad fluida. Dice así:
            Aquí el ejemplo típico es la nube de mosquitos: cada
            individuo se mueve al azar a menos que vea alejarse el
            cardumen, en cuyo caso se apresura para reintegrarse al grupo.
            Así la estabilidad se ve asegurada en, las catástrofes por una
            barrera que causa discontinuidad en la conducta. En nuestras
            sociedades esta barrera es fija y doblemente preservada por la
            conciencia del individuo y por las leyes y organismos represivos
            de la sociedad. Entonces nuestras sociedades son de un tipo
            intermedio: no son rigurosamente fluidas, ya que son
            estratificadas en clases sociales, separadas por ondas de shock
            que son difíciles de cruzar para un individuo.
  Y más adelante concluye, una vez más de manera sombría:
          Una característica típica de los campos sociales morfogenéticos
          (su referencia topológica de las sociedades descritas) es que modifican
           el comportamiento de los individuos, con
          frecuencia de manera duradera e irreversible, como en el caso de
          aquellos que son persuadidos de darlo todo, incluso su propia
          vida, para la preservación de la forma social global,
          considerada corno suprema. Éste es un efecto sin paralelos en la
          naturaleza inanimada, que tiene consecuencias desastrosas
          en cuanto respecta a la preservación de las injusticias sociales.
Pero termina con una luz de esperanza cuando agrega:
           La visión entregada más arriba es básicamente pesimista, ya
           que muestra que las injusticias sociales están inextricablemente
           relacionadas con la estabilidad del cuerpo social. Personalmente
          creo que la única manera de reducir la opresión es dejando de
          atribuirle un valor ético a las formas sociales, en particular
          las naciones. El celebrado «dictum» de Goethe de que «es
          preferible la injusticia al desorden» sólo puede justificarse en
          cuanto el desorden puede generar injusticias aún mayores. Pero
          este peligro no es probable si los miembros de una sociedad han
          adquirido suficientes valores morales para no explotar un
          lapso temporario de autoridad (que no debe confundirse con
          autoritarismo), en su propio beneficio. En este caso, una
          situación flexible, con autoridad fluctuante, tiene las mejores
          posibilidades de proveer un régimen óptimo para cada
          miembro. (11)
Mis ideas se agitan. Trato de organizarlas y vislumbro algunas cosas. La sociedad fluida puede ser relativamente grande. Sus miembros no se organizan en torno a una gradiente como en el caso de la sociedad autoritaria. La autoridad surge en más de un lugar sin convertirse en autoritarismo. Las discontinuidades del comportamiento son garantía de estabilidad estructural frente a catástrofes. Existe, indudablemente, retroalimentación en las comunicaciones e interacciones de sus miembros. ¿Adónde está el
secreto? ¿En qué radica su aparente viabilidad?
En el fondo la sociedad fluida de René Thom no es más que una especie de confederación de sociedades —o de grupos— más pequeños. Su viabilidad radica simplemente en su capacidad platónica de desdoblamiento. Puede ser grande y unificada en un momento, y puede subdividirse en grupos menores si se ve apremiada. Así es una, que puede ser muchas, y siempre conservando su estabilidad estructural. La sociedad fluida es la versión en grande de la sociedad igualitaria.
Con la imagen, una vez más, del viejo Platón, me quedo dormido.



VI. ME DESPIERTO Y MEDITO EN CIERTAS
EVIDENCIAS




Hoy he comenzado por plantearme una hipótesis: «El ser humano se desenvuelve en función de las relaciones que mantiene con su entorno. Buena parte de su integridad, de su equilibrio interior y
exterior, como de su enajenación, dependen del grado en que se sienta integrado o no al entorno; lo cual depende, a su vez, de la dimensión, de la homogeneidad o de la heterogeneidad del mismo.» Tengo conciencia de que no existe sólo un entorno total; hay tipos de entorno. Pienso, pues, que los problemas
relacionados con la dimensión de los grupos humanos, deben referirse a los diversos entornos. Es decir, a los entornos económico, espacial, político, cultural y natural. Cada uno de ellos puede estar cubierto por organizaciones que pueden tener tanto dimensiones óptimas como dimensiones críticas.
Dimensiones que —ahora se me ocurre— podrían llamarse de otra manera: «humanizantes» las primeras, y «alienantes» las segundas.
 Mientras las dimensiones de grupos permanezcan dentro de los límites humanizantes, el ser humano es capaz de alcanzar identidad e integración, mientras que dentro de dimensiones alienantes sólo puede optar por la transferencia y endoso de su integridad individual. En una el ser humano siente los efectos de lo
que hace y decide; en la otra se conforma con que otros hagan y decidan por él. En aquella es posible el desarrollo de las personas; en ésta sólo es posible el desarrollo de objetos.

Ahora bien, yo soy economista. Estudié también sociología y otras ciencias sociales, además de matemáticas. El resultado ha terminado siendo divertido en cuanto a mis relaciones con colegas. Han dicho de mí que como economista soy un buen sociólogo, y que corno sociólogo soy un buen economista.
Quizás haya razón en lo que dicen. En todo caso he aprendido a pensar con libertad. He superado el complejo de «tener que pertenecer.» Insisto en ser economista, y como tal veo las cosas de la
siguiente manera; y para ello comienzo con la dimensión de las actividades económicas. Rescato las ideas de un trabajo anterior:
          ...la economía ha rendido culto a la eficiencia y, en nombre
          de ella, hemos evolucionado desde las economías de escala
          hasta las que yo llamaría «deseconomías de las dimensiones
          incontrolables». La eficiencia económica de estos procesos es
          innegable si se la mide con un enfoque puramente
          economicista. Pero, es igualmente innegable su irracional
          potencia depredadora de los recursos naturales, su aterradora
          capacidad de contaminación y su contribución notable al
          incremento de los índices de muertes de origen cardiovascular.
          Por desgracia los sistemas económicos de gran magnitud, una
           vez consolidados, sólo pueden evolucionar en la medida en que
          se hagan mayores aún. El sistema económico llega así a
          confundirse con la sociedad misma, la domina y la
          determina, hasta el punto en que su expansión ya no ocurre para
          satisfacer las necesidades de consumo de las personas sino que
          éstas consumen más y más para satisfacer así las necesidades de
          crecimiento del sistema. (12)

Repienso lo que ya pensé otras veces y me reafirmo en lo pensado. Se trata de que considero que en la medida en que un sistema sirve a las personas y a su entorno general, su existencia está moralmente justificada. En cambio cuando la función de las personas y de su entorno general es sólo la de servir al sistema, éste deja de ser humanista y humanizante por definición, y son legítimos los esfuerzos que se desplieguen para alcanzar su replanteamiento integral. Planteamiento ético el que hago, sin duda. ¿Podría criticárseme por eso? Quizás sí; pero a expensas de olvidar que la economía se originó como parte de la filosofía moral. Por otra parte se me ocurre que, francamente, no vale la pena una ciencia, si carece de conciencia.

 Prosigo la lectura:

          Como la alienación, la depredación natural, la
           contaminación y, en fin, la deshumanización no se miden
          como costos del proceso, éste sigue siendo positivo, eficiente y
          exitoso de acuerdo a los patrones tradicionales con los que se lo
          mide.

Habría que reconocer de una vez por todas que medidas tales como el Producto Nacional Bruto per cápita, son altamente engañosas. Es una medida pobre para reflejar la calidad y el nivel de vida, por cuanto incluye cualquier actividad, al margen de si es o no beneficiosa para la sociedad. Por otra parte, ya existen evidencias poderosas de que el mejoramiento del nivel de vida (necesidades básicas y lujos) constituye una fracción decreciente de cada nueva unidad de incremento del PNB per cápita; el resto se gasta en los cambios requeridos por el crecimiento mismo, en sus efectos secundarios y en el manejo de los desperdicios. Debiera resultar claro, entonces, que el aumento constante de la escala de la actividad económica es no sólo destructora del entorno y alienante para los que participan en ella, sino que alcanza las
características de un auténtico proceso de autoantropofagia. (13)

El entusiasmo por el gigantismo ha echado raíces en la teoría económica. Las economías de escala —así se sostiene— inciden con mayor intensidad en el crecimiento económico. Por otra parte, siempre se ha sostenido que el crecimiento económico es bueno para la sociedad y las personas; lo cual es, por lo demás, perfectamente cierto. El problema no radica allí. Se oculta, más bien, en el hecho de identificar lo bueno corno sinónimo de más y más. Tal obsesión ha terminado por generar un nuevo concepto mecanicista de la justicia social. Ésta ha pasado a confundirse con el crecimiento mismo. No se trata —así parece— de distribuir mejor una torta que ya es suficientemente grande, de manera que los que tienen menos reciban una porción mayor. Se trata, por el contrario, de hacer una torta aún más grande de manera que todos, conservando la proporción que les ha asignado el sistema, reciban un pedazo mayor que el que tenían antes. Con una visión así, es evidente que el círculo vicioso no termina nunca. Pero eso no es todo. El asunto es aún más grave. Ha dado origen a frases hechas que muchas gentes se tragan de buena fe. «Sólo con un
mayor crecimiento los pobres podrán tener más.» «No se puede distribuir lo que no existe.» Y así sucesivamente. Y las buenas gentes se convencen, sobre todo si tales frases han sido
pronunciadas por una «autoridad» en la materia.
Si las cosas fueran así de simples y así de mecánicas, los pobres serían una minoría o, por lo menos, estarían disminuyendo. Las evidencias, empero, son exactamente las contrarias. Más aún, y contrariamente a lo que han sostenido —y aún sostienen— muchos economistas, un mayor crecimiento no trae aparejada una mejor distribución. Incluso las medidas tributarias y fiscales que puedan adoptarse con fines redistributivos, no benefician en nada a los sectores más pobres de una sociedad en desarrollo. Ello por razones tremendamente obvias. Si hay personas que viven en condiciones de autosubsistencia, integrando los sectores informales que las estadísticas económicas no registran, marginados del mercado laboral y del mercado de intercambio, evidentemente resultan marginados también de los efectos tributarios y fiscales.
Pienso que los argumentos que estoy vertiendo, a pesar de estar sustentados en las más dramáticas evidencias a lo largo de todo el mundo, convencen menos que las frases hechas que he recordado hace un momento. Ellas convencen por su aterrador simplismo. La realidad es compleja y se precisan esfuerzos
adicionales para desentrañarla y reconocerla. Hay quienes hacen el esfuerzo y, por ello, me recuerdo de mi estada en Berlín, hace sólo dos semanas. Allí lo hablamos, lo analizamos y lo discutimos.
Fue la Fundación Alemana para el Desarrollo Internacional que invitó un número importante de planificadores del Tercer Mundo, a técnicos alemanes y a especialistas de las Naciones Unidas. Del reforme Final de la reunión que se dedicó al tema «Una estrategia de necesidades básicas como parámetro de la
planificación» leo un párrafo clave: ...la experiencia de los últimos 25 años ha indicado, que la estrategia
de «crecer primero —distribuir después», ha fracasado en cuanto a mejorar el bienestar de los pobres. El supuesto «impacto hacia abajo» (trickle-down effect) ha sido ínfimo. La estrategia de «distribuir primero-crecer después» podría tener mayores posibilidades de éxito, dependiendo de qué se distribuye y a
quiénes. Se destacó, después de analizar un buen número de experiencias nacionales, que no parece haber ninguna evidencia, ni teórica ni empírica, de que una redistribución implicará un crecimiento menor. Ambos pueden y deben ir juntos si es que se ha de mejorar el bienestar de los pobres. (14)


Enciendo mi pipa. Lo hago siempre que necesito recapitular el contenido de mis divagaciones. Las volutas de humo, especialmente contra la luz, me ayudan a centrar mis pensamientos.
Una cosa surge en mi mente con meridiana claridad. La redistribución implica creciente participación; pero la participación es sólo posible dentro de grupos que no hayan excedido su dimensión crítica. Eso creo haberlo demostrado al comienzo de mis especulaciones, cuando jugando con dígrafos se me hicieron
evidentes algunas verdades. Pues bien, la participación no ha crecido con la implantación de las economías de escala. No sólo la participación parece disminuir, sino que, indiscutiblemente, a pesar de las tasas de crecimiento considerables que muchas de las economías del Tercer Mundo han alcanzado, tanto la proporción como el número absoluto de los pobres ha ido en franco aumento. El asunto da para pensarlo.
Y si da para pensarlo, especulo con otro ejemplo. Con otro error, diría. Estoy pensando en lo que podría denominarse «industrialización de la agricultura»; es decir, la aplicación a la agricultura de las economías de escala y de nociones de eficiencia análogas a las que imperan en industria. Tales intentos significan desconocer por completo la diferencia radical que existe entre el «metabolismo» industrial y el metabolismo
ecológico. Como lo destaca un grupo de científicos alemanes en el Manifiesto de Bussau sobre la Situación Político-Ambiental:
           (En el metabolismo industrial) se emplea un sinnúmero de elementos, compuestos y concentraciones      cuya acción es altamente antibiótica; esto es, tóxica, además que por motivos económicos se prefiere el   paso unidireccional de materias, en contraste con los ciclos de la materia. (15)
Aplicando a la agricultura el principio industrial de las grandes economías de escala se provocan, entonces, desequilibrios ecológicos cuya corrección obliga a gigantescos gastos de inversión adicional, que bien podrían tener otro destino si se comenzara por respetar los dictámenes ecológicos más fundamentales. Los mismos científicos alemanes insisten en que hay pruebas irrefutables de que:
los sistemas ecológicos ordenados son pequeños y articulados
de manera multiforme y sus reacciones se desarrollan
lentamente. (En cambio) los sistemas industrial-económicos
tienden a ser grandes y uniformes, y se distinguen por sus
acciones y reacciones rápidas.
La única manera de aplicar a la agricultura la noción industrial de escala, es violentando el principio que el Manifiesto de Bussau expone. Vale decir, haciendo caso omiso del equilibrio que se da en las dimensiones pequeñas y en la multiformidad, tratando de compensarlas a través de tratamientos artificiales tales como la
aplicación masiva de fertilizantes y pesticidas sintéticos.

Me parece oír a los defensores de la agricultura «moderna y de gran escala» rebatiendo estas consideraciones. Dirán que un mundo con hambre precisa de una agricultura de gran eficiencia y de muy
elevada productividad; es decir, de una agricultura a la que se le apliquen los principios de las economías de gran escala. Está bien, reconozco la victoria de la productividad. Pero agrego convencido, que se trata con mucha frecuencia de una victoria pírrica. La agricultura de gran escala exige inversiones marginales crecientes que a veces se tornan insoportables (particularmente para los países en desarrollo), además de aumentar la vulnerabilidad del sistema agrícola ante cualquier catástrofe natural o biológica.
Si no existiera la flexibilidad basada en la multiformidad, el hombre habría destruido hace tiempo e irreversiblemente el entero ecosistema de la tierra. Pero el peligro no puede considerarse como alejado y más bien aumenta día a día, conforme el hombre sigue en su «conquista» de la naturaleza multiforme y la transforma «económicamente» en monocultivos biológicamente empobrecidos. Así nacen globalmente ecosistemas artificiales que son tan inestables que una sequía, una carga tóxica o mecánica adicional pueden provocar su colapso. Los ejemplos clásicos del mundo mediterráneo tienen ahora su paralelo en Norte y Sudamérica, en la India y en el Sahel africano; lecciones de las que nadie hasta ahora parece dispuesto a sacar las necesarias conclusiones». (16)
 A esa conclusión llegan los sabios alemanes. No puedo dejar de reflexionar en el hecho de que los sistemas demasiado grandes resultan a la larga demasiado onerosos. Por desgracia su costo se manifiesta en el largo plazo, mientras que su eficiencia se nota en forma inmediata. He ahí el dilema. No sé cómo pueda resolverse. ¿Cómo hacer que en criterios y en evoluciones lo mediato tenga un peso equivalente a lo
inmediato? No lo sé, y me siento preocupado, casi triste. Por lo tanto me voy a caminar.






VII. CAMINANDO CONFIRMO QUE
CAMINAR ES UN DIÁLOGO

Me gusta caminar porque es la ocasión en que dejo que mi fantasía fluya con completa libertad. Asumo diversos papeles, y los personajes que genero discuten entre ellos y me divierto enormemente. Siempre hay un personaje al que le doy el papel de ser más YO que los demás. Desde luego es el más inteligente. Los
otros suelen quedar perplejos frente a los brillantes argumentos del personaje preferido. También es el más valiente, si de eso se trata la fantasía. Es el más ecuánime, el más generoso y el más sabio. Es el perfecto tónico revitalizador del ego, porque dice y hace todo lo perfecto y adecuado que ni hice ni dije cuando me enfrenté a la situación real. Consigue el préstamo bancario que me negaron ayer o que me van a negar mañana. Convence a los demás científicos de que su teoría, de acuerdo a las evidencias disponibles, es completamente coherente. Le ofrecen honores que, con enorme dignidad, rechaza porque lo que hizo no lo considera un mérito sino una obligación moral. En resumen, es sensacional, porque es humilde a pesar de su
grandeza. Es un personaje del YO cuya biografía nunca será escrita pero que, en la fantasía, ya circula en veinte idiomas. Pero vamos al grano. En esta caminata, mi personaje tiene una tarea: argumentar en
torno al concepto de eficiencia.



Los árboles languidecen voluptuosos con la brisa. Me sonrío. No sé si de mí mismo o conmigo mismo. No importa. Da igual, porque todavía quedan luces jugando con la luz. Hago tamborilear los dedos sobre el lomo del libro que traje conmigo. Y mi personaje comienza a hablar. Nuestra sociedad tecnocrática no sólo ha hecho cada vez más evidente el divorcio del ser humano con la naturaleza, sino que ha fomentado hasta el extremo el culto en torno a la cuasi—religión de la eficiencia. El resultado es una mitología plagada de confusiones y de incongruencias. Ya no distinguimos entre el amor y la limosna, entre la educación y
la enseñanza, entre la posesión de títulos y el conocimiento, entre la policía y la seguridad, entre las leyes y la justicia, entre la producción y la creación, entre el consumo y el bienestar, entre la capacitación y el fomento de las habil idades, entre la propiedad y la posesión, entre el Producto Nacional Bruto y la satisfacción social, entre la vida y el sobrevivir. El formalismo domina sobre el fondo de las cosas; y el ser humano opacado por el gigantismo creciente de los sistemas a los que sirve, se va alejando cada vez más de la posibilidad de encontrarse con su propia dimensión. Preñados como están, su espíritu y su mente, de recetas precisas y de frases hechas (y en esta ma teria la economía, a través de muchos de sus economistas, ha hecho aportes espectaculares) cae presa de un temible vacío intelectual, toda vez que alguno de sus
mitos resulta amenazado por la duda o, incluso, por nuevas evidencias. Estamos viviendo la muerte de la imaginación y asistidos a diario a los funerales de la audacia, toda vez que tanto ésta como aquella intentan plantear alternativas profundas para nuestra organización social. La audacia se admira en el que escala las más difíciles montañas y la imaginación se aplaude en el que inventa nuevas maquinarias capaces de aumentar la eficiencia empresarial. Hasta allí son actos «legítimos», pero un poco más allá nos topamos con
terreno minado.
¿Qué ocurriría, por ejemplo, si me atrevo a manifestar que la eficiencia económica, como tradicionalmente se la mide, refleja sólo la parte más trivial de la realidad de un sistema? ¿Qué reacción podría esperar si sostengo, yendo aún más lejos, que el predominio de esas medidas y la respetabilidad de que resultan investidas, son con frecuencia utilizadas como cortinas de humo que ocultan los dramas más profundos de una sociedad?
Guardo silencio interior para no interrumpir la elocuencia del YO que esta tarde camina conmigo. El mismo responde a las preguntas. No es difícil imaginar voces airadas de protesta frente a tan disparatada
iconoclastia. Dirán —me dice— que la eficiencia medida en términos de productividad hora/hombre y de relaciones capital/ producto, establecidas a partir de adecuadas relaciones capital/trabajo son indispensables para comprobar si un sistema_ una empresa, por ejemplo— está haciendo las cosas bien. Agregarán que
en la medida en que esas relaciones se optimicen, todos; es decir, capitalistas, empleados, obreros y consumidores resultarán beneficiados.
Los precios serán más competitivos y, dentro de un mercado sano; es decir, de libre competencia, sólo así es posible establecer una relación justa entre productor y consumidor. La teoría económica conoce las normas de la eficiencia. Tiene, por lo menos, dos siglos de experiencia. Y si la eficiencia en la producción de ciertos bienes se maximiza con economías de escala, son economías de escala las que hay que establecer. Así crece el Producto Nacional Bruto y, por ende, el ingreso personal. Todos pueden consumir más como consecuencia de precios más ventajosos. Claro —reconocerán— que hay que tomar ciertas medidas para evitar abusos como la formación de monopolios, por ejemplo. Ésa es la función de control y vigilancia que corresponde al Estado. Si las reglas se cumplen, el proceso es el más ventajoso para la sociedad. Además, con una legislación adecuada, para que se respeten los derechos de obreros y empleados, el procedimiento es, sin duda el mejor. La competencia es la madre de la eficiencia y la competencia, además, estimula la
imaginación y la creatividad. No me gusta interrumpir a mis personajes. Pero por una vez interfiero con un pensamiento propio. Es breve. Quizás romántico o sentimental, pero sentido y muy real. He visto mucho en mi vida y he vivido en muchas partes para llegar a esta conclusión. El libre mercado es la libre codicia. La libre competencia es la libre capacidad de aniquilar. Yo nunca fui capaz de hacer un negocio. Toda vez que lo intenté, perdí. Siempre me engañaron. No soy capaz de competir en ese mercado; pero soy capaz de escribir un libro. Eso, en el esquema, ¿dónde y cómo encaja? No respondo. Es mi YO de hoy que, retorna la palabra. Los argumentos en boga son fuertes. Son poderosos por dos razones. Por ser mecanicistas y por ser supersimplificaciones. Ése es el secreto de su impacto. Siguen una lógica lineal. La lógica del «si ...entonces.» Es decir, la lógica de la esterilidad. El asunto es simple. Se trata de que, al poner en duda el valor de un mito profundamente arraigado —en este caso el de la eficiencia económica en su sentido ortodoxo— se obliga al ejercicio de un acto de imaginación. Hay que imaginarse una sociedad que funcione con conceptos alternativos de eficiencia. Una sociedad donde el concepto de eficiencia no esté referido a la producción de objetos (de bienes, como se llaman en economía, y que, con frecuencia son más males que bienes), sino a la realización de las personas. ¡He ahí el problema! Para la inmensa mayoría de las gentes el acto de borrar una imagen tradicional no genera imágenes sustitutivas.
Sólo queda un tremendo vacío intelectual. Pero lo que es peor todavía, es el hecho de que ese vacío en vez de provocar —como debiera— una profunda preocupación, se esgrime más bien como argumento irrefutable para demostrar el valor superior de lo que se está practicando. La falta de imaginación es la madre del conformismo; y el conformismo es el terreno más fértil para la alienación.
El vacío intelectual que provoca el quiebre de las ortodoxias, cualesquiera que ellas sean, puede ilustrarse de muchas maneras. Mi YO caminante pide permiso para desviarse, con fines ilustrativos, del terna central.
Elegimos para nuestra caminata -me dice— el ejemplo de la eficiencia económica. Pudimos haber escogido otros igualmente ilustrativos de nuestra peligrosamente inerte adhesión a los mitos enquistados en nuestra sociedad actual. Podría desarrollarse la idea, por ejemplo, de que la institución de gobierno tal como
existe y se la concibe en todos los sistemas sociopolíticos vigentes en el mundo actual —más allá de sus variaciones formales— podría ser objeto de la duda en cuanto a su eficiencia e incluso a su necesidad. Podría también especularse en el sentido de que la proliferación de leyes no es necesariamente el camino más apropiado para garantizar la tranquilidad, la seguridad y la protección de las personas. Puede insinuarse, incluso, que el empleo no tiene por qué ser la única respuesta para la persona que reclama el derecho al trabajo. Todas estas posibilidades provocarían similares reacciones y abonarían mi tesis del vacío
intelectual. Si propongo eliminar la noción que tenemos de lo que es gobierno, minimizar la importancia que atribuimos a la promulgación de leyes y revisar a fondo el concepto de empleo, provoco un vacío intelectual. No es posible, para la gran mayoría, imaginarse una sociedad alternativa capaz de funcionar. Pero esto
es sólo una disquisición. El tema de la eficiencia no ha acabado. Para seguir, empero, es preciso aclarar ciertas posiciones. Sostengo que los bienes son importantes para las personas, pero no si son más importantes que las personas. Afirmo que un sistema sociopolítico y económico tiene mérito si su función
primordial es la de servir a las personas, pero no si la función primordial de las personas es la de servir al sistema. Propongo que es tan peligrosa una física sin metafísica como una humanidad sin humanismo. Mantengo que todo conocimiento que pretenda sustituir la sabiduría, es tan inútil como todo esfuerzo que pretenda sustituir la naturaleza por la construcción artificial. Destaco que la tierra no le pertenece al ser humano, sino que el ser humano es parte de la tierra. Recalco, finalmente que la superación del ser
humano en cuanto tal, no está en manos del destino ni de tal o cual sistema; sino que el destino y los sistemas están en manos del ser humano que quiera superarse como tal. La eficiencia —recalca mi YO caminante— es la medida del éxito. Aquí hay patrones alternativos, y se trata de tomar partido.
Hay posiciones irreductibles entre sí. Aquí no cabe ni el ecléctico ni el mirón. Veamos, entonces, la descripción simple de dos posibilidades de éxito basadas en conceptos diametralmente distintos de eficiencia.

La primera versión podría ser algo así como lo siguiente:
 a) la producción de bienes ha aumentado en un porcentaje importante;
 b) el sistema vigente ha demostrado su solidez;
 c) la oferta de personal capacitado se ajusta a su demanda;
 d) cada día hay más personas capacitadas que realizan funciones útiles;
 e) se ha logrado maximizar el rendimiento de la tierra;
 f) existe pleno empleo, las gentes tienen más ingreso y,
 conclusión: están en pleno proceso de realizar sus aspiraciones; es decir, de ser más felices.
La segunda versión podría ser algo así como lo siguiente:
 a) la producción de bienes ha llegado a ajustarse a lo que la gente realmente necesita;
 b) la conciencia colectiva ha demostrado su solidez;
 c) la demanda se ajusta a la oferta de las capacidades personales;
d) cada día hay más personas útiles que realizan su capacidad;
e) se ha logrado optimizar el rendimiento de la tierra manteniendo el equilibrio ecológico;
 f) existe pleno reconocimiento de todas las formas de trabajo, las gentes tienen más retribuciones y, conclusión: están en pleno proceso de realizar sus aspiraciones; es decir, de ser más felices.

La pretendida conclusión es la misma, a pesar de la diferencia que se manifiesta en las premisas. Quien se adhiera a la validez de las primeras, reconocerá como fracaso la realización de las segundas. Quien pretenda la consecución de éstas, identificará como fracaso la consolidación de aquellas. Las dos alternativas
representan caminos claramente divergentes; y cada una de ellas conlleva consecuencias de innegable trascendencia social. Ambas se sustentan en sistemas estructuralmente distintos que se apoyan en sus respectivos esquemas lógicos: El primero persigue la eficiencia en el trabajo, estimula la competencia y tiene como meta el crecimiento económico. El segundo persigue la identificación con el trabajo, estimula la interdependencia y tiene como meta el equilibrio integral. Lo que para aquél es la eficiencia que resulta de las grandes economías de escala, para, ésta es la deshumanización que resulta de las deseconomías de escalas incontrolables. Para uno hay que especializarse a fin de conquistar buenos niveles de competencia, mientras que para el otro hay que diversificarse a los efectos de alcanzar relativos niveles de autarquía. Para ése se trata de elevar el nivel de vida que es función del ingreso y, por lo tanto, aumentar el bienestar en la medida en que se incrementa el consumo. Para éste se trata de elevar la calidad de vida que es función de la integración con los entornos y, por lo tanto, maximizar el bienestar con el menor consumo posible. Para
aquel sistema, el último eslabón del proceso económico es el consumo, siendo éste, además un fin en sí, en la medida en crezca más, mayor será el éxito que se le reconozca al sistema. Para éste, en cambio, el último eslabón del proceso económico es la generación de desperdicios y reconociendo, además, que el consumo no es un fin sino sólo un medio para alcanzar el bienestar, su crecimiento desmesurado, antes que representar el éxito del sistema, sólo revelará la incapacidad del mismo para alcanzar un estado de equilibrio orgánico. Uno estimula la unificación en grandes grupos. Otro estimula la proliferación confederada de
multitud de actividades medianas y pequeñas. El primero propende a un estilo nacional de desarrollo. El segundo a la coexistencia de estilos locales y regionales.
El discurso de mi compañero YO ha sido una larga caminata. Me siento convencido de que en materia de eficiencia y de dimensión de grupos es ilusorio plantear la solución definitiva. Mi personaje interior me ha persuadido de que se trata de tomar partido. Pero para tomar partido hay que conocer los argumentos
alternativos. Ya los conozco. Estoy cansado. Me siento en un banco del jardín central de la avenida. Queda una hora de luz crepuscular para hojear el libro que sirvió, entretanto, de tamboril digital para marcar los pasos de mi caminata. (17)







VIII. EL CREPÚSCULO SE PRESTA PARA LEER A
UN MAESTRO


El banco en que me he sentado está rodeado de rododendros. Lástima que en esta época no están floridos. Pero la luz crepuscular me proporciona los colores que los arbustos ocultan, para el futuro, detrás de su verde oscuro y opaco. Me absorbe una cierta sensación de pena. La razón es simple y la siento con
intensidad. Desde que leí su libro tuve deseos de conocerlo o, por lo menos, de establecer contacto con él. Le escribí una carta; pero el destino dispuso su muerte dos días después de haberla puesto en el correo. Murió de un infarto, el año pasado(1977), mientras viajaba en un tren en Suiza. E.F. Schumacher fue un
maestro. De su libro Small is beautiful abro el capítulo quinto que se titula: «A question of size». Leo y, en mi mente, traduzco extractos libremente. El crepúsculo, como en tantas otras
ocasiones, me ayuda a concentrarme.

Crecí bajo la influencia de una interpretación histórica que sugería que en el comienzo fue la familia; entonces, las familias se unieron y formaron tribus; entonces un número de tribus formaron una nación; entonces un número de naciones formaron una «Unión» o un «Estados Unidos» de un tipo u otro;  y que, finalmente podríamos vislumbrar con esperanzas un único gobierno Mundial. Desde que escuché esta plausible historia me he interesado en observar el proceso; pero no he podido evitar de percatarme de que lo opuesto es lo que parece estar ocurriendo: una proliferación de naciones- Estado. La Organización de las Naciones Unidas comenzó con unos sesenta miembros hace veinticinco años; ahora tiene más del doble, y el número sigue aumentando. En mi juventud este proceso de proliferación se llamaba «balkanización» y se pensaba que era algo malo. A pesar de que todos decían que era malo, ha venido sucediéndose alegremente, por más de cincuenta años, en muchas partes del mundo. Las grandes unidades tienden a subdividirse en unidades menores. Este fenómeno, tan grotescamente opuesto de lo que me enseñaron, nos guste o no, debiera al menos no pasar desapercibido.
Segundo, crecí bajo la teoría de que para ser próspero, un país debía ser grande — mientras más grande mejor. Esto también parecía bastante plausible. Observen lo que Churchill llamaba los «principados de pumpernickel» de la Alemania anterior a Bismarck; y entonces observen el Reich Bismarckiano. ¿No es cierto acaso que la gran prosperidad de Alemania resultó posible sólo a través de esta unificación? Sin embargo los germanoparlantes suizos y austriacos, que no se integraron, prosperaron, igual, económicamente. Y si hacemos una lista de los países más prósperos del mundo, descubrimos que la mayoría son bastante pequeños; mientras que
la lista de los países más grandes del mundo revela que la mayoría son bastante pobres. El asunto da para pensarlo. 
Tercero, crecí bajo el dominio de la teoría de las «economías de escala» —que con firmas e industrias, al igual que con naciones—, la tendencia irresistible, dictada por la tecnología
moderna, que promueve que las unidades se hagan siempre mayores. Ahora, es bastante cierto que hoy día hay más organizaciones grandes que jamás antes en la historia; pero el número de unidades pequeñas también crece, en vez de declinar, en países como Gran Bretaña y los Estados Unidos, y muchas de ellas son altamente prósperas y proveen a la sociedad de la mayoría de los avances más fructíferos. (18)
 Recuerdo haber discutido estos párrafos con algunos amigos en ocasiones anteriores. Las reacciones fueron inmediatas. El contraejemplo invocado fue el de las grandes empresas transnacionales. Empresas gigantescas a la vez que eficientes y poderosas. Argumento aparentemente apabullante. ¿Quién niega la
eficiencia y el poder de tales empresas? Sin embargo hay algo que la mayoría de las gentes no ha observado con respecto a la estructura de esas empresas. El secreto de su potencia radica justamente en lo contrario de lo que se piensa generalmente. El propio Schumacher da varios ejemplos de los que selecciono sólo uno, ya que «de muestra sirve un botón».


El gran logro de Mr. Sloan de la General Motors fue el de
estructurar esa firma gigantesca de tal manera de que se
convirtiera, de hecho, en una federación de firmas de
tamaño bastante razonable.


Tal es la característica de la mayoría de esos «imperios industriales». No sólo su estructura federada, sino notables autonomías administrativas y de decisión para cada unidad del conglomerado.
 Mientras muchos teóricos —que probablemente no están en contacto muy directo con la realidad ___ todavía se satisfacen en la idolatría de las grandes dimensiones, en las gentes prácticas del mundo real se detecta una búsqueda y un esfuerzo por beneficiarse con la conveniencia, humanidad y manejabilidad de lo pequeño. Ésta es, también, una tendencia que cualquiera que lo desee puede observar.
 Claro, dirán algunos, una cosa es lo que las gentes desean, pero otra cosa es lo que las gentes necesitan.
En los asuntos humanos siempre parece existir la necesidad
simultánea de dos cosas que, aparentemente, parecen ser
incompatibles y excluirse mutuamente. Siempre
necesitamos tanto de libertad como de orden.
Necesitamos la libertad de muchas y muchas unidades
pequeñas y autónomas, a la vez que la ordenación de la gran
escala y, posiblemente, de la unidad y coordinación globales.
Cuando se trata de acción, obviamente precisamos de
unidades pequeñas, porque la acción es un asunto
altamente personal, y uno no puede mantener contacto sino
con un número muy limitado de personas al mismo tiempo.
Con la lectura de las últimas frases vuelve a mí mente otra vez el principio platónico de la conveniente capacidad de desdoblamiento de un grupo social; idea que Schumacher aparentemente no descubrió en el pensamiento del maestro griego, y que, por lo tanto, independientemente redescubrió. De allí que continúa así:
Pero cuando se trata del inundo de las ideas, de principios o de ética, de la indivisibilidad de la paz y de la ecología, precisamente reconocer la unidad de la humanidad y basar nuestras acciones en ese reconocimiento. O para plantearlo de otra manera, es cierto que todos los seres humanos son hermanos, pero también es cierto que en nuestras relaciones personales activas sólo podemos, de hecho, ser hermanos de sólo unos pocos de ellos, y nos vemos impulsados a expresar nuestra hermandad más hacia ellos que hacia el conjunto total de la humanidad. 
Sigo mi crepuscular lectura, y el párrafo que sigue me trae a la mente realidades perpetuas y, además, tan recientemente vividas aquí y allá, en mi tierra y en otras tierras. 
 Todos conocemos personas que hablan libremente de la hermandad de los seres humanos mientras tratan a sus vecinos como enemigos. Del mismo modo, conocemos personas que tienen, de hecho, excelentes relaciones con todos sus vecinos, mientras cultivan, al mismo tiempo, aterradores prejuicios respecto de todos los grupos humanos que están
fuera de su círculo particular.
En los párrafos que siguen, vuelve a ser platónico.  
Lo que quiero enfatizar es la dualidad de los requerimientos humanos cuando se trata del asunto de la dimensión: no hay una única respuesta. Para sus distintos propósitos el ser humano precisa de distintas estructuras, tanto pequeñas como grandes, algunas exclusivas y otras
comprehensivas. Sin embargo a las gentes les resulta muy difícil mantener en sus mentes dos verdades aparentemente opuestas al mismo tiempo. Siempre parecen clamar por una solución final, como si en la vida real pudiera haber una solución final aparte de la muerte. Hoy en día padecemos de una idolatría al gigantismo, que es casi universal. Por ello es necesario insistir en las virtudes de lo pequeño, donde ello resulte aplicable. Si prevaleciera una  idolatría hacia lo pequeño... uno debería tratar de ejercer influencia en la dirección contraria. Para cada actividad hay una escala apropiada, y mientras más activa e intima sea la actividad, menor tendrá que ser el número de personas que puede participar, y mayor el número de tales relacionamientos que habrá que establecer.
La propia economía no es capaz todavía de integrar, en forma coherente, un cuerpo teórico basado en la dualidad que Schumacher describe.
Como propulsora principal del gigantismo, ella misma, como disciplina, ha llegado a hipertrofiarse. La economía, que Lord Keynes tenia esperanzas de ver consolidada como una ocupación modesta al estilo de la dentística, súbitamente se transforma en el sujeto más importante de todos. Las políticas económicas absorben la atención casi total del gobierno, a la vez que se hacen más y más impotentes. Las cosas más simples, que hace cincuenta años podían hacerse sin ninguna dificultad, ya no pueden hacerse. Mientras más rica una sociedad, más imposible resulta hacer cosas que valen la pena si es que no producen compensaciones inmediatas.
Enfatizando la necesidad de industrialización de acuerdo al principio de las economías de escala, la economía es en buena parte responsable del surgimiento de megalópolis en los países más pobres, y de la creciente migración rural urbana que termina incrementando los cinturones de miseria que enmarcan esas ciudades. Los desequilibrios regionales en materia de desarrollo también son de la preferencia marcada por actividades económicas de gran escala. Estos desequilibrios han generado y siguen generando crisis políticas que podemos observar todos los días. Los regionalismos y separatismos son en buena parte consecuencia de esos desequilibrios.
Algunas personas preguntan: ¿Qué pasa cuando un país compuesto de una provincia rica y varias provincias pobres, se desmembra porque la provincia rica adopta la secesión? Muy probablemente la respuesta sea: «No es mucho lo que pasa». La rica continuará siendo rica y las pobres continuarán siendo pobres. «Pero si antes de la secesión, la provincia rica subsidiaba a las pobres, entonces, ¿qué pasa?». Bien, entonces el subsidio terminará. Pero los ricos raramente subsidian a los pobres; más frecuentemente los explotan. Probablemente no en forma directa, sino a través de los términos de intercambio. Pueden disimular la situación un poco, a través de algunas medidas redistributivas o de caridad en pequeña escala; pero lo último que desearán es separarse de los pobres.
El caso normal es bien diferente. Son las provincias pobres las que quieren separarse de la rica, mientras que la rica se esfuerza en mantener la unión; porque sabe que la explotación de los pobres dentro de las propias fronteras es infinitamente más fácil que la explotación de los pobres allende de ellas. 
Criando Schumacher hace sus observaciones en términos de provincias ricas y provincias pobres, puede inducir a una confusión en la mente de los que no han leído su obra completa. En realidad podría hablarse de poder en vez de riqueza. Ello debido a que los centros de poder absorben gran parte de los excedentes generados en la periferia. Así una provincia puede generar una enorme riqueza y, a pesar de ello, acabar siendo pobre. Las disparidades regionales prevalecen y:
En los países pobres, en particular, no hay esperanzas para los pobres a menos que exista un eficiente desarrollo regional; un  esfuerzo de desarrollo fuera de la ciudad capital, cubriendo todas las áreas rurales en que se hallen las personas.
Pero el asunto es más complejo. Hay lastres difíciles de eliminar; y entre ellos, los peores son los lastres intelectuales producto de una arraigada costumbre. En efecto:
Es extraño que la sabiduría económica convencional de nuestros días no pueda hacer nada para ayudar a los pobres. Invariablemente demuestra que sólo son viables aquellas políticas que hacen más ricos y poderosos a los que ya son ricos y poderosos. Demuestra que el desarrollo industrial sólo paga si está lo más cerca posible de la ciudad capital o de otra ciudad grande, y no en las área s rurales. Demuestra que los proyectos grandes son invariablemente más económicos que los pequeños, y que los proyectos capital intensivos invariablemente han de preferirse sobre aquellos que son intensivos en mano de obra.
Ya quedó claro para mi, durante la caminata, que tales conclusiones emanadas de la economía convencional son inevitables en la medida en que ella aplique, para sus cálculos, una noción de eficiencia también convencional. La lógica interna existe si se acepta la premisa contenida en la definición de eficiencia. Sólo aceptando la modificación del concepto de eficiencia, podrán esperarse conclusiones de un cariz distinto, más humano y más humanizante.
El cálculo económico, como se lo practica hoy en día, fuerza al industrial a eliminar el factor humano, porque las máqui nas no cometen errores y las personas sí. De allí el enorme esfuerzo por automatizar y el impulso por establecer unidades cada vez más grandes. Ello significa que los que no tienen nada para vender, excepto su trabajo, permanecen en la posición más débil. La economía como convencionalmente se la enseña rehuye a los pobres; es decir, a aquellas personas para las cuales el desarrollo es más necesario. La economía del gigantismo y de la automación es un residuo de las condiciones del siglo diecinueve y de un pensamiento, también decimonónico, totalmente incapaz de resolver ninguno de los problemas más candentes de la actualidad. 
Se precisa un sistema de pensamiento enteramente nuevo; un sistema que concentre su atención en las personas y no principalmente en los bienes (los bienes pueden cuidar de sí mismos). Podría resumirse en una frase: «producción por las masas, en vez de producción en masa». Me viene a la memoria la conversación con un amigo bastante mayor que yo. Ex industrial, tipo extremadamente bondadoso y bien motivado; pero víctima, quizás, de los tremendos influjos de un pensamiento económico convencional. Refiriéndose al Brasil sostenía que el problema principal, si no único, radicaba en el crecimiento demográfico. Afirmaba la imposibilidad de que el país pudiera, en el futuro, comenzar a generar posibilidades de empleo para tres millones de personas anualmente. Y tenía razón, no hay duda. Una estructura como la vigente no lo permite. El gigantismo económico dista mucho de ser gigantista en cuanto a su capacidad de generar empleo. De allí que la solución haya de buscarse por otro camino. La proliferación estimulada de miles de actividades productivas de pequeña escala quizás resulte menos espectacular dentro de las estadísticas económicas, pero incrementará la posibilidad de que la mayoría de las personas —y quizás todas— puedan satisfacer con dignidad sus necesidades humanas fundamentales. Por otra parte no sólo el empleo es trabajo. Nuestros sistemas vigentes son promotores de empleos insuficientes, mientras que simultáneamente deprimen y desestimulan otras posibilidades de trabajo que, o se consideran «poco productivas» o son declaradas ineficientes.
Se acelera la opacidad de las luces en el parque, y ya sólo puedo leer un último párrafo que resume de la manera más humanista el argumento.
¿Cuál es el significado de la democracia, libertad, dignidad humana, estandar de vida, autorealización, logro? ¿Es un asunto referido a bienes o a personas? Por supuesto que es asunto que concierne a personas. Pero las personas pueden ser ellas mismas sólo en grupos pequeños y comprehensibles. De allí que debemos aprender a pensar en términos de una estructura articulada capaz de operar con una multiplicidad de unidades de pequeña escala. Si el pensamiento económico no es capaz de captar esto, entonces es inservible. Si no puede ir más allá de sus vastas abstracciones corno el ingreso nacional, la tasa de
crecimiento, las relaciones capital/producto, los análisis insumoproducto, la movilidad de la mano de obra, la acumulación de capital; si no puede ir más allá de eso para establecer contacto con las realidades humanas de pobreza, frustración, alienación, desconcierto, colapso, crimen, escapismo, stress, congestionamiento, fealdad y muerte espiritual; entonces borremos la economía y comencemos de nuevo.
Y, termina con una pregunta dirigida a todas nuestras adormecidas conciencias.

¿Acaso no existen en verdad suficientes «signos de los tiempos
» que indican la necesidad de un nuevo comienzo?
Sí, maestro Schumacher, existen en cantidad. Lo que ocurre es que unos pocos hacen esfuerzos harto exitosos para ocultarlos. Los muchos, por su parte, ya condicionados, domesticados y alienados por el sistema, sólo miran pero ya no saben ver. Por eso cierro su libro y me integro en la oscuridad que comienza a desperezarse corno un gran bostezo.




IX. EN MI BIBLIOTECA HAGO CONTACTO CON LA
HISTORIA

Cierro la puerta de mi biblioteca y me tiendo en el sofá. Me gusta tenderme cuando quiero pensar o recapitular en cosas ya pensadas. Mientras mi mente se organiza —suavemente, sin forzarla— me
entretengo descubriendo caras y animales en la textura del cieloraso. Hay un conejo que no había visto antes. Juego con él a perderlo y volverlo a encontrar. Después cierro los ojos y comienzo a repasar.
He acumulado exposiciones teóricas, argumentos y evidencias acompañadas de opiniones. Han desfilado como fuerza de apoyo filósofos, psicólogos, economistas, matemáticos, planificadores y
científicos naturales. Todos ellos me han permitido comprender la dialéctica de las dimensiones de los sistemas humanos. Han sugerido los qué, los cómo y los porqué. Han abonado un terreno dentro del cual es posible tomar partido y elegir posiciones. Pero falta algo. Falta la historia. ¿Cómo ha acontecido, en el devenir del tiempo humano, la dialéctica de las dimensiones? ¿Ha tenido real importancia? ¿Cómo se manifiesta en el acaecer humano?
Pienso de inmediato que las ventajas de una dimensión social acorde con la escala humana se mantuvieron tanto en Atenas como en Esparta y ello como resultado de una decisión conciente. Las ciudades-estado de la Italia renacentista mantuvieron el ejemplo en mayor o menor grado; y otro tanto ocurrió con las notablemente prósperas ciudades libres de la liga hanseática. Recapacito en que fueron esas ciudades, en cuanto ciudades, las que generaron una riqueza y diversidad culturales por encima (y a pesar) de los
impulsos hegemónicos de los grandes imperios que, como el Sacro Imperio Romano-Germánico y el Imperio Austro-Húngaro, terminaron derrumbándose por el propio peso de su absurda y humanamente insostenible magnitud.
El rostro culturalmente multifacético aún detectable en Europa emanó de identidades locales y localizadas. De identidades del ciudadano con su Ciudad y no del súbdito con su Imperio. De múltiples identidades que dejaron como legado un ritmo de diversidades tan rico que sigue sorprendiendo al viajero que recorre la Umbria y la Toscana, que navega por el Rhin o el Danubio, o se desplaza por los Pirineos y los Países Bajos.
No puede dejar de sorprender de que, con manifestaciones distintas en distintas épocas, son más de dos milenios en que Imperio y Ciudad —ambos en su implicación más amplia— se han enfrentado y confrontado corno alternativas de vida y de identidad. Unitarismo y federalismo, integración o balkanización, centralización o descentralización, nacionalismo o regionalismo no son más que algunas manifestaciones de lo que estoy pensando. ¿Y en nuestra América Latina? La confrontación no ha ocurrido todavía, a pesar de que intuyo que el proceso está en fermentación.
Corno tantas otras cosas en nuestro continente, la evolución ha sido anómala y atípica. Recuerdo lo que sostiene un amigo brasileño, Paulo Novaes, notable arquitecto y urbanista. En conversación conmigo
planteaba que en nuestros países no existen ciudades en un sentido propiamente dicho, porque no existen ciudadanos. En efecto, en la evolución europea las lealtades de las personas estaban referidas en
primera instancia a la familia, y después a la ciudad. Era dentro de la ciudad que la persona tenía tantos deberes como derechos. Acá, en cambio, de la familia se salta, en materia de presuntas lealtades, a aquella cosa inmensa, abstracta y vaga que es el Estado.
Abro los ojos y decido detenerme en este punto. Estoy especulando históricamente sin ser historiador. Para pecar en disciplina ajena hay que ser cauto. Por otra parte en los estantes reposa el pensamiento de un historiador que admiro: Fernand Braudel. Busco su libro titulado Las Civilizaciones Actuales. Lo
conozco bien, de manera que no demoro en encontrar los comentarios que me interesan. Refiriéndose a los siglos IX y X, dice:

De hecho esta Europa miserable, privada de importantes
mercados, reducida a una economía de subsistencia,
«ciudadela sitiada o, mejor dicho, invadida» (Mark Block), no
puede soportar el peso de sus extensos estados. Éstos,
apenas formados, se derrumban o se desintegran. El
Imperio de Carlomagno, de rápida construcción, se
derrumbó poco después de la muerte del gran emperador
(814). En poco tiempo, el Sacro Imperio Germánico se
convirtió en un gran edificio, pero destartalado. Entonces,
Europa Occidental se desintegra en una multitud de minúsculos
señoríos.
Al pasar a los siglos XI y XII, hace planteamientos del mayor interés para la tesis que, hasta aquí, he examinado a niveles principalmente teóricos.
No es posible el feudalismo, ni en Europa ni en otras partes, sin- la descomposición previa de un extenso cuerpo político. En el caso que nos ocupa, este cuerpo político es el vastísimo
Imperio Carolingio, esta primitiva «Europa», cuyo mismo nombre se afirmó entonces (Europa, vel Regnum Caroli), para desaparecer casi al mismo tiempo que el gran  emperador a quien un poeta de su corte calificaba de «pater Europae». El feudalismo fue la consecuencia natural de este desastre. Un oficial francés, después del desastre de 1940, soñaba con que cada unidad de base pudiera recuperar milagrosamente y por un instante su autonomía, el derecho de actuar por su cuenta, haciendo caso omiso de las órdenes de los generales que la ponían en contacto con una autoridad cada vez menos eficaz, y que, sin proponérselo, llevaba a cada grupo al repliegue y a la derrota. Cabe decir que el régimen feudal nació de una reacción análoga, con, entre otras, esta diferencia fundamental, a saber: que no fue el fruto de un desastre fulminante como el de 1940. Empleó varios siglos para establecerse. No obstante, por naturaleza, es, al mismo tiempo, una reacción de defensa y una reacción local. El castillo, situado en una altura y rodeado de uno o varios pueblos a los que protege, no es un sistema gratuito o un lujo, sino un instrumento de defensa. Sin embargo, el feudalismo es también otra cosa: es una sociedad fundada en un determinado tipo de relaciones entre los hombres, en una cadena de dependencias: una economía en la que la tierra no es el único, pero sí el más frecuente medio de recompensar los servicios prestados. El señor recibe del rey, su soberano, o de un señor de categoría más alta que la suya, su feudo (feodum), un señorío, a cambio de una serie de servicios, entre los que se encuentran prestaciones de cuatro tipos distintos: 1) tiene que contribuir para el rescate del señor; 2) tiene también que pagar cuando un hijo del señor es hecho caballero; 3) cuando se casa la hija mayor del señor; 4) cuando el señor se marcha a la cruzada. A su vez, el señor ha cedido pedazos o partes de su señorío a otros señores más modestos o a campesinos. Ha dado a estos últimos una tierra de labor (tenencia o censo) que cada campesino puede cultivar a cambio de pagar al señor una renta en dinero (canon del censo), una parte de las cosechas (diezmo, en trigo y centeno) y prestaciones laborales. En contrapartida, el señor tiene que protegerles y defenderles. emperador a quien un poeta de su corte calificaba de «pater Europae». El feudalismo fue la consecuencia natural de este desastre. Un oficial francés, después del desastre de 1940, soñaba con que cada unidad de base pudiera recuperar milagrosamente y por un instante su autonomía, el derecho de actuar por su cuenta, haciendo caso omiso de las órdenes de los generales que la ponían en contacto con una autoridad cada vez menos eficaz, y que, sin proponérselo, llevaba a cada grupo al repliegue y a la derrota. Cabe decir que el régimen feudal nació de una reacción análoga, con, entre otras, esta diferencia fundamental, a saber: que no fue el fruto de un desastre fulminante como el de 1940. Empleó varios siglos para establecerse. No obstante, por naturaleza, es, al mismo tiempo, una reacción de defensa y una reacción local. El castillo, situado en una altura y rodeado de uno o varios pueblos a los que protege, no es un sistema gratuito o un lujo, sino un instrumento de defensa. Sin embargo, el feudalismo es también otra cosa: es una sociedad fundada en un determinado tipo de relaciones entre los hombres, en una cadena de dependencias: una economía en la que la tierra no es el único, pero sí el más frecuente medio de recompensar los servicios prestados. El señor recibe del rey, su soberano, o de un señor de categoría más alta que la suya, su feudo (feodum), un señorío, a cambio de una serie de servicios, entre los que se encuentran prestaciones de cuatro tipos distintos: 1) tiene que contribuir para el rescate del señor; 2) tiene también que pagar cuando un hijo del señor es hecho caballero; 3) cuando se casa la hija mayor del señor; 4) cuando el señor se marcha a la cruzada. A su vez, el señor ha cedido pedazos o partes de su señorío a otros señores más modestos o a campesinos. Ha dado a estos últimos una tierra de labor (tenencia o censo) que cada campesino puede cultivar a cambio de pagar al señor una renta en dinero (canon del censo), una parte de las cosechas (diezmo, en trigo y centeno) y prestaciones laborales. En contrapartida, el señor tiene que protegerles y defenderles.


Acto seguido plantea Braudel conclusiones de enorme importancia. Sus conclusiones dan un claro sentido a las ventajas que, históricamente, tuvieron las unidades pequeñas.

El Occidente debe a esta pirámide social, con sus obligaciones, sus reglas, sus fidelidades, a esta movilización de fuerzas, el haber sobrevivido, el haber salvaguardado la vieja herencia cristiana y romana, que se va a mezclar con ideas, virtudes e ideologías del régimen señorial (su propia civilización). Europa, que entonces va a olvidar hasta su propio nombre de Europa, se constituyó como un mundo dividido en compartimentos estancos, en donde lo único que contaba era la pequeña región, la pequeña patria. Seguramente tuvo muchas ventajas, en estos principios de la vida europea, el que cada región poseyera la posibilidad de desarrollarse por cuenta propia, como una planta libre. Cada región se constituyó así en una entidad, en una persona robusta, en una unidad consciente, dispuesta a defender su territorio y su independencia.
 Admirable descripción de las ventajas creativas proporcionadas por las dimensiones a la escala humana. Están allí los conceptos de identidad que se pierden en los ámbitos de toda forma de gigantismo. Doblemente interesante es el hecho de que la diversidad no impide unidad e identidades en un plano
mayor, como indica Braudel en los párrafos que siguen.

Lo interesante es que se estableciera, a pesar de la división política en compartimentos, una convergencia evidente de civilización y de cultura. El viajero que se desplaza para hacer una peregrinación (la de Santiago de Compostela, por ejemplo) o porque lo exigen sus negocios, se siente a gusto tanto en Lübeck como en París, en Londres o en Brujas, en Colonia o en Burgos, Milán o Venecia. Los valores morales, religiosos y culturales, las reglas de la guerra, del amor, de la vida, y de la muerte, son los mismos en un feudo que en
otro, a pesar de sus querellas, de sus sublevaciones y de sus conflictos. Por eso se puede hablar de una Cristiandad única y de una civilización de la caballería, del trovador y del juglar, del «amour courtois».
Las Cruzadas son sintomáticas de esta unidad, puesto que se presentan como movimientos de conjunto, aventuras y pasiones colectivas, comunes a esta multitud de pequeñas patrias.
Medito en los textos y detecto que no hay contradicciones entre el análisis del historiador y muchos de los aspectos teóricos revisados con anterioridad. Releo y extraigo algunas frases particularmente pertinentes: «(Europa) no puede soportar el peso de sus inmensos estados.» (El feudalismo) es una reacción de defensa y una reacción local.» «Europa se constituyó en un mundo... en donde lo único que contaba era la pequeña región, la pequeña patria.» «Cada región se constituyó así en una entidad, en una persona robusta, en una
unidad consciente, dispuesta a defender su territorio y su independencia.» «Lo interesante es que se estableciera, a pesar de la división política en compartimentos, una convergencia evidente de civilización y cultura.» «El Occidente debe a esta pirámide social, con sus obligaciones, sus reglas, sus fidelidades, a
esta movilización de fuerzas, el haber sobrevivido.»
No hay duda, esas seis frases resumen buena parte de lo ya planteado, la ineficiencia de los grandes sistemas para salvar a Europa de grandes calamidades. La defensa es sólo posible con la proliferación de sistemas pequeños. Sólo así disminuye la vulnerabilidad del todo. Las pequeñas patrias generan identidad
y lealtad, se tornan robustas y conscientes. Finalmente, no se impide la unidad en la diversidad. Hay causas comunes que no precisan de unificación política. Hay conflictos, naturalmente. Hay luchas y confrontaciones. Pero estas no llegan a ser catastróficas, precisamente porque ocurren entre sistemas pequeños. El todo sigue reforzando. El Occidente sobrevive. La verdadera Europa comienza a nacer.
Hay algo que me satisface especialmente. Braudel no pretende —porque no se lo ha propuesto— hacer una apología de las ventajas de los sistemas pequeños. El está constatando un hecho histórico y nada más. No está desarrollando una teoría de las dimensiones de los sistemas políticos y sociales. Por eso me alegro
doblemente de que sus constataciones no se contradigan con los planteamientos de las otras voces que me han acompañado en estas jornadas. Pero hay más todavía. Las pequeñas patrias dieron frutos que fueron responsables de una formidable dinámica económica y cultural. Veamos.
La larga regresión de todo el Occidente había provocado en el siglo X una regresión terrible de las ciudades: apenas si existían.
Cuando el movimiento económico cambia de sentido con la expansión material de los siglos XI a XIII, parece como si, a raíz de esta nueva puesta en marcha, las ciudades prosperasen más de prisa que los pesados estados territoriales. Estos no adquieren caracteres modernos o casi modernos hasta el siglo XV.
Las ciudades, por el contrario, hacen saltar los cuadros de los estados feudales, en los que comienzan a crecer, desde los siglos XI y XIII. Ciudades modernas, demasiado adelantadas para su época, anuncian ya el futuro o son ya este futuro. En los párrafos siguientes destaca Braudel algunas razones adicionales

que justifican el éxito de los «grandes» pequeños sistemas en formación.
Evidentemente las ciudades no siempre son, y desde el primer momento, estrictamente independientes. No obstante una serie de grandes ciudades libres aparecen, desde muy pronto en Italia, el país que entonces era el más avanzado de Occidente. Lo mismo ocurre en los Países Bajos, a los que se ha calificado
de «segunda Italia.» Venecia, Génova, Florencia, Milán, Gante, Brujas, son ya ciudades «modernas» en la época en que la monarquía de San Luis es todavía típicamente «medieval».» «Detrás de estas grandes ciudades, gobernadas por los duques, los dogos o cónsules, están las innumerables ciudades de una categoría inferior, pero todas ellas consiguen, aunque no sin tener que luchar por ello (en virtud de sus cartas otorgadas), su autoadministración, una hacienda, una justicia y un derecho a las tierras que poseen. En general, la plena libertad es la recompensa de una prosperidad material que por sí sola permite a algunas ciudades el lujo de asegurarse, al mismo tiempo que la vida económica, la defensa exterior. Son las llamadas ciudades-estado. Tan sólo unas pocas alcanzaron este nivel, pero todas sacaron del comercio y de la actividad de sus gremios, el principio de una cierta independencia, de
un derecho a sus libertades particulares.
Tamaño apropiado, independencia y autoadministración, dan origen a una dinámica creativa e innovadora. Se afirma además el concepto de la libertad individual; de una libertad que está más allá de las libertades concedidas, por ejemplo, por la autoridad del Estado. Se intensifica la diversidad de estilos, pero siempre
prevalece una unidad, corno lo destaca el párrafo que sigue. Los gremios trabajan al mismo tiempo para el mercado local y para un comercio lejano. No cabe duda de que la economía urbana sólo pudo prosperar, como de hecho prosperó, al desbordar ampliamente a la economía local. En el siglo XV, la ciudad de Lübeck; la más importante de la extensa asociación comercial conocida con el nombre de La Hansa, conjunto de ciudades comerciales diseminadas desde el Báltico hasta el Rhin, mantenía relaciones con todo el conjunto del mundo entonces conocido. Lo mismo se puede decir de Venecia, de Génova, de Florencia o de Barcelona. Es notable como la unidad de ciudades distintas y distantes se logra y se mantiene. Fenómeno que, curiosamente, no se logra dentro de las fronteras de los estados gigantescos. También los derechos de
las personas. Hay diferencias, desde luego. Incluso conflictos de grupos y, quizás de clases, dentro de las ciudades-Estado, pero tienden a resolverse con mayor eficiencia que las confrontaciones
sangrientas que han de surgir en el seno de los grandes estados en un futuro entonces no muy lejano. Al respecto destaca Braudel: De hecho estas luchas intestinas (estas taquehans, que es el término que emplea Reaumanoir refiriéndose a los artesanos de Flandes, que hacen lo que hoy llamamos huelgas para obtener un aumento de salarios) son significativas de las tensiones sociales, de la lucha de clases, existentes en estas
ciudades industriosas. Sobre todo porque se va marcando progresivamente la oposición entre los maestros de los gremios y los oficiales. Éstos, mantenidos al margen por la dificultad que representan las costosas «obras de arte», que son las únicas que les permiten el ascenso, formaron agrupaciones y asociaciones, «logias», de una ciudad a la otra. Han constituido el primer proletariado obrero. ¿Manifiesta lo dicho una desventaja de los sistemas menores? ¿El conflicto revela su falta de eficiencia? Más bien pienso todo

lo contrario. Es en esos sistemas donde surgen nuevas conciencias de derechos, y es en esos sistemas en que tales conciencias logran expresarse y organizarse. Cuando intentos similares surgen en el seno de los grandes estados, como los levantamientos campesinos en Alemania en el siglo XVI, no acaban generando nuevas formas de expresión o de presión, sino que acaban simplemente en una formidable masacre. De
allí que, a pesar de los conflictos que pueden plantarse y, de hecho se plantean, en las ciudades, Braudel agrega:
En todo caso, este proletario, cuando es un «ciudadano»,
y por el sólo hecho de serlo, es un privilegiado, por lo
menos mientras dura la gran época de las ciudades
independientes o semi-independientes. (19)
Me siento tranquilo. La noche está particulamente serena. No hay luna. Siento que han llegado unas amigas de mi hija. Abandono mi biblioteca y me voy un rato a conversar con ellas.




X. Y AHORA ME DESPIDO, PARA PENSAR
EN OTRAS COSAS.

No fue ayer que terminé de escribir mis inquietudes y
especulaciones en torno a la estructura y dimensión de los
sistemas humanos. Han pasado algunos meses. Reescribí
mucho. Busqué más evidencias y opiniones cuando me sentí
insatisfecho. He vuelto a releer lo escrito. Ahora parece que
me siento tranquilo. Sin embargo, no es que me sienta
tranquilo por haber demostrado algo; porque creo que no he
demostrado nada. Más bien me siento tranquilo por haber
sacado algo a la luz. Pienso que eso, por lo menos, tiene alguna
importancia.
Hay algo extraño, a la vez que fascinante, en la aventura
de ideas que me propuse tentar al recopilar material para estas
páginas, la dimensión de los sistemas humanos no generó una
teoría, a pesar de la importancia que los aspectos dimensionales
demuestran y han demostrado tener. Los utopistas —ya quedó
dicho—concebían sistemas ideales que eran pequeños, pero no
centraban su artillería teórica en eso. Lo pequeño era la
resultante de lo que ellos buscaban; es decir, lo que ellos buscaban
sólo resultaba en lo pequeño. Lo pequeño era, pues, una
consecuencia y no un punto de partida de la teoría o de la

ideología. Incluso Platón y Aristóteles no desarrollan esas ideas.
Las mencionan y las dan por sentadas. Braudel mismo, sólo constata
hechos y evidencias, pero no saca conclusiones a partir de la
dimensión de los sistemas en oposición. Una vez más las cosas
parecen darse por sentadas, sin que nadie realmente las haya
sentado.
La dimensión aparece explícitamente sólo como una parte de
la teoría económica moderna, y, en ese caso, para promover el
gigantismo a través de las economías de escala. El análisis concreto
'
de las unidades pequeñas como elemento central de una teoría,
aparece recién en los últimos años con Leopold Kohr , primero,
y E. F. Schumacher después. De la obra de aquél extraigo el siguiente
párrafo:
Frente a esta interpretación de la historia, que parte de la
dimensión social para llegar a la conclusión aparentemente
anacrónica de que necesitamos un pluralista mundo
agustiniano de pequeños estados, en lugar de un Estado
mundial en que estén comprendidos todos los pueblos, hay
muchas objeciones: se la tacha de demasiado simple. ¿Pero
qué teoría que merezca el nombre de tal no lo es? La
interpretación teológica adscribe todo acaecer histórico a la
voluntad de Dios; la interpretación heroica a los grandes
hombres; la idealista, a las ideas; Marx, a las formas de
producción: Freud, a la sexualidad; Jung, a la angustia ...y yo,
al tamaño social. 20
He ahí una declaración abierta y justa. Y ¡¿por qué no?! ¿Acaso
los problemas de dimensión, si se los investiga más, no pueden
resultar tan válidos e importantes para la interpretación histórica
como otros ya consagrados? Por lo menos yo pienso que sí.
Se habla mucho de estructuras y de cambios estructurales.
Hay cantidad de frases hechas a partir de estos conceptos.
Voluminosas literaturas que usan la palabra «estructura», pero que
no la definen; probablemente porque no la comprenden.21 Sin
embargo, la cosa, a estas alturas, me parece simple. Una
estructura no es otra cosa más que la forma (con tendencia
invariante) en que se relacionan los elementos que componen un
sistema que, por otra parte, tiene una dimensión determinada.
La dimensión del sistema, sin duda, determina y limita, a su
vez, la forma en que se relacionan los elementos que lo integran
(¿recuerdan los digrafos al comienzo de mis especulaciones?).
Todavía no existe la teoría. La eventual consagración de la
misma, aún en ciernes, queda para el futuro. Pero están
surgiendo los teóricos, y me encantaría llegar a ser uno de ellos.




XI. CODA
Es curioso cómo la investigación influye la vida del investigador. Las
ideas que he propuesto me han preocupado desde hace algunos
años. Me ayudaron a convencerme del absurdo de los grandes
sistemas. Tomé partido. Así se transformo mi modo de ver el mondo
y mi manera de vivir mi vida.
No es extraño, pues, que haya terminado de escribir estas
páginas en un pequeño pueblito del interior del Estado de Minas
Gerais, en Brasil. Se llamó Sao José do Rio das Mortes, y ahora se
llama Tiradentes, porque en sus dominios nació el prócer del primer
intento independentista brasileño, y cuyo sobrenombre era ése.
Vivo aquí porque decidí desarrollar esquemas de revitalización
de ciudades pequeñas como alternativa urbana. Revitalización de
ciudades pequeñas que están deprimidas, no porque son
pequeñas, sino como producto de la voracidad de los gigantes
metropolitanos que absorben los excedentes que ellas generan,
para tratar de resolver los problemas irreversibles que su
gigantismo provoca. Pero eso es otra historia. Quizás sea material
para otro libro. Ahora debo terminar. Hay niños golpeando a mi
puerta. Niños del pueblo que siempre me visitan a esta hora para
conversar conmigo. Tenemos diálogos importantes por delante.
Diálogos que nunca antes tuve, porque la «gran» ciudad me lo
impidió.

Me despido apurado, porque me esperan ocupaciones im-
portantes. Sólo quiero agregar que ahora vivo lo que sólo intuí
cuando, al comienzo de mis notas, describí un paseo por mi
jardín:
Lo pequeño no es otra cosa que la inmensidad a la medida
humana.






NOTAS BIBLIOGRÁFICAS


1. Galileo Galilei, Consideraciones y Demostraciones Matemáticas
sobre dos Nuevas Ciencias, Segunda Jornada, Proposición VIII. Edición
preparada por C. Solis y J. Sadaba. Madrid, Editorial Nacional, 1976,
pp. 236 y 237.
2. Aristóteles, La Política, 1326 b. Tomado de la traducción de
Julián Marías y María Araújo. Madrid, Instituto de Estudios Políticos,
1951.
3. Yona Friedman, «About Critical Groupsize». Trabajo escrito para
la Universidad de las Naciones Unidas, Paris, 1977. Mimeo, pp. 4-5
4. Platón, Las Leyes, Libro V. Barcelona, Editorial Iberia, 1962, pp.
156 y 157.
5. Yona Friedman, op. cit. p. 8.
6. ibíd. pp. 10 y 11
7. ibíd. . p. 12
8. ibíd. p. 13
9. Norman F. Dixon, On the Psychology of Military Incompetence,
London, Jonathan Cape Ltd., 1976, p. 43. Traducción libre mía.
El autor, a lo largo de su obra, también destaca los casos opuestos.
Es interesante como se demuestra que los jefes militares más exitosos
(James Wolfe, Wellington, Shaka de los zulúes, Napoleón, Nelson,
Fisher, T.E. Lawrence, Allenby, Slim, Rommel y Zhukov), carecían por
completo de los rasgos propios de lo que psicológicamente se reconoce
corno personalidad autoritaria.

10. René Thom, Structural Stability and Morphogenesis, London, W.A.
Benjamin Inc., "Third Printing 1976, p. 318.
11. ibíd. pp. 319 y 320
12. M.A. Max-Neef. «Tamaño Urbano y Calidad de Vida», trabajo
para CINTERFOR (OIT), Montevideo, 1978, p. 20.
13. ibíd. pp. 20 y 21
14. Seminar 00 Basic Needs Strategy as a Planning Parameter.
German Foundation for International Development, Berlin(West),
2029. /une, 1979. Final Report.
15. Jurgen Dahl y otros, Manifiesto de Bussau sobre la Situación Político-
Ambiental, Stuttgart, Ernst Klett, 1975.
16. ibíd.
17. Buena parte de los argumentos de este acápite están desarrollados
en: M. A. Max-Neef, «Capacitación Profesional y Calidad de
Vida»; CINTERFOR (OIT). Montevideo, 1977, pp. 11-18.
18. Todas las citas de este acápite han sido tomadas de E. F. Schumacher,
Small is Beautiful, London, Harper Colophon Books, 1975,
pp. 59-70. Traducción mía.
19. Todas las citas de este acápite han sido tomadas de Fernand
Braudel, Las Civilizaciones Actuales, Madrid, Editorial Tecnos, 1966,
pp. 277-283.


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