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ECO-Portal:

viernes, 24 de febrero de 2012

Manifiesto por la Tierra








Manifiesto por la Tierra



Por


Ted Mosquin, P.O. Box 279,
Lanark, Ontario K0G 1K0 Canadá
Email: <mosquin@superaje.com>
y
J. Stan Rowe
(11 de junio de 1918 - 6 de abril de 2004 )



Este manifiesto fue publicado en la revista trimestral 'Biodiversity' V. 5, N° 1, págs. 3 a 9, de enero/marzo de 2004. La revista pertenece a The Tropical Conservancy, una organización benéfica cuya sede se encuentra en: 94 Four Seasons Drive, Ottawa, Ontario, K2E 7S1, Canadá.



Preámbulo 


Muchos movimientos artísticos y filosóficos han producido manifiestos proclamando verdades que, para sus autores, eran tan ostensibles como sus manos de cinco dedos. Este manifiesto también afirma verdades evidentes por sí mismas, tan obvias para nosotros como el maravilloso entorno de cinco componentes --tierra, aire, agua, fuego/luz-solar y organismos-- en el cual vivimos, nos movemos y desarrollamos nuestra existencia. El manifiesto está centrado en la Tierra, desplaza los valores de referencia de la humanidad hacia la ecósfera circundante, esa red de estructuras y procesos orgánicos, inorgánicos y simbióticos que constituye nuestro planeta.

La ecósfera es la matriz originaria de vida que envuelve a todos los seres, entrelazada íntimamente con ellos en la historia de la evolución desde el comienzo del tiempo. Los seres vivos están constituidos por aire, agua y sedimentos que, a su vez, son portadores de huellas orgánicas. La composición del agua de mar es regulada por organismos que también estabilizan la impredecible atmósfera. Plantas y animales generaron las rocas calcáreas de las montañas cuyos sedimentos forman nuestros huesos. Las falsas divisiones que hemos establecido entre viviente y no-viviente, biótico y abiótico, orgánico e inorgánico, han puesto en riesgo la estabilidad y el potencial evolutivo de la ecósfera.

El experimento desarrollado por la humanidad durante 10.000 años consistente en un modo de vida a expensas de la naturaleza, con su culminación en la globalización económica, está desfalleciendo. Una de las razones primarias de este hecho es haber colocado la importancia de nuestra especie por encima de todo lo demás. Hemos considerado erróneamente a la Tierra, sus ecosistemas y su miríada de componentes orgánicos e inorgánicos como simples proveedores, valorizados solamente cuando sirven a nuestras necesidades y deseos. Es urgente un cambio valiente de actitudes y actividades. Los diagnósticos y prescripciones para sanar la relación entre los seres humanos y la Tierra se cuentan por miles, pero aquí nos concentramos en la idea que creemos fundamental para el éxito de todas las demás. Una nueva visión del mundo anclada en la ecósfera planetaria señala el camino para avanzar.


Declaración de convicciones


Todos buscamos el significado de la vida o convicciones abarcadoras que adoptan diversas formas. Muchos confían en afirmaciones de fe que ignoran o descartan la importancia de este mundo, sin atribuir ningún sentido profundo al hecho de ser nacidos de la Tierra y sustentados por ella a lo largo de nuestras vidas. En la actual cultura industrial dominante, la Tierra como hogar no es una percepción evidente por sí misma. Pocos se detienen diariamente a considerar con un sentido de admiración la matriz envolvente de la cual provenimos y a la cual, al final, todos volvemos. Porque somos parte de la Tierra, las armonías de sus territorios, mares, cielos e incontables hermosos organismos poseen ricos significados aún escasamente comprendidos.

Estamos convencidos de que mientras la ecósfera no sea reconocida como el espacio común indispensable para todas las actividades humanas, las personas continuarán colocando sus intereses inmediatos en primer lugar. Sin una perspectiva ecocéntrica, con valores y propósitos basados en una realidad mucho mayor que la de nuestra sola especie, no será posible solucionar los actuales conflictos políticos, económicos y religiosos. Mientras el enfoque estrecho sobre las comunidades humanas no se amplíe hasta incluir los ecosistemas de la Tierra --los espacios locales y regionales en donde habitamos-- los programas de modos de vida sanos y sostenibles fracasarán.

Un apego confiado a la ecósfera, una empatía estética con la naturaleza circundante, un sentimiento sobrecogedor ante el milagro de la Tierra Viviente y sus misteriosas armonías son el patrimonio de la humanidad insuficientemente reconocido. Retomada con afecto, nuestra conexión con el mundo natural comenzará a llenar el vacío de las vidas transcurridas en el mundo industrializado. Y resurgirán importantes propósitos ecológicos que la civilización y la urbanización han oscurecido. El objetivo es la restauración de la diversidad y la belleza de la Tierra, con nuestra pródiga especie actuando, una vez más, como un miembro cooperativo, responsable y ético.



PRINCIPIOS CENTRALES
Principio 1. Para la humanidad, la ecósfera es el valor central
Principio 2. La creatividad y la productividad de los ecosistemas de la Tierra dependen de su integridad
Principio 3. La historia natural confirma la visión global centrada en la Tierra
Principio 4. La ética ecocéntrica se funda en la conciencia del lugar que ocupamos en la naturaleza
Principio 5. Una visión ecocéntrica del mundo valoriza la diversidad de los ecosistemas y culturas
Principio 6. La ética ecocéntrica actúa en favor de la justicia social

PRINCIPIOS DE ACCIÓN
Principio 7. Defender y preservar el potencial creativo de la Tierra
Principio 8. Reducir el tamaño de la población humana
Principio 9. Reducir el consumo humano de las partes de la Tierra
Principio 10. Promover la gobernanza ecocéntrica
Principio 11. Difundir el mensaje



¿Por qué este manifiesto?


Este manifiesto está centrado en la Tierra. Es exactamente ecocéntrico, que significa centrado en el lugar que nos acoge, en lugar de biocéntrico, que significa centrado en los organismos. El propósito del mismo es extender y ahondar la comprensión de las personas sobre los valores primarios --de gestación y sostenibilidad de la vida-- del Planeta Tierra, la ecósfera. El manifiesto se compone de seis principios centrales que delinean los deberes de la humanidad con la Tierra y los ecosistemas geográficos abarcados por el planeta. Es ofrecido como una guía para el pensamiento ético, el comportamiento y las políticas sociales.

Durante el último siglo se han producido avances en las actitudes científicas, filosóficas y religiosas hacia los componentes no-humanos de la naturaleza. Celebramos los esfuerzos de aquellos cuya sensibilidad ante el proceso de deterioro de la Tierra los hizo volcarse hacia el exterior, hacia el reconocimiento de los valores de territorios, océanos, animales, plantas y otras criaturas. Aún así, la ausencia de una filosofía ecocéntrica común ha hecho que gran parte de esta buena voluntad se dispersara en un centenar de direcciones. Y ha sido neutralizada y tornada ineficaz por la única y muy arraigada creencia cultural --dada por garantida-- que asigna el valor principal al Homo sapiens y luego, en orden decreciente, a otros organismos según su relevancia con respecto al primero.

La percepción reciente de que la Tierra, la ecósfera, es un objeto de valor supremo ha surgido de estudios cosmológicos, la hipótesis Gaia, imágenes de la Tierra desde el espacio y, especialmente, de la comprensión ecológica. La realidad ecológica central para los seres vivos --en torno a 25 millones de especies-- es que todos son terrícolas. Ninguno podría existir sin el planeta Tierra. El misterio y el milagro llamado vida es inseparable de la historia de la evolución, la composición y los procesos de la Tierra. Por lo tanto, la prioridad ética se desplaza de la humanidad hacia la Tierra-hogar que la incluye. El manifiesto expone lo que, creemos, es un paso esencial hacia una relación sostenible entre los seres humanos y la Tierra.



PRINCIPIOS CENTRALES


Principio 1. Para la humanidad, la ecósfera es el valor central


La ecósfera, el globo terráqueo, es la fuente generadora de la creatividad evolutiva. Los seres vivos surgieron de los ecosistemas orgánicos e inorgánicos del planeta: primero las células bacteriales y más adelante esas complejas confederaciones de células que son los seres humanos. Por consiguiente, los ecosistemas dinámicos, presentes en forma compleja e interrelacionada en todas las partes de la ecósfera, superan en valor e importancia a las especies que contienen.
La realidad y el valor de la existencia ecológica o exterior de cada persona han atraído escasa atención si se lo compara con el profuso pensamiento filosófico dedicado a la esencia interior de la humanidad, la concepción más reciente e individualista que aparta la atención de las necesidades ecológicas y descuida la importancia vital de la ecósfera. Extendida a la sociedad como una preocupación exclusiva por el bienestar de las personas, este homocentrismo (antropocentrismo) es la doctrina egoísta de una especie destructiva del mundo natural. El biocentrismo que extiende la simpatía y la comprensión hacia otros seres más allá de la raza humana constituye un avance ético, pero su alcance es limitado. No consigue apreciar la importancia de la realidad ecológica circundante como un todo. Si no se presta atención a la prioridad de la Tierra-como-marco, el biocentrismo retorna fácilmente hacia un homocentrismo chauvinista dentro del cual el ser humano es considerado habitualmente como el mejor y más sabio de todos los animales. Enfatizando la ecósfera como principal sistema originario de vida, en lugar de un mero soporte de ésta, el ecocentrismo proporciona el modelo al cual debe recurrir la humanidad para orientarse en el futuro.

Los seres humanos somos expresiones concientes de las fuerzas procreadoras de la ecósfera. Nuestra experiencia vital individual es inseparable del aire, el agua y la tierra calentados por el sol y del alimento que otros organismos proveen. Al igual que otros seres vivos nacidos de la Tierra, hemos sido "puestos a punto" a través de una larga evolución, con sus resonancias, sus ciclos rítmicos, sus estaciones. Lenguaje, pensamiento, intuiciones --todos provienen directa o metafóricamente de nuestra existencia física en la Tierra. Más allá de la experiencia de la conciencia, toda persona es poseedora de una inteligencia, una sabiduría innata del cuerpo que, sin recurrir al pensamiento conciente, se ajusta para participar como una parte simbiótica de los ecosistemas terrestres. La comprensión de la realidad ecológica según la cual las personas son terrícolas traslada el centro de valores de lo homocéntrico para lo ecocéntrico, del Homo sapiens al Planeta Tierra.



Principio 2. La creatividad y la productividad de los ecosistemas de la Tierra dependen de su integridad


"Integridad" se refiere a totalidad, a unidad, a la capacidad de funcionar en plenitud. El patrón está dado, en su estado inalterado, por los ecosistemas de la naturaleza que reciben la energía del sol. Por ejemplo, una parcela productiva de la plataforma continental marina o un bosque pluvial templado en el tiempo previo al afincamiento, cuando los seres humanos eran primariamente recolectores. Aunque tales épocas están fuera del recuerdo, sus ecosistemas (tanto como los podemos conocer) proporcionan hasta hoy los únicos modelos conocidos para la sostenibilidad en la agricultura, la forestación y la pesca. Los graves problemas del presente en cada una de estas tres actividades industrializadas muestran los efectos del deterioro de la integridad, en particular, la pérdida de productividad y de atractivo estético en paralelo con la alteración continua de las funciones vitales de los ecosistemas.

La creatividad evolutiva y la productividad sostenida de la Tierra y sus ecosistemas regionales requieren la continuidad de sus estructuras y procesos ecológicos clave. Esta integridad interna depende de la preservación de las comunidades junto con sus innumerables formas evolucionadas de cooperación e interdependencia. Y también de intrincadas cadenas de alimentación y flujos de energía, de suelos no erosionados y del ciclo de vida de materiales esenciales como el nitrógeno, el potasio y el fósforo. Además, la composición natural del aire, los sedimentos y el agua es parte integral de la salud de los procesos y funciones de la naturaleza. La contaminación de estos tres elementos, junto con la extracción y explotación de los constituyentes inorgánicos y orgánicos, debilita la integridad de los ecosistemas y las leyes de la ecósfera, fuente de la vida en evolución.



Principio 3. La historia natural confirma la visión global centrada en la Tierra


La historia natural es la historia de la Tierra. Cosmólogos y geólogos hablan de los comienzos de la Tierra hace más de cuatro mil millones de años, de la aparición de pequeñas criaturas marinas en los primeros sedimentos, el surgimiento desde el mar de animales terrestres, la era de los dinosaurios, la evolución con influencias mutuas de los insectos, plantas con flores y mamíferos, de los cuales, en tiempos geológicos recientes, provienen los primates y el género humano. Compartimos material genético y un ancestro común con todas las otras criaturas que son parte de los ecosistemas de la Tierra. Estos sólidos conocimientos sitúan, sin lugar a dudas, a la humanidad en su contexto. Las historias de la evolución de la Tierra a lo largo de las eras geológicas rastrean nuestra coevolución con miríadas de organismos acompañantes por medio del acuerdo, y no sólo a través de la competencia. Los hechos de la coexistencia orgánica revelan los importantes roles desempeñados por el mutualismo, la cooperación y la simbiosis dentro de la gran sinfonía de la Tierra.
Los mitos e historias culturales que conforman nuestras actitudes y valores explican de dónde venimos, quiénes somos y adónde iremos en el futuro. Estas historias han sido fantasiosamente homocéntricas y/o ultramundanas. En contraste, el relato basado en evidencias y en una observación externa de la historia natural de la humanidad --surgida del polvo de las estrellas, dotada de vitalidad y sustentada por los procesos naturales de la ecósfera-- es no sólo verosímil sino también mucho más maravillosa que los mitos tradicionales centrados en el ser humano. Situando a la humanidad en su contexto, como un componente orgánico del globo terráqueo, el relato ecocéntrico también revela un propósito funcional y una finalidad ética, a saber, el componente humano puesto al servicio de la totalidad mayor de la Tierra.


Principio 4. La ética ecocéntrica se funda en la conciencia del lugar que ocupamos en la naturaleza


La ética se ocupa de las actitudes y acciones desinteresadas que fluyen de los grandes valores, o sea, del sentido de lo que es verdaderamente importante. Una apreciación aguda de la Tierra tiene como consecuencia un comportamiento ético hacia ella. La reverencia hacia la Tierra surge fácilmente en las experiencias al aire libre de la niñez y en la edad adulta es impulsado por la vida junto a la naturaleza, de tal manera que las formas de la tierra y el agua, de las plantas y animales, se vuelven familiares como relaciones de vecindad. La visión ecológica del mundo y la ética que encuentra sus valores de primer orden en la ecósfera extraen su fortaleza de la vida en el mundo natural y seminatural, el medio ambiente rural más que el urbano. La conciencia del lugar que ocupamos en este mundo provoca la admiración, el sobrecogimiento y la decisión de restaurar, conservar y proteger las antiguas bellezas y formas naturales de la ecósfera que han pasado la prueba del tiempo a través de las eras geológicas.

El Planeta Tierra y sus diversos ecosistemas con sus elementos básicos --aire, tierra, agua y cuerpos orgánicos-- circundan y alimentan a cada persona y a cada comunidad, dándoles vida y tomando de vuelta el regalo cíclicamente. La conciencia de sí mismo como un ser ecológico, alimentado por el agua y otros organismos, y como un animal inmerso en el aire, viviendo en la interacción productiva caldeada por el sol donde se encuentran la atmósfera y la tierra, trae un sentido de conexión y reverencia por la abundancia y la vitalidad del sustento de la naturaleza.


Principio 5. Una visión ecocéntrica del mundo valoriza la diversidad de los ecosistemas y culturas


La mayor revelación de la perspectiva centrada en la Tierra es la variedad y riqueza sorprendentes de los ecosistemas y de sus partes orgánicas e inorgánicas. La superficie de la Tierra presenta una diversidad de ecosistemas árticos, templados y tropicales de notable belleza estética. Dentro de este mosaico global, las diferentes variedades de plantas, animales y seres humanos dependen de las combinaciones de relieves, suelos, aguas y climas locales que los acompañan. La diversidad de los organismos, la biodiversidad, depende así del mantenimiento de la diversidad de los ecosistemas, la ecodiversidad. La diversidad cultural --una forma de biodiversidad-- es el resultado histórico de la adaptación por los seres humanos de sus actividades, pensamientos y lenguaje a ecosistemas geográficos específicos. En consecuencia, cualquier degradación o destrucción de los ecosistemas es un peligro y una desgracia tanto biológica como cultural. Una visión global ecocéntrica valoriza la diversidad de la Tierra en todas sus formas, las no-humanas tanto como las humanas.

Cada cultura humana del pasado desarrolló un lenguaje único, enraizado estética y éticamente en las imágenes, sonidos, fragancias, sabores y sentimientos de la parte singular de la Tierra que le servía de hogar. Esta diversidad cultural basada en los ecosistemas era vital para impulsar formas de vida sustentable en diferentes partes de la Tierra. En la actualidad, los idiomas ecológicos de los pueblos aborígenes y la diversidad cultural que representan, están tan amenazados como las especies de los bosques tropicales y por los mismos motivos: el mundo está siendo homogeneizado, los ecosistemas están siendo simplificados, la diversidad está declinando, la variedad se está perdiendo. La ética ecocéntrica se contrapone a la globalización económica actual que ignora la sabiduría ecológica que se encuentra incorporada en diversas culturas y las destruye en aras de beneficios de corto plazo.


Principio 6. La ética ecocéntrica actúa en favor de la justicia social


Muchas de las injusticias de la sociedad humana se asocian a la desigualdad y, como tales, son apenas un subconjunto de las mayores injusticias e inequidades causadas por los seres humanos sobre los ecosistemas y especies de la Tierra. Con su amplio sentido de comunidad, el ecocentrismo enfatiza la importancia de la interactividad de todos los componentes de la Tierra, incluyendo muchos cuyas funciones están muy lejos de ser conocidas. Se reafirma así el valor intrínseco de todas las partes de los ecosistemas orgánicos e inorgánicos sin inhibir su uso cuidadoso. La norma es "Diversidad con Igualdad": una ley ecológica basada en el funcionamiento de la naturaleza que brinda una   directriz ética para la sociedad humana.

Los ecologistas sociales critican con justicia la organización de jerarquías internas en las culturas que discrimina a los desposeídos, en especial a las mujeres y las niñas y niños pobres. El argumento de que el avance hacia formas de vida sustentable será imposible mientras el progreso cultural no desahogue las tensiones originadas por la injusticia social y la inequidad de género es correcto hasta cierto punto. Le falta tener en consideración que la rápida degradación en curso de los ecosistemas de la Tierra aumenta las tensiones entre los seres humanos y, al mismo tiempo, cancela en forma anticipada posibilidades tanto para una vida sustentable como para la eliminación de la pobreza. Los problemas de la injusticia social, aunque importantes, no pueden ser resueltos si no se detiene la hemorragia de los ecosistemas, poniendo fin a las filosofías y actividades homocéntricas.



PRINCIPIOS DE ACCIÓN


Principio 7. Defender y preservar el potencial creativo de la Tierra


Los poderes creadores de la ecósfera se manifiestan a través de sus ecosistemas geográficos resilientes. Por lo tanto, como primera prioridad, la filosofía ecocéntrica convoca con urgencia a la preservación y restauración de los ecosistemas naturales y sus especies componentes. Salvo las colisiones con cometas y asteroides que pudieran destruir el planeta, la creatividad evolutiva de la Tierra continuará por millones de años, obstaculizada sólo en aquellos lugares donde los seres humanos han destruido ecosistemas enteros mediante el exterminio de especies o el envenenamiento de los sedimentos, el agua y el aire. La extinción vil de partes de la ecósfera elimina para siempre hebras de la red orgánica, disminuyendo la belleza de la Tierra y el potencial para la emergencia futura de ecosistemas únicos con sus consiguientes organismos, posiblemente algunos de sensibilidad e inteligencia superiores a la humana.

"La primera ley del arreglo inteligente es salvar todas las partes " (Aldo Leopold - Sand County Almanac). Las acciones que destruyen la estabilidad y la salud de la ecósfera y sus ecosistemas necesitan ser identificadas y condenadas públicamente. Entre las actividades humanas más destructivas se encuentran el militarismo y sus gastos grotescos, la extracción de materiales tóxicos, la manufactura de venenos biológicos en todas sus formas, la agricultura industrial, la pesca y la forestación industriales. Si no son detenidas, este tipo de tecnologías letales, justificadas como necesarias para proteger a ciertas poblaciones humanas, para enriquecer intereses corporativos específicos y satisfacer antojos humanos más que necesidades, conducirán incluso a mayores desastres ecológicos y sociales.


Principio 8. Reducir el tamaño de la población humana


AUna causa primaria de la destrucción de los ecosistemas y la extinción de las especies es la pródiga población humana, que excede largamente los niveles de sostenibilidad ecológica. La población humana total, situada ahora en 6.500 millones de personas, aumenta a un ritmo inexorable de 75 millones por año. Cada ser humano adicional es un "usuario" del medio ambiente en un planeta cuya capacidad de alimentar a todas sus criaturas está físicamente limitada. En todos los territorios, la presión demográfica continúa socavando la integridad y la capacidad de reproducción de los ecosistemas terrestres, fluviales y marinos.

Nuestra monocultura humana está sobrecargando y destruyendo las culturas plurales de la naturaleza. En cada país es necesario disminuir el tamaño de la población humana mediante la reducción de la natalidad.
La ética ecocéntrica que valoriza la Tierra y sus evolucionados sistemas por encima de las especies condena la aceptación social de la fecundidad humana ilimitada. La actual necesidad de reducir la población es mayor en los países ricos donde el uso per cápita de energía y materiales de la Tierra es mayor. Un objetivo razonable es volver a los niveles de población anteriores al uso generalizado de los combustibles fósiles, o sea, mil millones de personas o menos. Esto se logrará ya sea por medio de políticas inteligentes o, inevitablemente, por plagas, hambrunas y guerras.


Principio 9. Reducir el consumo humano de las partes de la Tierra


La principal amenaza a la diversidad, la belleza y la estabilidad de la ecósfera es la apropiación ininterrumpida de los bienes del planeta para uso humano exclusivo. Tal apropiación y uso abusivo, justificado a menudo por el crecimiento excesivo de la población, constituye un saqueo de los medios de vida de otros organismos. La visión homocéntrica egoísta según la cual los seres humanos tienen derechos exclusivos sobre todos los componentes de los ecosistemas --aire, tierra, agua, organismos-- es inmoral. A diferencia de las plantas, los humanos somos heterótrofos (que se nutren de otros seres) y debemos matar para alimentarnos, vestirnos y resguardarnos, pero esto no significa poseer licencia para el saqueo y el exterminio. El consumo acelerado de componentes vitales de la Tierra es una receta segura para la destrucción de la biodiversidad y la ecodiversidad. Las naciones ricas pertrechadas con tecnologías poderosas son las principales responsables de este proceso y, por tanto, las más calificadas para reducir el consumo y compartir los bienes con aquellos cuyos estándares de vida son más bajos, pero ninguna nación está libre de culpa.

La ideología mercantil del crecimiento ilimitado debe ser abandonada, junto con las perversas políticas industriales y económicas que la usan de fundamento. La tesis sobre 'Los límites del Crecimiento' es sabia. Un paso razonable hacia el fin de la expansión económica expoliadora es el fin de los subsidios públicos a las industrias que contaminan el aire, la tierra o el aire y/o que destruyen organismos y suelos. Una filosofía de la simbiosis, del vivir satisfechos como miembros de las comunidades de la Tierra, asegurará la restauración de los ecosistemas productivos. Las líneas directrices de las economías sostenibles son cualitativas y no cuantitativas. "Conserva la salud, la belleza y la estabilidad de la tierra, el agua y el aire, y la productividad se cuidará sola" (E.F. Schumacher - Lo pequeño es hermoso).


Principio 10. Promover la gobernanza ecocéntrica


Las concepciones homocéntricas de gobernanza que estimulan la sobreexplotación y la destrucción de los ecosistemas de la Tierra deben ser sustituidas por aquellas que sean favorables para la sobrevivencia e integridad de la ecósfera y sus componentes. Es necesario que los defensores de las estructuras y funciones vitales de la ecósfera se conviertan en miembros influyentes de los órganos de gobierno. Estos "ecopolíticos", conocedores de los procesos de la Tierra y de la ecología humana, darán voz a los sin voz. En los actuales centros de poder, '¿quién habla por los lobos?' y '¿quién habla en nombre de los bosque pluviales templados?' Estas cuestiones tienen un significado más que metafórico: revelan la necesidad de salvaguardar legalmente a los diversos componentes no-humanos de la ecósfera.

Es necesario promulgar un cuerpo de leyes ambientales que confiera valor legal a las estructuras y funciones vitales de la ecósfera. En los órganos de gobierno de cada país deben ser elegidas o designadas personas ecológicamente responsables, procuradores o representantes que actuarán oportunamente como defensores de los ecosistemas y sus procesos fundamentales cuando éstos se vean amenazados. Los problemas se decidirán sobre la base de preservar la integridad de los ecosistemas, en lugar de las ganancias económicas. Con el correr del tiempo, como consecuencia de la filosofía ecocéntrica, surgirán nuevos marcos legales, de políticas y de administración para sostener y guiar los métodos ecocéntricos de gobierno. La implementación a largo plazo será necesariamente lenta y paso a paso, a medida que las personas vayan probando las formas prácticas de representar y asegurar la salud esencial de los componentes no-humanos de la Tierra y sus ecosistemas.



Algunos antecedentes históricos


Este manifiesto ofrece un marco unificador para el pensamiento ético-ambiental precedente que, aunque mayormente biocéntrico, posee tendencias ecocéntricas. Veamos tres ejemplos:

a) La Plataforma de la Ecología Profunda (Deep Ecology Platform) elaborada en 1984 (levemente revisada en 2000) por Arne Naess y George Sessions. Si bien sus cuatro primeros principios indican una postura más biocéntrica que ecocéntrica, el Movimiento de la Ecología Profunda ha sido un abanderado de la creatividad de la naturaleza y de los que consideran que los organismos y ecosistemas naturales son de una importancia mucho mayor que la de simples proveedores de recursos para la humanidad.

b) La Carta Mundial de la Naturaleza aprobada por las Naciones Unidas en 1982. Aunque comienza bien, señalando que la vida depende del funcionamiento ininterrumpido de los sistemas naturales, luego enfatiza su utilidad para la humanidad como razón principal para cuidar de la Tierra.

c) La Carta de la Tierra , es un alegato ambiental digno de elogio. Los primeros dos principios - "Respeto y cuidado de la comunidad de vida" e "Integridad ecológica" - están loablemente puestos por delante de objetivos humanistas explícitos. Asocia el mantenimiento de la biodiversidad y la recuperación de las especies en peligro de extinción, a la protección de la Tierra y sus ecosistemas. En este manifiesto, ponemos el énfasis en los valores primarios de la Tierra por encima de todo.



Principio 11. Difundir el mensaje


Los que estén de acuerdo con los principios precedentes tienen el deber de difundir el mensaje a través de la educación y el liderazgo. La tarea urgente inicial es hacer tomar conciencia a las personas sobre su dependencia de los ecosistemas de la Tierra, así como sobre sus lazos con otras especies. Viene después un cambio hacia afuera, del homocentrismo al ecocentrismo, ofreciendo una norma ética exterior para la empresa humana. Un cambio de este orden debe indicar qué hacer para perpetuar el potencial evolutivo de esta hermosa ecósfera. Y debe revelar la necesidad de participar en las actividades de la sabia comunidad terrícola, en donde cada uno desempeña un rol personal en el sostenimiento de la maravillosa realidad circundante.

Este manifiesto ecocéntrico no es antihumano, aunque sí rechaza el homocentrismo chauvinista. La búsqueda de valores permanentes --una cultura de contemporización y simbiosis con este planeta viviente solitario-- propicia una perspectiva unificadora. La visión opuesta, mirando hacia el interior sin comprender el exterior, es tan peligrosa como lo son, claramente, las ideologías, religiones y sectas humanistas beligerantes. La difusión del mensaje ecológico, poniendo el énfasis en la realidad exterior compartida por la humanidad, abre un nuevo y promisorio camino hacia el entendimiento internacional, la cooperación, la estabilidad y la paz.




Acknowledgments
Agradecemos a las siguientes personas por haber brindado observaciones críticas y comentarios en los primeros borradores de este texto: Ian Whyte, Jon Legg, Sheila Thomson, Stan Errett, Howard Clifford, Tony Cassils, Marc Saner, Steve Kurtz y Doug Woodard de Ontario; Michelle Church de Manitoba; Don Kerr y Eli Bornstein de Saskatchewan; David Orton de Nueva Escocia; Alan Drengson, Bob Barrigar y Robert Harrington de Colombia Británica; Cathy Ripley de Alberta; Holmes Rolston III de Colorado; David Rothenberg de Massachusetts; Burton Barnes de Michigan; Paul Mosquin deCarolina del Norte; Edward Goldsmith, Patrick Curry y Sandy Irvine del Reino Unido y Ariel Salleh de Australia. Sus valiosas revisiones no implican un aval de este manifiesto por el cual los autores asumimos total responsabilidad.



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  Editorial: Un manifiesto centrado en la Tierra (ecocéntrico)

Bei John A. Livingston

Nota de los editores: Los autores recibieron con satisfacción la siguiente valoración y aprobación del manifiesto por John A. Livingston. John es Profesor Emérito de Estudios Ambientales en la Universidad de York. Un naturalista de toda la vida, ha escrito docenas de programas de radio y televisión, muchos artículos y diez libros, el más reciente de los cuales, "Rogue Primate" (1994), recibió el Premio de Literatura del Gobernador General. John y su esposa residen en la isla de Salt Spring, en la Colombia Británica.


"Para la mayoría de nosotros, la tarea de concebir --y mucho más articular-- una ética para trascender el interés humano de corto plazo podría parecer desalentadora o francamente intimidante. Ted Mosquin y Stan Rowe lo imaginaron y lo hicieron."

"Yo estaba atraído por la hipótesis Gaia, que presentaba a la Tierra como un ser vivo. Me gustaba la metáfora, pero un modo de hablar simplemente no es suficiente. Mosquin y Rowe no están siendo metafóricos. La ecósfera en que vivimos es una red que envuelve a todos los organismos y ecosistemas, que hizo surgir la vida en primer lugar y que ahora la sostiene. Todo organismo y todo ecosistema es un participante pleno. Partiendo de esta sensibilidad, los autores proponen una ética ecocéntrica, una afirmación de principios morales con el propósito de ayudarnos a salir de los modos de vida centrados en el ser humano, o incluso centrados en los seres vivos, hacia una existencia gobernada por la conciencia de pertenecer a un evento totalizador y único, en el cual todo se encuentra integrado e interrelacionado."
"El Manifiesto por la Tierra está dirigido justamente a una especie entre las 25 millones, más o menos, que habitan la Tierra. Esto puede parecer singular para un observador distante que lo vea por primera vez. ¿No se debería dar orientación moral a todas las especies? ¿Qué tiene ésta que sea tan especial? Este observador merece una rápida pérdida de la inocencia. Sólo la especie humana ha inventado códigos éticos abstractos fuera de la pura necesidad. Otras no los han tenido."
"El animal humano ha sido enormemente exitoso --diestro, adaptable, privilegiado de muchas maneras, pero principalmente en los asuntos cerebrales. Nuestro ingenio técnico sólo es comparable con el extraordinario poder y creatividad de la razón para explicar las cosas que hacemos. Algunas de nuestras construcciones más elegantes surgen en los tiempos de guerra, cuando todo tipo de actos abominables requieren complicadas justificaciones. Pero otras racionalizaciones palidecen en comparación con la antigua convicción, honda e inconmovible, de que la especie humana tiene el derecho --y la obligación implícita-- de tomar, consumir e incluso eliminar con total libertad a otras especies y a sus habitantes en cualquier lugar en donde se encuentren y para el fin humano que sea. El privilegio del ser humano sobre la ecósfera está bendecido, es absoluto."

"Nuestra autoasignada propiedad y libertad de acción contra cualquier especie, comunidad o ecosistema está en la actualidad poniendo en peligro a la ecósfera. La disminución inexorable de la diversidad de los ecosistemas reclama un estrecho escrutinio de nuestra auto imagen, de nuestra postura en el mundo y de las innegables responsabilidades que derivan de nuestra actual posición dominante en el mismo. Tal ejercicio crítico sería de poca utilidad, no obstante, si no se adoptan medidas para poner un tope al crecimiento de la población humana. ¡Nuestras cifras se han más que triplicado en mi propio tiempo de vida! En sus "principios de acción", Mosquin y Rowe plantean que esta es una cuestión ética. Muchos de nosotros, condicionados culturalmente como todos, tendremos dificultades para extender las preocupaciones éticas más allá del interés humano. Puede ser necesario un pensamiento totalmente nuevo. Pero lograr que más de nosotros hagamos una pausa y reflexionemos es, por cierto, el motivo principal del manifiesto. Le deseo el mayor éxito."

John A. Livingston, febrero de 2004.

domingo, 12 de febrero de 2012

Entornos del procomún






Los cuatro entornos del procomún

Antonio Lafuente

Bastan unos minutos para entender la inmensa complejidad que tiene la noción de procomún. Disponemos de muchas definiciones aceptables, aunque las más frecuentes bordean de una u otra manera el problema de la propiedad y la teoría del valor. Cuando decimos que pertenece al procomún todo cuanto es de todos y de nadie a mismo tiempo estamos pensando en un bien sacado del mercado y que, en consecuencia, no se rige por sus reglas. Los procomunes no son asimilables a la noción de mercancía. Eso es lo que pasa también con el patrimonio, conformado por todos esos bienes (cuadros, libros, restos arqueológicos, y también rocas o plantas) que preservamos en los museos, las bibliotecas o los jardines botánicos.

Pero hay muchos bienes que no caben en un edificio y a los que también hay que otorgar la condición de bien patrimonial, lo que equivale a definir jurídica y técnicamente sus bordes para poder protegerlos contra las prácticas abusivas, incluidas todas las formas de apropiación del bien para convertirlo en simple recurso. Estamos ahora aludiendo a los lugares de la memoria (el yacimiento de Atapuerca, el oratorio de San Felipe en Cádiz o el campo de concentración de Auschwitz), pero también a los ríos, el folclore o los pájaros; es decir, bienes que ni siquiera tiene la condición de nacionales o, en otros términos, que ningún estado puede legislar en exclusiva sobre su naturaleza y preservación. Y siguiendo por esta línea llegamos a un inmenso paisaje que nos muestra la extrema diversidad de bienes sobre los que se asienta la posibilidad misma de una vida vivible y, entre ellos, sólo mencionaremos una cuantos para no convertir este texto en un aburrido catálogo de términos más o menos abstractos. Basta con mencionar el aire, la luz del Sol, la biodiversidad, el genoma, el ciclo de los nutrientes y espacio exterior. A los bienes naturales, tenemos que añadir un sinfín de bienes culturales como la ciencia, la democracia, la paz, la red internacional de alerta contra epidemias, la estabilidad financiera internacional, el conocimiento primitivo, el sistema de donación de órganos, las semillas o la gastronomía. Nada hemos dicho todavía del nuevo ámbito de actividad humana que se ensancha por Internet, basado en el espectacular desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones, pero inimaginable sin la proliferaciónde innovaciones que los propios usuarios han introducido. Ningún ejemplo es más claro para explicar cómo las tecnologías y las comunidades se coproducen de una forma tan sutil y profunda que el esfuerzo de distinguir entre los aspectos técnicos y los sociales
sólo conduce a la melancolía.


No vamos, sin embargo, a continuar esta línea argumental. Lo que aquí nos interesa es subrayar cómo hemos ido apartándonos de la noción de propiedad para adentrarnos en la de comunidad. Y es que es imposible evitar lo que es obvio: el procomún, los bienes comunes  los commons, en inglés- sostienen y son sostenidos por colectivos humanos. Y, así, salimos de la economía y nos metemos en la antropología. La definición anterior de procomún es claramente insuficiente. De la ética de los valores hemos de transitar a la de las capacidades si queremos entender cómo es la dinámica de producción del procomún, pues un bien común no es más que una estrategia exitosa de construcción de capacidades para un colectivo humano. A nadie sorprenderá entonces que estemos hablando de bienes compartidos cuya circulación está regulada por la economía del don (Benkler, 2006).

Al hablar de la polinización de las plantas como un bien común, se plantea el interrogante de si podría ser de otra manera. Nadie piensa en la órbita del planeta Tierra hasta que alguien disponga de la tecnología para modificarla y, entonces habrá que declararla un bien común. ¿Y la sensibilidad? Nos referimos a la capacidad para experimentar gozo ante un cuadro y un paisaje o dolor delante de la enfermedad o desgracia ajena. Si nos creemos que la polinización es un fenómeno natural comparable, por ejemplo, a las leyes de la gravitación universal o que los principios electrobioquímicos que regulan la miriada de interacciones neuronales son autónomas y no reprogramables, entonces podemos estar muy equivocados. Las nuevas tecnologías pueden alterar, directa o indirectamente, el sistema de orientación de las abejas o el funcionamiento del cerebro humano, al extremo de que lleguemos a considerar que está en peligro un bien que creíamos inagotable o inapropiable, como está pasando con el aire, las matemáticas, las calles o el folclore. Hay, en efecto, una profunda relación entre nuevas tecnologías y nuevos patrimonios, pues todos los días aparecen nuevas posibilidades de cercar o de abusar de un bien que sólo comenzamos a valorar cuando empieza a estar amenazado.

Si una empresa puede usar los mares o la atmósfera para echar la basura que produce y ahorrase los costes de una producción no contaminante o alguien descubre la manera de modificar los genes de alguna especie y patentar nuevas formas de vida, la humanidad en su conjunto tiene el derecho a sentirse amenazada y a reclamar la condición de procomún para el aire que respiramos y el genoma que la bioquímica, el tiempo y el azar nos han legado. Las comunidades que crean y son creadas por los nuevos procomunes son entonces comunidades de afectados que se movilizan para no renunciar a las capacidades que permitían a sus integrantes el pleno ejercicio de su condición de ciudadanos o, incluso, de seres vivos. Si la ética de los valores nos ayuda a entender los movimientos que están conduciendo a la formación de un tercer sector de la economía y del conocimiento distinto a los tradicionales privado y público, la ética de las capacidades nos permite avanzar en comprensión de cuáles son las políticas y las acciones a emprender (Sen, 1998; Nussbaum, 2007; Cortina, 2002).
Sería injusto no reconocer el papel del estado moderno, incluso en países con graves déficit democráticos, en la defensa de ciertos bienes que, como la salud, la educación y la justicia, son vertebrales en nuestra concepción de la política y el bienestar social. El sector público ha sido, en muchas casos, motor de la equidad y la libertad, actuando en defensa de los débiles, los trabajadores y los consumidores, por no mencionar su intervención en favor del medio ambiente y los derechos humanos. Negar, sin embargo, su implicación en las actividades más mezquinas y devastadoras, sería absurdo. Cuando vemos sus muchos titubeos y hasta dejación de responsabilidades en ámbitos como la paz, la alimentación, la biodiversidad o el conocimiento, no tenemos más remedio que admitir su incapacidad para resistir la presión de las grandes corporaciones industriales o financieras (Ostrom et al., 2002). Ya es redundante hablar de gobernanza, lo que no sólo implica ensanchar los ámbitos de la democracia, sino también un reconocimiento del fracaso de la tecnocracia en la gestión del mundo. Sin la presión de ese tercer sector que conforma el caleidoscopio de las ONG y los movimientos
ciudadanos no habría freno para la barbarie manifiesta del capitalismo global (Bollier,
2002; Stiglitz, 2006; Barnes, 2003).

La constitución de este tercer sector como una especie de coalición de comunidades de afectados empoderadas choca de plano con la dificultad para reunir y visualizar el procomún. Y es que se trata, como hemos intentado mostrar, de un objeto extremadamente diverso, tanto si pensamos en las distintas escalas donde puede emerger (barrial, local, nacional, regional o global), como si nos detenemos a considerar la pluralidad de formas de gestionarlo, de actores involucrados, de regímenes jurídicos afectados o de tecnologías necesarias para sostenerlo. Admitiendo que semejante diversidad no debe ser vista como un problema sino, por el contrario, como un rasgo característico de la cornucopia que representan los bienes comunes, no queremos renunciar al intento de ofrecer una imagen que nos los muestre como un colorido tapiz de retales, un mosaico que exhiba y sostenga la abundancia, variedad y heterogeneidad que caracteriza el procomún.



Los cuatro entornos


Para la construcción del tapiz nos hemos inspirado en la noción de entorno que propusiera hace unos años Javier Echeverría para inscribir lo humano el mundo de las TIC, entendido como un sistema técnico que, además de ensamblar una constelación de tecnologías, conforma un sistema social en el que tenemos que aprender a adaptarnos (Echeverría, 1999). Y ciertamente este llamado tercer entorno, una propiedad emergente del sistema de las TIC, ha adquirido una presencia tan decisiva en nuestra vidas que merece un tratamiento antropológico comparable al que han recibido las otras dos grandes adaptaciones humanas en la historia: la que le ha permitido desarrollarse como ente conectado al territorio (el medioambiente) y la que lo convirtió en un ente conectado a otras personas (la ciudad). El entorno digital adquiere así la misma relevancia antropológica, económica, y política que los historiadores y filósofos asignan el entorno natural y al urbano.

Hay un cuarto entorno que aquí quisiéramos sugerir como imprescindible para entender el despliegue de lo humano en el tiempo: el cuerpo, un ámbito irreductible a las leyes de la naturaleza o de la moral, y siempre resistente a los muchos intentos de convertirlo en una abstracción teológica, jurídica, médica, estadística o, genéricamente, biopolítica. El cuerpo no sólo es una maquinaria única capaz de procesar ingentes cantidades de información, ya sea que digiera alimentos, ya sea que capture luz o sonido exterior, por no mencionar todas las formas de extraer, modificar, almacenar, transportar y exhudar datos y estructuras, lo mismo da que hablemos de la bioquímica del agua contaminada, que de los procesos de fecundación y desarrollo de un embrión, sin olvidar, claro está, todo cuanto tiene que ver con el habla, las herramientas y las redes que fabrica y por las que he fabricado. El cuerpo enfermo y el cuerpo gozoso no son naturaleza, ni tampoco cultura, sino otro entorno al que remitir y en donde contrastar lo que (nos) pasa.

El cuerpo, en definitiva, es el sensor que alerta de la existencia de sustancias contaminantes u otras amenazas para su integridad, sin ser una máquina que responda en todos los humanos de forma homogénea ni unánime, aún cuando estemos hablando de cuerpos extendidos o mediados por la tecnología (Ihde, 2004). Su especificidad es un escándalo, un lugar estratégico abierto a las contingencias, resistente a las formalizaciones y siempre amenazado por las múltiples normas, prohibiciones, discursos que intentan contener su realidad inabarcable, que tratan de descorporeizarlo (disembodiment) (Val, 2006).
Si la vida se ha desplegado en los cuatro entornos mencionados, también será necesario defender en cada uno un conjunto de bienes comunes que garanticen su sostenimiento dentro de unos márgenes mínimos de dignidad y libertad.



Cuerpo

Los procomunes del cuerpo tiene que ver con el hecho de que en términos históricos nunca tuvo un propietario claro y siempre estuvo y sigue estando amenazado. Eso de que cada uno es dueño de su cuerpo es una idea o un derecho muy reciente. No sólo nos estamos refiriendo al largo recorrido de la esclavitud o a la multiplicidad de discursos que quieren someter su individualidad a los intereses de una comunidad religiosa, política o natural (étnica, médica o genética), sino también a la posibilidad cercana de que pueda manipularse nuestra sensibilidad u organizar un mercado floreciente con las partes separadas del cuerpo (embriones, tejidos u órganos).
Más aún, los datos clínicos o genéticos que resultan de las pruebas a las que somos sometidos cuando acudimos a un hospital, pertenecen en exclusiva, al igual que los órganos, al cuerpo de origen. Y, si por el motivo que sea, han de ser desagregados o separados, entonces debieran integrar el procomún.


Medioambiente

Este es el entorno más obvio, pero que sea fácil admitir nuestra extrema dependencia del medioambiente, no significa que los acuerdos para gestionarlo lleguen más deprisa. Las fuertes polémicas que seguimos manteniendo sobre el impacto de los residuos radioactivos o las emisiones crecientes de gases de efecto invernadero dan cuenta del largo camino que nos queda por recorrer, como también de la incapacidad de las instituciones públicas para buscar equilibrios tan necesarios como urgentes.
Cuando hablamos del clima, las selvas, el espacio exterior o la fotosíntesis percibimos la profunda dependencia que estos procomunes mantiene respecto de las nuevas tecnologías. Es difícil no ver la ciencia como el más poderoso mecanismo de fragmentación, modularización y, sin solución de continuidad, mercantilización y privatización de la naturaleza (Ridgeway, 2004). A tal extremo, que muchos bienes que se consideraban inagotables han comenzado a estar amenazados y ser sustraibles (subtractability), es decir agotables y, lo peor es que como explicó Ostrom (1999), siempre es extremadamente costoso restringir el libre acceso/uso a los abusones (polizontes, free-riders).

Hoy que es tan fácil citar negocios que incorporan altas dosis de conocimiento científico, no necesitamos extendernos sobre la importancia que tienen las patentes (principal mecanismo de declarar excluible un bien) en el desarrollo espectacular de la industria de las prótesis (químicas, genéticas, electrónicas o mecánicas) y la producción de quimeras en el ámbito de la vida humana y no humana. Por supuesto que la discusión sobre lo que puede o no puede ser patentado es importante, aún cuando aquí sólo queremos recordar que el procomún, los bienes comunes, no son un hecho objetivo, sino fruto de una decisión política necesariamente conectada a las tecnologías circulantes.


Ciudad

La adaptación a la urbe constituye la construcción de una segunda naturaleza que se escala en las diferentes formas de vida social, desde las más primitivas y reducidas (clanes y comunas) hasta las más abstractas y gigantescas (megalopolis y naciones). La naturaleza de la que hablamos es simbólica y se hace con todos los flujos de personas, palabras y mercancías que recorren las redes que sostiene la vida en común. Incluye las calles de nuestras ciudades, pero también las fiestas, las leyes, las semillas y el conocimiento, bienes que han sido producidos por la humanidad a lo largo del tiempo y que no pueden ser privatizados.

Vivir en sociedad ha dado origen a un sinfín de formas de organización que pueden describirse mediante un cuadro que muestre las jerarquías, dependencias y funciones de
cada una de las partes que las conforman. Cuando se tiene a la vista el organigrama se
puede ver la estructura maquínica de la vida humana, es decir, los automatismos con los
que contamos para que las cosas funcionen. Pero hay algo que no puede captar un
diagrama de flujos y que tiene que ver con las interacciones entre la gente, al margen de
las que se dan entre actores humanos y no humanos. Esta parte informal de las relaciones, proliferativa y cotidiana, de baja intensidad y mucha densidad (Delgado, 2007), y que es esencial para que las cosas funcionen debería ser puesta en valor y considerada como un bien común construido entre todos que, en consecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comité alguno de representantes. Desde luego no funciona como una instancia de poder (que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro) sino como el ámbito de lo común, de la capacidad común (Rancière, 2006).


Digital

La irrupción del movimiento que condujo al software libre y al copyleft, como también
a la defensa de los estándares y los protocolos abiertos sigue siendo el motor de Internet
o, en otros términos, la vis que mantiene el proyecto de una red concebida como un
ámbito de libertades y no sólo un inmenso mercado. Pero es que además habiéndose
reducido a prácticamente cero los costes de edición, copia, reproducción y transmisión de
datos, el mundo del conocimiento y de la creación han sido sacudidos por profundos
cambios que van a transformar para siempre la relación profesionales/aficionados,
productores/consumidores y autores/públicos.
Las duras batallas por los derechos de propiedad intelectual o de patentes que están permitiendo que un sector pequeño de la población se apropie de lo que hasta ahora era considerado fruto de una creación colectiva e histórica, hace evidente la existencia entre los intelectuales y artistas de profundos movimientos resistencialistas frente a las nuevas tecnologías, así como la necesidad de abrir un debate sobre qué ámbitos de la cultura se
pueden o no privatizar y qué nuevas prácticas de sociabilidad en red se pueden o no
criminalizar.

Las anteriores consideraciones han sido elaboradas después de haber tomado la
decisión de producir una imagen capaz de contener el procomún en su conjunto. Y,
desde luego, el cuadro que presentamos aspira a mostrar de un golpe de vista la
extraordinaria complejidad que tiene la trama que forman los bienes comunes. Fabricar
una imagen, lo sabemos, no es una operación sin mucho riesgo e implica, al menos, dos
decisiones delicadas: primero, asumir que el procomún puede hacerse visible como un
ente externo y abstracto, al margen de las comunidades y los conflictos en los que está
envuelto; segundo, ensanchar la naturaleza profundamente tecnológica del procomún,
pues compartir una imagen de algo requiere una cadena de movilizaciones que incluyen
procesos de fragmentación, modularización, simulación e inscripción en uno o varios
media. Y sí, lo hacemos para dar nueva legitimidad a la reclamaciones sobre el
procomún, sin ocultar la extremada complejidad de actores implicados. No en vano
conocer algo siempre fue una operación que tiene mucho que ver con iluminar, desvelar,
descubrir y, en definitiva, mostrar. En el régimen escópico característico del conocimiento
en la modernidad sólo puede ser creíble lo que sea visible.


Bibliografía
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Capitalism, Washington: Island Press.
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