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martes, 24 de enero de 2012

Decrecimiento sostenible








Comportamientos de consumo

y decrecimiento sostenible







Esta conferencia fue impartida el sábado, 1 de abril de 2006, en el seno del Encuentro
de Primavera de CIMA (Científicos por el Medio Ambiente, www.cima.org.es). El encuentro, celebrado los días 31 de marzo y 1 de abril, llevaba por título: Encuentro de primavera CIMA 2006. Energía y sociedad: los debates sobre el agotamiento del petróleo y el “decrecimiento sostenible”. Madrid, 31 de marzo, 1 de abril.
Autor: Vicente Manzano – 2006



Introducción:

Por lo general, lo que mueven son las ideas y los conceptos. A pesar de ello, en muchos contextos los argumentos suelen ser numéricos. En ello estamos acostumbrados en Ciencia: a expresarnos con datos, y ello a pesar de que criticamos su origen, codificación y gestión en el seno de la metodología estadística (ver, por ejemplo, Huff, 1954). En esta intervención, si bien mi dedicación académica se emplea en el análisis de datos, voy a acudir poco o nada a los números. Mi objetivo va a ser remover conceptos, por considerarlos cuestionables, e intentar ser útil en cierta medida, arriesgándome a
proponer vías de acción.
La Ciencia suele ser concebida como una institución poderosa porque es la principal responsable en los procesos de construcción de conocimiento. Esta característica es, como todo, muy discutible. Pero tiene dos consecuencias interesantes para esta intervención. Por un lado, la ciencia cuenta con una excelente reputación que provee prestigio y credibilidad social. La imagen tópica del científico es la de una persona excéntrica, algo aislada de la realidad social cotidiana, con un cerebro privilegiado y capaz de generar conocimiento de alta calidad, inalcanzable para el resto de los mortales. Tal vez por esta imagen parcialmente apetecible, se comprende la otra característica que viene al caso de esta ponencia: existe un celo especial dentro de la institución para salvaguardar su buena reputación. La Ciencia, desde esta perspectiva, se concibe como un club selecto al que es difícil acceder y del que cabe la expulsión en cualquier momento. Las diferentes disciplinas del saber pugnan por acceder a este título e implican importantes esfuerzos en labores de marketing interno y externo. Buena prueba de ello son las denominaciones que van adquiriendo las titulaciones universitarias: ciencias del comportamiento, ciencias de la información, ciencias de la comunicación, ciencias del trabajo, ciencias de la educación, ciencias económicas y empresariales, etc. Otra prueba de ello es el esfuerzo descarado con que se abarrota la práctica docente con afirmaciones indiscutibles con respecto al carácter científico de cada disciplina y su correspondiente profesión.
Digo que estas características son importantes en esta exposición porque chocan con algunas de las afirmaciones que deseo realizar y que se irán matizando. A saber:

1. La ciencia, en el mejor de los casos, sólo tiene razón. Lo que es muy
poco o casi nada para conseguir objetivos de cambio social. Creemos
que el trabajo se termina al describir qué ocurre, por qué ocurre o
qué va a ocurrir.

2. El crecimiento no tiene futuro. Si se para, malo. Si mantiene su tendencia,
peor. Pero el decrecimiento es sólo una idea, llena de esperanza,
pero una idea.

3. Aunque los problemas son reales, la batalla por las soluciones se libra
en la dimensión de los símbolos, donde la Ciencia se muestra especialmente
torpe y orgullosamente inoperante.

4. La multidisciplinariedad y la alianza con los motores de cambio social,
como los movimientos sociales o las religiones, son las únicas vías
reales de éxito para que el “mensaje de los científicos” cale en los
comportamientos de consumo.

El marco del trabajo del decrecimiento sostenible y de su relación con el comportamiento de consumo es un ejemplo excelente para concretar las afirmaciones anteriores. De ello trata precisamente esta contribución. En primer lugar, se abordará el concepto ambicioso, necesario y controvertido del decrecimiento sostenible. Abordarlo nos llevará hacia los comportamientos de consumo. Finalmente, la intervención estaría incompleta si no me
aventurara a realizar algunas propuestas en torno a qué se puede hacer desde la iniciativa de la Ciencia, momento en el que se matizarán o se harán ya matizado las afirmaciones anteriores.


Sobre el decrecimiento sostenible


La justificación del decrecimiento sostenible es la misma que comparten otras iniciativas como pueden ser el crecimiento sostenible, la bioeconomía, la economía ecológica o la ecología política, por ejemplo: no sólo las predicciones sobre el futuro del planeta (y de los seres que lo habitan) son alarmantes, sino que el presente es ya difícilmente admisible desde un mínimo de conciencia ética. Esta constatación se canaliza en torno a una denuncia:

la insostenibilidad del actual sistema... ¿de qué? ¿De producción? ¿De sociedad?
¿De vida?

No tiene sentido entrar aquí en la descripción de cuál es ese presente ya difícilmente admisible. A ello se han dedicado las intervenciones anteriores. En un sector cada vez más amplio de la población, parte de la inadmisibilidad de la situación actual es ya conocida. Por ello, los líderes políticos y las empresas de tamaño medio o grande, se implican en discursos y eslóganes con referencias a la sostenibilidad, la responsabilidad social, el compromiso con el medio ambiente, etc. Se ha conseguido generar cierta sensibilidad social al respecto. No obstante, es necesario entrar en algunos detalles sobre cómo se está afrontando esta situación para entender el surgimiento y la necesidad del decrecimiento sostenible. En este punto vamos a considerar cuatro pasos: qué cosa es esa del crecimiento, por qué hace aguas el crecimiento sostenible, cuál es el papel que el decrecimiento sostenible está intentando desempeñar en esta situación y qué críticas y contracríticas se barajan al respecto.


Crecimiento

Muchos conceptos están cargados de valor. Esto ocurre, por ejemplo, con el término desarrollo. Se ha implicado tanto uso y discurso en torno a su carácter positivo, que cualquier elemento que lo acompañe queda imantado con el mismo signo. Otros ejemplos destacados son evolución, progreso o crecimiento. Los casos mencionados constituyen un conjunto poderoso en términos de capacidad persuasiva. Cualquier aspecto que desee potenciarse ha de ser asociado al desarrollo, al progreso, a la evolución o al crecimiento.
Cualquier propuesta que desee estigmatizarse se acompaña de la acusación de ir en contra del desarrollo, del progreso, de la evolución o del crecimiento.
El uso habitual que se hace de ellos, además, los acerca al estatus de sinónimos intercambiables para evitar la redundancia en los discursos y la acomodación de los receptores.
La evolución suele encasillarse entre los conceptos biológicos (evolución de las especies), pero hace tiempo que transcendió ese campo y es normal encontrar el vocablo en expresiones como “evolución de los mercados”, por ejemplo. El concepto implica constatar la existencia de cambios. Éstos pueden ser valorados como positivos, negativos o neutros, lo que no los matiza en absoluto en su naturaleza de cambios y, por ello, permiten pensar en evoluciones deseables o indeseables.
Un vistazo a la evolución de la sociedad (desligada de la biología), nos permite observar que han tenido lugar cambios cualitativos y cuantitativos. El
crecimiento sólo casa con una de cuatro posibilidades: ocurrencia de cambios que implican aumento de la cuantía del fenómeno. Uno de estos cambios es, por ejemplo, el tamaño de la población: cada vez hay más personas habitando la faz terrestre. Hay cambios cuantitativos que implican decrecimiento.
Un ejemplo es el conocimiento popular sobre la naturaleza. Cada vez es más frecuente encontrar personas que desconocen qué árboles producen qué frutas, cuándo es la temporada de qué hortalizas o qué apariencia tienen determinados animales cuando no se les ha desprovisto de la piel ni se les ha troceado. Hay elementos que han aparecido, como la contaminación atmosférica. Y elementos que han desaparecido, como muchas especies
vegetales y animales, etnias o lenguas. La evolución, pues, no es crecimiento, es también decrecimiento, aparición y desaparición.
No obstante, hemos ceñido nuestro mayor esfuerzo crítico en la existencia de crecimiento. Y no de cualquiera. Hay que hacer un análisis de intervenciones, textos y discursos diversos para identificar que la denuncia se ceba en el par consumo-producción. Las críticas se centran en indicar que el modo actual con que se potencia consumir más para producir más, está generando multitud de consecuencias negativas en el gran sistema planetario y en los sistemas que engloba. Pedro Prieto 2, por ejemplo, señala que para conseguir que todo el mundo llegue a las cotas de consumo de EEUU, hay que elevar un 500% el gasto energético, lo que es totalmente imposible. De hecho, con el consumo energético actual, no hay esperanzas de mantener nuestro sistema productivo ni la sociedad que propicia más allá de quince o veinte años más.
En este punto es necesario hacer un llamamiento especial. Hemos conseguido que unos gritos suenen más que otros. La Ciencia se ha centrado, y lo hace cada vez con mayor énfasis, en el deterioro medioambiental. Las consecuencias que el crecimiento del par consumo-producción están generando se muestran en catástrofes naturales, enfermedades, desastres agronómicos y un largo etcétera que incluye un futuro desesperanzador. Pero es necesario no olvidar que el planeta tiene una resistencia que supera la que posee la sociedad. Antes de terminar con nuestra casa, acabaremos con sus habitantes. La insostenibilidad social de este modelo específico de crecimiento es sin duda la más alarmante, con el presente más insoportable, que más afecta a las entrañas de cualquier sensibilidad. Pero, es más, y ello atañe a mi especialidad, la insostenibilidad psicológica es aplastante y suele obviarse en los discursos.
Nuestro modelo imperante y exportado de crecimiento genera una alienación de límites mucho más amplios de lo que se llegó a imaginar. Algunas consecuencias fácilmente constatables se miden, por ejemplo, en términos de ignorancia, dependencia informativa, creación de realidad mediática, estilos de vida insolidarios, tendencia consumista, abandono de la responsabilidad educativa, generación de adicciones tecnológicas, promoción de violencia, uniformidad de pensamiento, por mencionar sólo algunos aspectos.

De forma menos esquemática:

Es muy evidente el aumento de la ignorancia sobre el entorno inmediato y local, así como la dependencia informativa y cognoscitiva de intermediarios de la comunicación. Nunca como hoy el modelo de qué es realidad y qué no lo es ha estado más alejado de la competencia de las personas. Conocimientos hasta la fecha imprescindibles (como cuándo es la temporada de los pimientos, qué características tiene mi pueblo, qué proceso ha seguido
lo que me estoy comiendo, etc.) se desvanecen y son ocupados por estándares informativos, como las etiquetas de los productos. Cada vez hay más gente que sabe cómo se llama el presidente de los EEUU, y menos personas dispuestas para o capaces de preparar un almuerzo.
El crecimiento de consumo ha generado estilos de vida altamente dependientes de la posesión de bienes materiales. Un hogar occidental “decente” debe contar con un mínimo de artilugios como televisión, ordenador, lavadora, lavavajilas, teléfono... Mejor dos coches que uno (para varios miembros de la familia o para varias funciones), además de un largo etcétera.
Todas estas “necesidades” obligan a buscar empleo a los dos progenitores que abandonan literalmente la educación de los hijos ante la televisión, Internet o las instituciones. Este abandono se suple con más posesiones materiales, pues los padres canalizan parte de su sentimiento de culpa ante el abandono mediante la dotación de más bienes materiales y gastos fáciles e indiscutidos de ocio. En Japón, por ejemplo, saltó ya la voz de alarma ante
un perfil creciente de niño: vive literalmente encerrado en su habitación sin más conexión con el exterior (que comienza en la puerta) que la comunicación virtual. Todo cuanto desea y conoce lo tiene en su habitáculo. La rotura de los vínculos afectivos hace comprensibles fenómenos que se hacen evidentes más adelante, en episodios de violencia, por ejemplo. Esta experiencia, además, genera una alta dependencia tecnológica en los ciudadanos que se están formando, que hace inviable cualquier medida que atente contra el consumismo como ideología dominante.
Las adicciones y el estrés son también consecuencias importantes. El papel central de la satisfacción de los apetitos individuales frente al trabajo por el bien común es un fenómeno creciente que cualquier investigación internacional (como la Encuesta Mundial de Valores) muestra de forma contundente.
El abandono en los procesos formativos de los hijos hacia la televisión y las instituciones genera una notable uniformidad de pensamiento, acompañada de una ausencia creciente de actitud crítica. Esta evolución es evidente en todas las regiones del planeta y bebe directamente de nuestro modelo de crecimiento. Lo más preocupante de ello es que se trata de un sistema que se alimenta de sí mismo. La ignorancia, el apetito egocéntrico y la uniformidad de pensamiento son automotores, ejemplos claros de procesos de retroalimentación positiva. Nunca como hoy hemos tenido menos tiempo, más necesidad de empleo, más relaciones desestructuradas ni más ignorancia inmediata.
2 Energías renovables: ¿sustitutivas, paliativas o distractivas? Conferencia impartida
en este mismo Encuentro de Primavera de CiMA: Energía y Sociedad: los debates
sobre el agotamiento del petróleo y el decrecimiento sostenible. Madrid, 2006.




Crecimiento sostenible

1. Si el crecimiento del par genera consecuencias insostenibles. Entonces pensemos en cómo conseguir que el crecimiento pueda sostenerse. Ésta es la lógica del paradigma del crecimiento sostenible. Así, por ejemplo, si la movilidad genera importantes daños medioambientales cuando se hace en coche privado propulsado por derivados del petróleo, sigamos moviéndonos, pero hagámoslo en autobuses o en tren. Si el consumo creciente de energía se basa en las no renovables, sigamos creciendo en consumo, pero hagámoslo
mediante energías renovables, como la solar o la eólica. Con ello se pretende garantizar que podamos crecer durante mucho tiempo, de tal forma que se sostenga nuestro modo de vida en el futuro. En palabras de Lucena (2002:76): “Se entiende como desarrollo sostenible aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin poner en peligro la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras”.

2. Se encuentra en un terreno difuso, a medio camino entre dos polos
operativos. “Atrapados en la vía muerta de un ‘ni crecimiento ni decrecimiento’,
nos resignamos a una problemática ‘desaceleración del
crecimiento’ que debería, según la probada práctica de los concilios,
poner a todo el mundo de acuerdo sobre un malentendido. Sin embargo,
un crecimiento ‘desacelerado’ condena a prohibirse gozar de
las bondades de una sociedad armónica, autónoma y austera, ajena
al crecimiento, sin preservar por ello el único beneficio de un crecimiento
vigoroso, injusto y destructivo del medio ambiente, a saber:
el empleo” (Latouche, 2004).

3. La ética humanista consideraba el planeta que habitamos, incluyendo
todos los seres vivos no humanos, como instrumentos puestos a disposición
de un mismo objetivo: la convivencia feliz de las personas.
Esta concepción ha evolucionado hasta la ética planetaria (por ejemplo,
Boff, 2003), que considera que el cuidado del planeta es un fin
en si mismo y no un instrumento. Este cambio de concepción no es
inocente y tiene importantes repercusiones prácticas. El paradigma
del crecimiento sostenible se inscribe, en el mejor de los casos, dentro
de la ética humanista, en un momento en que llevamos tiempo
intentando despegarnos de sus límites. Nace pues, fuertemente limitado.

4. El crecimiento del crecimiento sostenible es compatible con el crecimiento
del crecimiento insostenible. Así, por ejemplo, el aumento de
la eficiencia tecnológica (que permite generar los mismos efectos con
menos gasto energético) se está combinando con un aumento de
consumo de unidades que supera la ganancia de eficiencia por unidad.
En términos simples: un coche hoy contamina la mitad que
ayer, pero tenemos cuatro veces más coches, por lo que la contaminación
se duplica.

5. Del mismo modo que ocurrió con la idea de fraternidad paneuropea
del Conde Kalergi o de la declaración de formación superior humanista
de los rectores europeos (Manzano y Andrés, 2006), cuando el interés
político-económico ha tomado las riendas de la idea del crecimiento
sostenible, el concepto ha sido prostituido hasta dejarlo irreconocible.
En la práctica, la expresión se encuentra en situaciones tan
paradójicas como los eslóganes “XXX por el medio ambiente” para
una empresa cementera o “XXX en el barco de la responsabilidad social”
como presentación de una planta de ciclo combinado. El adjetivo
sostenible” ha sido tan recurrido, en contextos tan distintos y en
sentidos tan diversos, que está perdiendo significado (Barzena,
2005).

6. Tal vez las energías implicadas en el proceso de crecimiento sostenible
sean del tipo “renovables”, pero no los procedimientos que se requieren
para gestionarlas. Es necesario extraer materias primas, procesarlas,
transformarlas en soportes y medios para la gestión de las
energías renovables, transportarlos, almacenarlos, mantenerlos, recoger
sus desechos tras su vida útil, etc. Nada de ello es renovable y,
por tanto, el crecimiento de consumo hace también insostenibles a
los procedimientos de gestión de las energías renovables.

7. Tal vez la crítica más frontal es que la misma idea de que el crecimiento
es sostenible es contradictoria. No es posible ninguna alternativa
respetuosa con el planeta y sus habitantes que acepte seguir
aumentando los procesos de consumo y producción. Es una falacia en
su significado original español: creencia malintencionadamente errónea.
Con la expresión “crecimiento sostenible” ocurre lo mismo que
con otras como “guerra humanitaria”, “asesinato justo” o “cementera
ecológica”, por ejemplo.


Decrecimiento sostenible

En cierta ocasión, tuvo lugar un experimento de consecuencias interesantes. 
Cinco monos fueron introducidos en una jaula. El investigador dispuso una ristra de plátanos colgada del techo a la que sólo era posible acceder mediante una escalera. Nada más entrar, uno de los monos subió con rapidez para alcanzar el alimento. Justo antes de que sus manos tocaran el objetivo, el investigador le roció con un fuerte chorro de agua fría. El animal quedó en el suelo, consternado durante unos minutos, mientras el resto de sus compañeros de celda chillaba con estruendo. Pocos instantes después, otro intentó la hazaña, con el mismo resultado. Tuvieron que pasar varias horas hasta que el tercer mono se atreviera a probar. En esta ocasión, el investigador no sólo le propinó con el fuerte chorro de agua fría, sino que después castigó también a los otros cuatro. Un día después se repitió la escena:
animal que sube, investigador que rocía a los cinco componentes de la jaula. Durante varios días no se observaron nuevos intentos, hasta que uno de ellos saltó a lo alto de la escalera cuando creía no ser observado. Gran error. El chorro que recibieron los cinco pareció aún más potente y frío. El mono, visiblemente enojado, en lugar de quedar consternado en el
suelo, se dirigió de nuevo hacia la escalera. Para sorpresa se los presentes, esta vez no hizo falta que el investigador interviniera. Los otros cuatro primates se lanzaron sobre el héroe y le obsequiaron con una paliza impresionante.
Era muy raro que algún miembro del grupo intentara pisar ni el primer peldaño de la escalera. Pero cuando esta rareza tenía lugar, rápidamente los otros cuatro impedían con agresividad el hecho. Así pasaron las semanas, hasta que los investigadores jubilaron a uno de los animales e introdujeron a un nuevo. Éste, en cuanto vio la ristra de plátanos, se abalanzó sobre la escalera, recibiendo de los demás la respuesta habitual. Tras pocos intentos, el nuevo dejó la escalera y los plátanos tranquilos. Entonces, los investigadores volvieron a sacar un mono antiguo y a meter un mono nuevo. Así ocurrió con todos: poco a poco los cinco monos originales dejaron de participar en el experimento. Los que habitaban la jaula eran todos noveles. Lo interesante es que nadie intentaba subir por la escalera, aunque ninguno de estos animales hubiera tenido ninguna experiencia en el establecimiento de la norma “No subir la escalera”. Si alguien lo olvidaba momentáneamente y subía por alimento, los cuatro restantes lo castigaban con agresividad.
El experimento de los monos (no importa si se realizó o no) muestra un hecho importante por su frecuencia social: las normas y los hábitos tuvieron alguna vez un sentido, lo que no los hace necesarios en el tiempo. Se ha denunciado ya hasta la saciedad que vivimos para los medios en lugar de para los fines. El crecimiento es un buen ejemplo de ello. Se supone que es un medio para alcanzar el bienestar o la dicha sociales. Si alguien lanza la voz en contra del crecimiento, afirmando que no se está derivando bienestar generalizado, encontrará abundantes compañeros de especie capaces de castigar su osadía, sin ser conscientes de en qué medida crecer es una norma necesaria o prescindible. Es más, el crecimiento no puede ser o no debe ser jamás un procedimiento. Como mucho, será una consecuencia. No es aceptable “crecer para”, sino comprensible “crecer debido a”. Los comportamientos pueden llevar al crecimiento como resultado. El objetivo es, por ejemplo, aumentar el bienestar compartido. Su planteamiento lleva a la elaboración de procedimientos que lo hagan real. Finalmente, podemos observar, tal vez, que en la búsqueda de ese bienestar compartido se ha generado (efecto colateral) crecimiento económico. En la práctica de generación de mensajes de los líderes políticos y de consumo acrítico de discursos por parte de la audiencia, los resultados pasan a ser agentes culpables. Si tras una gestión la inflación ha aumentado, se escucha con frecuencia “esto es debido a la inflación” como si se le echara la culpa a ese personaje de lo que está ocurriendo (Rodríguez, 2004). Llegamos, finalmente, a personificar conceptos. Así, parece que hoy las decisiones no las toman los políticos, sino un señor que tiene el don de la ubicuidad y que llaman Crecimiento.
Si no sólo la idea del crecimiento sostenible es difícil de creer en muchos aspectos, sino que además se llega a concebir que el crecimiento en sí es nocivo, sólo queda una posibilidad: decrecer. Todo lo demás es negar la evidencia de los estilos de vida basados en el despilfarro (Barcena, 2005).
La lógica parece aplastante, pero requiere matices. Una de las críticas habituales que se lanzan desde el modelo imperante de crecimiento ante las resistencias puede calificarse de “argumento del progreso en paquete”. Este procedimiento de defensa establece que los logros innegables que ha conseguido la humanidad (avances en la medicina, en el bienestar, en las comodidades, en las tecnologías de comunicación...) constituyen una cara de la moneda de nuestro modelo de progreso. No se puede criticar sólo uno de los lados, puesto que implica prescindir de la moneda en su conjunto. Así, se argumenta que la resistencia al modelo actual de evolución y desarrollo lo que pretende es volver a la época de las cavernas o al derecho de pernada de la Edad Media. Es un discurso que no merece esfuerzo en ser rebatido, más aún cuando ya hemos mencionado que la evolución es compleja e implica cambios cualitativos y cuantitativos de signos diversos y que los
acontecimientos no son necesarios sino que pueden ser elegidos. Lo importante aquí es que la primera crítica a la idea del decrecimiento sostenible es la del argumento del paquete: decrecer implica desandar, retroceder en la evolución, volver a las cavernas y a la barbarie.
El decrecimiento sostenible es un concepto más amplio que el famoso crecimiento sostenible, puesto que pretende ir más allá del discurso energético, incluyéndolo. Se asienta en una preocupación en la que pesa, del mismo modo y de forma directa, las repercusiones sociales y psicológicas. Es un llamamiento a mantener lo que hemos conseguido de positivo (como el progreso en el discurso ético y en el conocimiento), prescindiendo de lo negativo (como la adicción consumista o la ignorancia). Es un llamamiento a vivir bien, a llevar una buena vida, lo que incluye no sólo a los individuos, sino también y especialmente, a los patrones de convivencia. Esta filosofía de vida admite a su vez graduaciones que incluyen incluso el objetivo extremo del decrecimiento “total”. En esta línea, “el decrecimiento es una gestión individual y colectiva basada en la reducción del consumo total de materias primas, energías y espacios naturales gracias a una disminución de la avidez consumista, que nos hace querer comprar todo lo que vemos” (Honorant, 2006).
La idea es bonita, cuando menos. Y así es como comienza a ser estigmatizada, puesto que frecuentemente se la tilda de engendro romántico inconsciente, puesto que lanza objetivos inconsistentes con los medios para conseguirlos.

Las principales críticas son:

1. No es un modelo o una teoría, es una intención difusa. La defensa de
esta idea no va más allá de proponer objetivos atractivos sin acompañarlos
de los modos efectivos de llegar a ellos. No hay una alternativa
al sistema actual, sino una oposición o resistencia.

2. Es una propuesta inconsciente, principalmente en dos aspectos. Por
un lado, ignora las repercusiones que el crecimiento tiene en elementos
fundamentales para la estabilidad social, como el empleo. El decrecimiento
es en sí insostenible, puesto que dañaría las entrañas del
modo con que generamos puestos de trabajo. Al disminuir
drásticamente el consumo, se disminuye la producción y, con ello, el
empleo. El remedio es peor que la enfermedad. Por otro lado, es una
idea de los privilegiados del mundo. Una vez que han probado la
miel, desean prohibirla a los demás. La propuesta del decrecimiento
prohibirla a los demás. La propuesta del decrecimiento condena al
Sur a la miseria, puesto que le impide acceder a las cotas de desarrollo
que sólo puede permitir el modelo productivo. “Estos adeptos contemplan
un verdadero decrecimiento de los productos finales, pero
olvidan a las naciones menos desarrolladas, cuyo desarrollo pasa todavía
por el camino material” (Passet,2005:4).

Las respuestas a estas objeciones:

1. No hay nada que pueda ser más concreto que la misma realidad. Toda
alternativa propuesta está condenada a ser más difusa e incompleta
en su desarrollo. Si el decrecimiento sostenible es una idea que
apenas está cobrando forma en algunas iniciativas minoritarias, la
crítica de incompletud es fácil e inmediata, no añade nada.

2. El modelo predominante de desarrollo se ha mostrado altamente ineficiente
y dañino en múltiples frentes. No tiene fuerza de contracrítica,
no puede suministrar resultados que avalen su permanencia. No
podemos ir a peor. Cualquier alternativa coherente con los principios
del pensamiento ético merece la oportunidad de ser ensayada en el
contexto de la realidad.

3. La evolución de los mercados se está desligando del par consumoproducción.
La economía, gracias a la preponderancia de la dimensión
financiera, es cada vez más virtual. El valor de una empresa, por
ejemplo, puede aumentar al disminuir su producción, lo que era impensable
hace poco tiempo. La llamada “generación de riqueza” es
cada vez más independiente de los procesos de producción.

4. El sistema actual tiene dos repercusiones crecientes en el mercado
laboral: genera paro y disminuye la calidad de las condiciones laborales.
El modelo de la fábrica difusa (Coq, 2003), la disminución de la
competencia mediante los procesos de fusión y apertura de mercados,
y la inversión tecnológica, están disminuyendo drásticamente la
necesidad de mano de obra, a la vez que ésta se orienta cada vez
más hacia las regiones más dispuestas a prostituir a su población.
Los pronósticos en términos de mano de obra ocupada y de condiciones
laborales son muy deprimentes. Un decrecimiento que vaya
orientado a generar un nuevo estilo de vida más saludable es incapaz
de hacer más daño al mercado laboral.

5. El decrecimiento implica potenciar el ocio frente al trabajo. Propone
invertir la tendencia actual en la que ambos cónyuges deben estar
abosorbidos en procesos laborales que les implican cada vez más
tiempo. Aspirando a menos posesiones es posible percibir menos ingresos
y destinar tiempo de ocio que lleva, entre otras ganancias vitales,
al disfrute familiar. Se liberan necesidades de ocupación que
pueden ser asumidas por otras personas. Hay, pues, dos fuerzas que
se contraponen: se reduce la producción, pero también el número de
horas de trabajo necesarias por persona. No podemos pronosticar
con seguridad cuál de ambas reducciones es mayor a la otra. Si unimos
a ello la tendencia del crecimiento (insostenible o sostenible)
hacia la generación de paro, está claro que el decrecimiento ha de
llevar a un beneficio laboral.

6. Se está negando la capacidad de la sociedad para adaptarse a los
cambios. Durante el pasado, la economía se ha hecho dependiente de
la violencia. Cabría pensar que todas las personas suscribirían el deseo
de que desaparezca toda forma de violencia: no hay guerras, no
hay asesinatos, no hay agresiones físicas ni psicológicas... Sin embargo,
pensando en las consecuencias de este deseo, hay que asumir
que la sociedad tal y como la conocemos desaparecería. Si el cambio
fuera brusco, la primera consecuencia se mediría en la pérdida de millones
de puestos de trabajo que hoy viven directa e indirectamente
de la violencia. ¿Implica ello que deberíamos mantenerla, para seguir
ocupando nuestro empleo? Ensayemos el argumento complementario:
incrementemos los puestos de trabajo y la riqueza del país formando
grupos delincuentes. Sería interesante medir, por ejemplo,
cómo los disturbios recientes en Francia se traducen en un incremento
de su PIB.

7. La crítica supone un decrecimiento brusco. Esta sospecha es incompatible
con la idea de sostenibilidad. En el mejor de los casos, la intención
del decrecimiento sostenible puede propagarse entre minorías,
con una lentitud previsible. Es ridículo que el elefante tema a la
hormiga. La capacidad de adaptación de la sociedad a este nuevo estilo
de vida, respetuoso con uno mismo y con los demás, con el planeta
que habitamos y los valores en los que creemos, es posible y
necesario. Los partidarios del decrecimiento sostenible no vamos a
tener tanto poder como para desestabilizar el sistema de hoy a mañana.


Sobre los comportamientos de consumo

Cuando nos preguntamos por el origen de las injusticias, casi siempre se
las carga el mismo: ‘el sistema’. Es decir, los grandes poderes económicos.
Ahora bien, existe un vínculo directo entre el poder económico y cada uno
de los ciudadanos: el consumo. Nos guste o no, seamos o no conscientes de
ello, todos somos una pieza clave del tal denostado ‘sistema’. Ello puede ser
visto como una carga de culpabilidad que no queremos soportar. Pero también
puede ser visto como una situación estratégica inmejorable: sin nosotros,
el timón no gira” (CRIC, 2000:8).

De una forma natural, el objetivo del decrecimiento sostenible lleva hacia el comportamiento de consumo. Hay varias razones para ello. Por un lado, los mecanismos de producción obedecen a procesos esclavizantes. Las decisiones de las empresas se encuentran fuertemente mediatizadas por las consecuencias de la competencia. Así, por ejemplo, las organizaciones cierran sus factorías en Europa del Oeste para abrirlas en regiones donde se reducen drásticamente los gastos de mano de obra y las legislaciones de protección
medioambiental son más laxas o inexistentes. Se consigue con ello aumentar los márgenes de beneficio e invertir en la marca o reducir los precios. Mi empresa, entonces, no puede ser menos: o imita el comportamiento o termina quebrando. La esperanza en este campo se encuentra en el comportamiento de consumo, capaz de abandonar el modelo calidad-precio
y la influencia real de la imagen de marca.
A lo largo de estas jornadas hemos escuchado a gente experta en el conocimiento sobre los procesos energéticos, abordando entre otros aspectos, sus experiencias de relación con el poder político. Las conclusiones no son positivas. El líder político puede obedecer al modelo “toma el dinero y corre”.
Pero tampoco es necesario acudir a este perfil para comprender su desidia en considerar medidas juiciosas para regular el crecimiento. Esto se entiende perfectamente al reconocer que todas las propuestas que se han abordado estos días llevarían a un “suicidio político”, pues ninguna de ellas sería bien recibida por la población: ¿más impuestos? ¿Obstaculizando el camino? ¿Generando temporalmente paro? ¿Asumiendo públicamente que la gestión habitual hipoteca el futuro? ¿Enemistándose con la crema política internacional? ¿Desobedeciendo directivas internacionales? Además de un largo etcétera.
Mediante el comportamiento de consumo puede moldearse el comportamiento de producción. Mediante el comportamiento ciudadano puede moldearse el comportamiento político. Pero no son compartimentos estancos, pues todo ello está mezclado y confuso. Se trata de hacer real la ficción que consta en los manuales de marketing, donde se asienta que el poder lo tiene el consumidor y la gestión empresarial debe estar orientada hacia las
necesidades y preferencias de los clientes (Martín, 1999).
El decrecimiento sostenible es una filosofía práctica de vida. Se encuentra en consonancia con movimientos de consumo responsable, de vida lenta, de comida lenta, de gasto mínimo, etc. No puede ser impuesto desde cambios en la producción ni mediante legislaciones. Debe ser voluntaria y libremente asumido por los agentes individuales, como vaticina la teoría (que no la práctica) del mercado y de la democracia. Por ello, el campo de batalla directo no son los pasillos, ni las movilizaciones, ni la acción lobby, sino la mente del consumidor: “El consumidor moderno es físicamente pasivo, pero mentalmente muy activo. El consumo es más que nunca una experiencia que tiene lugar en la cabeza, un asunto del cerebro y de la mente, en lugar de un simple proceso dirigido a satisfacer necesidades biológicas corporales” (Bocock, 1995:79). La mente es el lugar donde campea el marketing comercial y el político (Barranco, 2003). Es donde se construyen necesidades y deseos que sólo el crecimiento insostenible es capaz de saciar, aunque sea una satisfacción fugaz.
Luchar en la dimensión de la mente no implica abandonar otros frentes. Es perfectamente compatible. Pero el énfasis en la mente del consumidor es necesario si se pretende dotar de peso real la idea del decrecimientos sostenible.
En definitiva, pues, para fomentar pues, el decrecimiento sostenible es necesario comprender cómo funciona el comportamiento de consumo.
Me llamo Octave y llevo ropa de APC. Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, tías que nunca son feas, una felicidad perfecta, retocada con el PhotoShop.
Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados. El Glamour es el país al que nunca se consigue llegar. Os drogo con novedad, y la ventaja de lo nuevo es que nunca lo es durante mucho tiempo. Siempre hay una nueva novedad para lograr que la anterior envejezca. Hacer que se os caiga la baba, ése es mi sacerdocio. En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume. Vuestro sufrimiento estimula el comercio. (Beigbeder, 2001:17)


Necesidades

El modelo básico establece que las personas consumimos para saciar nuestras necesidades. Se dice que el marketing no crea necesidades, sino que pretende:

 1) identificarlas, realizando las matizaciones pertinentes (por
ejemplo, considerando segmentos poblacionales, estilos de consumo, etc.) y

2) estimular en los consumidores el deseo de saciar sus necesidades con
mis productos y no con los de la competencia. En este momento, no nos
importan la distinción sobre si las necesidades existen o son diseñadas. Lo
importante ahora es que este modelo es simple, pero efectivo. No considera
variables muy relevantes, como la presión de grupo o la cultura, que recuperamos
un poco más adelante. Pero resulta útil para tener una primera
impresión sobre por qué consumimos.

Si consumimos para saciar necesidades, se abre un debate en torno a qué cosa es esa de las necesidades. Existen muchos modelos teóricos que lo abordan, si bien el que sigue predominando con diferencia es la famosa pirámide de Abraham Maslow (por ejemplo, Solé, 1999 o Manzano, 2003).
Según esta pirámide, las personas contamos con una jerarquía de necesidades. Sólo nos planteamos saciar unas cuando las anteriores están ya cubiertas. La pirámide cuenta con cinco escalones. Según Maslow, lo primero que intentamos saciar son las necesidades fisiológicas (sed y hambre). Si éstas están cubiertas, la siguiente prioridad son las necesidades que atañen a la seguridad (protección de la integridad física, de la salud, de las posesiones...). Alguien puede poner en peligro su vida o su salud o su integridad física si no tiene qué comer y la acción le permite saciar esta necesidad fisiológica. Las sociales implican mantener relaciones con los demás, sentir que se pertenece a un grupo, que se sabe de él, etc. Las de estima implican a la necesidad de sentirse aceptado por los demás y reconocido socialmente, lo que lleva a la autoestima. Por último, sólo las personas privilegiadas (porque tienen cubiertas las necesidades anteriores) se ocupan de la autorrealización, que conlleva el espíritu de superación o de autoconstrucción ante ideales.
El modelo es generalmente aceptable, pero cuenta con muchas incoherencias y es incapaz de explicar muchos comportamientos. Ocurre, por ejemplo, con los deportes de riesgo, donde la necesidad de autorrealización se antepone a la propia supervivencia. Otro ejemplo es la anorexia, donde la necesidad de estima puede llevar a la muerte por inanición. Además, algunos comportamientos, como los que se llevan a cabo en sacrificio de los
demás, son difíciles de situar en la pirámide.
El modelo es defectuoso porque subestima la influencia de la cultura y de la presión de grupo. Observemos que la cultura “incluye la totalidad del modo de vida de los individuos que constituyen una sociedad, todo lo que aprenden como miembros de tal sociedad; es un modo de pensar, de actuar y de sentir” (Cruz, 2001:55). Así, por ejemplo, en un país donde el hambre es visible y constituye un problema percibido grupalmente, la necesidad de comer es a la vez individual y colectiva. En esa sociedad, la anorexia es ridícula, no tiene cabida. En sociedades como España, donde existen millones de pobres y se pasa hambre, pero de una manera invisible, es decir, donde los diseños urbanísticos, las políticas locales y los medios de comunicación consiguen hacer invisibles la pobreza y el hambre, la necesidad de comer no es evidente y no participa de los esquemas de valor de la sociedad. No obstante, la cultura absorbe los estándares estéticos como criterios trascendentes y la presión de los grupos moldea el comportamiento de sus miembros.
En tales circunstancias, alguien se encuentra más motivado por dejar de comer y adquirir una silueta que percibe como ideal, retando la clasificación de Maslow. La cultura y la presión de grupo son aspectos que ejercen una poderosa influencia sobre el comportamiento individual, trastocando la jerarquía de la pirámide de Maslow. Por esta razón, el poder de la sociedad de consumo no se basa en las necesidades fisiológicas o biológicas de los individuos, sino en la acción mediante los grupos y en la construcción cultural de escalas de valor. En otras palabras, las necesidades que buscamos saciar están más definidas fuera que dentro de nuestra piel. El comportamiento de consumo, por ello, puede controlarse interviniendo en los factores sociales que ayudan a moldear los apetitos, deseos o percepción de carencias.


Energías

Un anuncio en sí es poco efectivo. Pero para entender su influencia hay que considerar ineludiblemente el contexto en donde se inserta. Supongamos que es necesario emplear una energía e para llevar al individuo i a tomar la decisión de adquirir el producto p. Esta energía puede descomponerse en varios elementos. Las personas contamos con un estilo único e irrepetible porque somos únicas e irrepetibles. Algo nos es peculiar. Pero tenemos mucho más de parecidas que de diferentes. El comportamiento se explica en buena parte por componentes externos a las personas y que tienen que ver con el entorno social amplio (como la cultura) y el entorno social reducido (como los grupos de pertenencia y de referencia). Tengamos en cuenta que las persona crecemos, nos hacemos mediante los procesos de socialización, en los que hacemos nuestros los valores grupales y el orden establecido (Gómez Jaldón, 2001). En ese marco tiene lugar cualquier estrategia de marketing político o comercial, además de toda acción social (como las que protagonizan los movimientos sociales). Simplifico el modelo en un espacio de dos dimensiones y sólo con tres componentes (dos elementos e1 y e2, además de la energía específica de la campaña que pretende promover la adquisición específica, ec). Las figuras 5a, 5b y 5c muestran diferentes escenarios. En 5a se encuentra el objetivo: es necesario emplear la energía total e para conseguir que i adquiera finalmente el producto p. La figura 5b se ocupa del caso en que los componentes cuentan más o menos con la misma orientación.
El esfuerzo específico (ec) que ha de realizar la campaña de marketing es minúsculo. En la figura 5c, no obstante, es necesario implicar una energía ec desorbitada. Las energías implicadas en proyectos de promoción del consumo se encuentran en la situación 5b. Las del decrecimiento viven en 5c.
Siguiendo con el mismo recurso, muchas ec con la misma orientación conseguirán ejercer una influencia que irá calando poco a poco en todos los componentes. En la actualidad, el cine (en salas y especialmente en la televisión), con un consumo uniforme en torno a los valores prioritarios en Hollywood, ayuda a comprender la escala de valores y de apetitos. Entendemos, entonces, que en estos momentos el entorno cultural, los procesos de socialización y la presión de grupo en la mayoría de los casos, coinciden en propiciar un consumo compulsivo, una búsqueda insaciable de satisfacción de necesidades orientada al apetito individual. Cualquier energía específica ec orientada a propiciar un consumo del tipo insostenible va a requerir menor esfuerzo que la que busque un consumo decreciente. Dado que el entorno cultural y social no son propicios, el mensaje del decrecimiento sostenible sólo tiene esperanzas inmediatas en grupos minoritarios que hayan canalizado la resultante energética de sus miembros y en individuos que cuenten con un componente específico muy especial. Sin embargo, insisto, los mensajes crean un campo propicio si son coincidentes. Hay que tener paciencia.
Para entender el comportamiento de consumo no es suficiente con adentrarse en el papel de las necesidades y los deseos, ni dialogar con las energías necesarias para propiciar motivaciones de acción. Es fundamental incluir un tercer componente: la dimensión simbólica.


Dimensión simbólica

Hace ya tiempo que las empresas no venden objetos porque las personas nos los compran. No son productos ni servicios lo que adquirimos, sino símbolos. Los mayores esfuerzos en el mercado de productos se centran en construir imagen de marca. Existen, además, muchos recursos para cuantificar esta imagen. Pensemos por ejemplo en dos balones de fútbol con la misma calidad, el mismo tamaño, los mismos materiales, el mismo color, la
misma apariencia, ocupando el mismo espacio en el mismo escaparate de la misma tienda el mismo día, recibiendo la misma cantidad de luz en las mismas condiciones. Son dos copias del mismo objeto, salvo en un detalle: uno de ellos tiene un dibujo, el símbolo de Nike. ¿Cuánto están dispuestos a pagar más por una pelota que por otra? Hay quien será capaz de abonar más del doble por el balón de Nike, lo que muestra que valora mucho más
la marca (lo que significa ese símbolo, los valores, deseos, sueños, estilos de vida, etc. a los que está asociado) que el objeto a través del que se expresa.
Adela Cortina (2002:46) señala que “importa recordar que más que los caracteres físicos de los bienes cuentan los simbólicos, ligados a sistemas sociales de creencias, a las capacidades personales y a la identidad social y moral de las personas”. Y Bocock (1995:111) reclama que “En las formaciones sociales prósperas del capitalismo occidental moderno, el consumo debe ser considerado como un proceso gobernado por el juego de los símbolos, no por la satisfacción de necesidades materiales”.
Las personas nos vamos construyendo en la búsqueda de una identidad reconocida dentro y fuera de la piel. Esta identidad cobra forma mediante estilos de vida. Y hoy los estilos de vida van indisolublemente ligados a estilos de consumo. Lo esperable es optar por engancharse al carro del crecimiento insostenible mediante la actitud de compra conscientemente ciega (ver los tres paradigmas, más adelante). Como afirma la misma de nuevo Cortina (op.cit.:99): “el consumo puede servir, no sólo para satisfacer necesidades
y deseos, para compensar a los individuos que se sienten inseguros o inferiores, para simbolizar éxito o poder, para comunicar mensajes, sino también para crear el sentido de la identidad personal o para confirmarlo. La clave de la identidad y el estatus social parece no consistir ya en el sueldo, la ocupación o la clase, sino en el estilo de vida elegido, que puede ser cualquiera, con tal de que se cuente con la capacidad adquisitiva para costearlo.
Las teorías sociológicas empiezan a interesarse por los estilos de vida precisamente por su importancia para la configuración de la identidad social, y los especialistas en marketing, por su importancia para la venta de productos del mercado.”


Los tres paradigmas

Existe una especie de orgullo de la ignorancia que mantiene la creencia de que es admisible que una persona se ocupe únicamente de satisfacer sus deseos, sin que proceda plantearse el conocimiento sobre las consecuencias de sus actos ni el conocimiento sobre el origen de sus decisiones. En ello participan tres paradigmas fuertemente arraigados:

1. De la especificidad. Las cosas son complicadas y cualquier persona no
puede con todo. Es necesario trabajar en grupo y ello implica construir
parcelas y que los individuos se especialicen en unas, lo que les
impide entender de las demás. Trabajar en grupo no se refiere a establecer
entre todos sus miembros objetivos comunes y repartirse las
tareas. En este paradigma, trabajar en grupo implica que también
hay especialistas en diseñar los objetivos del grupo y que sus miembros
sólo tienen competencia en un área limitada que se encuentra
lejos de la misión del conjunto. El grupo, la región, el planeta funcionan
bien si se respetan estos compartimentos, si dejamos a los especialistas
el ejercicio de sus competencias. Maestro de mucho, oficial
de nada. Zapatero a tus zapatos. Cada cual a lo suyo. El sistema de
gestión social funciona en la medida en que aceptemos el funcionamiento
compartimentado de la especialización. Pensar el mundo es
para especialistas en ello, lo mismo que hacer política, por ejemplo.
Renuncio a reflexionar sobre la trascendencia de mi comportamiento,
la importancia de mi trabajo o las consecuencias de mi consumo. No
son asuntos de mi competencia. Es la de los “gestores” de la sociedad,
es la de los actores del mercado, es la de los científicos o de los
técnicos...

2. De la insignificancia. Una persona por si sola es insignificante. Cada
individuo tiene un poder despreciable para configurar nada. Hagas lo
que hagas, tu peso en el monto total de los acontecimientos del planeta
es infinitésimo si no nulo. Sólo tiene sentido, por tanto, preocuparse
de las consecuencias en el entorno más inmediato: principalmente
en uno mismo y en su propia familia. Como insiste Hollywood,
hay dos cosas importantes en la vida y un corolario. Lo primero es la
propia familia. Lo siguiente es el éxito. Es decir, hay que proteger a
toda costa a los tuyos (que se contraponen a los demás) y hay que
procurar conseguir retos individuales que se inscriben sistemáticamente
en la línea de ser el mejor, ganar, etc. (en definitiva, conseguir
las cosas antes que los otros). Toda acción individual encaminada
a una misión global es, por lo tanto, ridícula e intrascendente. Tu
egoísmo individual o de microgrupo te permitirá dichas a ti y a los tuyos,
mientras que la insignificancia hace ridículo pensar en las conse19
cuencias de tus actos más allá de tu esfera de control. Si todo el
mundo se ocupara de sí mismo y de los suyos, las cosas irían bien. El
corolario establece que hace falta mirar un poco al horizonte y pensar
en los demás a grandes rasgos. Soy insignificante para pensar en la
gestión más allá de mi esfera individual y familiar. Asumo que hay
acontecimientos externos que condicionan mi esfera individual y familiar.
Pero escapan a mi significación y a mi especificidad. No obstante,
hay un ente en el que me inserto y al que debo respeto, energías
y devoción. Es un ente que aglutina mis necesidades de mimo y
cuidado, de seguridad y guía: la patria. Ella me provee el contexto
propicio para mi éxito y la protección de mi familia. El trío mágico de
la insignificancia hacia lo global lo forman, por tanto, YO, mi FAMILIA
y la PATRIA.

3. Del progreso. Las cosas avanzan y lo hacen en el único sentido posible:
hacia delante. No podemos evitar el progreso. Es imparable. Pero
si lo consiguiéramos, sería nocivo, pues suspenderíamos la evolución.
Tal vez volveríamos a las cavernas, o a la opresión de la Edad Media
o... De nuevo Hollywood aparece para mostrarnos que las páginas
anteriores de la historia sólo contienen dictadores, opresión, vidas individuales
que no cuentan nada... El cine no rescata ningún valor positivo
del pasado. Todo en él es oscuro y deplorable. Por suerte, vivimos
en la mejor época de la historia y no podemos permitirnos ninguna
crítica a este proceder que nos ha llevado hasta el maravilloso
hoy. Es impensable tomar lo mejor de cada época y construir con ello
un futuro. La idea es que el progreso va en paquete: o lo tomas entero
o no hay nada. Por ello, recuperar algo del pasado, como el equilibrio
de las personas con la naturaleza, es una amenaza que nos lleva
al retorno de lo oscuro, a la opresión de la nobleza salvaje, a las locuras
de Nerón o a la desprotección de las cavernas. No hay posibilidades
para decidir, pues sólo hay una posibilidad cabal: cooperar (o, al
menos, no entorpecer) con el desarrollo.
Al combinar estos tres paradigmas, el resultado es la impotencia conforme:
sabemos que no sabríamos qué hacer (especificidad), que si supiéramos no
podríamos hacerlo (insignificancia) y que si pudiéramos sería para peor
(progreso).


En este imaginario colectivo se inscriben los actos de consumo.
Finalmente, y ahora ¿qué?
Decía al iniciar el documento, que los científicos sólo tenemos razón, lo que casi no es nada. “Todos queremos pensar que, para causar impacto en los demás, la clave consiste en la calidad de las ideas que usemos” (Gladwell, 2001:143), pero la realidad es muy diferente. Si reconocemos que estamos trabajando en un entorno de símbolos, aunque los problemas tengan una realidad física innegable, para generar efecto hay que manejar símbolos y no sólo datos, lógica, argumentos racionales o información de calidad. Los profesionales de la Ciencia saben hacer muy bien lo que se entiende habitualmente como “su” trabajo: profundizar en los procesos de especialización, generar nuevo conocimiento con las máximas garantías metodológicas y comunicar los hallazgos por las vías internas de la institución. No hay nada que decir al respecto. Somos los mejores. Sabemos hacer muy bien nuestro trabajo, del mismo modo que lo sabe hacer el soldado que aprieta el gatillo desde el pelotón de fusilamiento. Eso sí, tal vez nos falte un poco de visión de conjunto sobre hacia dónde vamos (visión real, es decir, compleja y por lo tanto multidisciplinar). Ahora, en tareas de comunicación externa, el suspenso es insultantemente estrepitoso. Creemos que con la generación de conocimiento, con la creación de datos, se termina el trabajo.
Recuerdo la reacción de una persona muy conocida por mí en torno a un asunto de consumo. Hacía muy poco que terminé de leer un texto sobre dirección estratégica en donde se acudía a ejemplos de gestión empresarial para mostrar los conceptos. En alguna ocasión aparecía el nombre de IKEA y prácticas poco éticas y nada sostenibles que producían excelentes beneficios.
Ello me motivó para investigar algo más su comportamiento y llegué finalmente a la conclusión de que no debería reforzarse su forma de actuar mediante el consumo en sus establecimientos. Había corrido la voz de que la empresa se disponía a abrir una gran superficie en la provincia de Sevilla. Así que la conversación con esta persona derivó hacia el evento. Mostré satisfecho toda la información que había acaparado y el hilo argumental que llevaba hasta la conclusión final. Ella me respondió: “Tienes toda la razón. Me has dejado sin palabras. Vamos, que no puedo decirte nada. Pero estoy deseando que abra IKEA para correr a comprarles cosas”. Y así hizo.
Afirmamos que el petróleo se acaba, que la Tierra oscurece, que estamos cambiando el clima, que las catástrofes naturales tienen cada vez un componente más artificial, que el colapso está a la vuelta de la esquina... ¿Y bien? Recordemos que el miedo es eficiente en condiciones muy concretas (Cavazza, 1999): dosis manejables, prevención de la habituación y presentación paralela de alternativas realistas. Vivimos en la época del miedo al terrorismo y a otros monstruos que lo refuerzan esporádicamente, como es el caso de la gripe aviaria (Manzano, 2006). Ya estamos saturados de miedo.
Los especialistas en su gestión se nos han adelantado. No sirve. No funciona.
Si esa es nuestra fuerza, no tenemos fuerza.
Tenemos pues que decrecer requiere la colaboración de la ciudadanía, pero ésta no se encuentra muy dispuesta a colaborar. En parte fue la ciudadanía la que echó abajo los regímenes comunistas de la Europa del Este. En la versión romántica, lo hizo en la lucha por las libertades. Pero no nos engañemos, el ansia de consumo tuvo un papel importante (Bocock, 1995). Ahora vamos a pedirle que consuma distinto en un doble sentido: menos en
cantidad y de forma responsable, inteligente o sostenible en cualidad.
Así pues, tenemos razón, lo que es muy poco. Nuestra fuerza consiste habitualmente en mostrar los resultados de investigación, señalando la relación entre comportamientos de consumo y consecuencias sociales y medioambientales desastrosas. Pero reconozcamos que es como acudir a razones para conseguir que un fumador deje el tabaco. No existe un
argumento tan contundente: eso que estás haciendo no es que te matará, es que te está matando. No contamos con una medida cognitiva más clara.
Y, sin embargo, reconozcamos que no funciona. No podemos aspirar a que una argumentación que se refiere a consecuencias menos contundentes y en otros agentes (el medioambiente, otras personas que no se ven, generaciones futuras...), o en uno mismo pero con argumentos indirectos, tengan más peso.
Las personas, más ahora que nunca antes, viven para sus deseos y no están dispuestas a sacrificarlos. Muy bien que luchemos por un mundo mejor, pero no me pidas que cambie mi estilo de consumo y mucho menos que lo reduzca.
 ¿Qué?
 ¿Debo dejar el coche e ir en transporte público o bicicleta?
¿Cómo?
 ¿Que para qué sirve el televisor?
Aún sabiendo que el acto de compra no va a satisfacer mis carencias y que desearé seguir insistiendo en ello. Aún sabiendo que mis deseos son diseñados fuera de mi piel y que soy pasto de las técnicas de persuasión. Aún sabiendo que nada de lo que hago en este campo va a reportarme ninguna partícula de felicidad, seguiré haciéndolo porque así soy y así me comporto.
El sacrificio que me pides es excesivo. En este caldo psicológico es donde
estamos intentando intervenir.
Como siempre, no hay sólo una puerta abierta para probar la capacidad de construir otro mundo. Y no hay que evitar tampoco las que permanecen cerradas, de momento. Lo que sigue son sugerencias. En la intención de arriesgarme a lanzar propuestas, por muy pueriles, utópicas o poco fundamentadas que puedan parecer algunas de ellas. La primera de todas es, precisamente, no temer al fracaso o al error. Y es la que sigo en este punto.


Algunas puertas son, pues:

Insistir en la razón
Decía que tener razón no es suficiente. Pero es necesario. Es la vía que mejor
controlamos, la que se basa en la generación de conocimiento mediante
la investigación. Y tenemos que seguir haciéndolo. Constituye además la
materia prima para todo lo demás, a la vez que la base del prestigio que
posee la ciencia y sus profesionales.

Investigar científicamente la acción
No hay conocimiento de mejor calidad que el científico. Aprovechémoslo.
Somos el herrero que utiliza cuchillo de palo en casa. Nos comportamos
como el padre que castiga a su hijo para que aprenda, cuando se da la circunstancia
de que es psicólogo y sabe perfectamente que el castigo es la
peor estrategia de aprendizaje que existe. Somos el médico que fuma. Pero
vivimos de la investigación. Y tenemos un problema: cómo conseguir la
efectividad cuando el objetivo es promover un mundo no sólo sostenible,
sino digno de ser vivido sin temor al futuro ni al presente. Pues bien, investiguemos
cómo conseguirlo. Utilicemos nuestro famoso método. No hay por
qué dejar la ciencia a un lado durante la acción social.


Trabajar en la dimensión simbólica
Insistamos en ello una vez más: el problema es real, pero la batalla tiene lugar en la dimensión de los símbolos. Si bien parece que somos torpes en ese campo, contamos con un elemento simbólico poderoso: el prestigio. La ciencia se concibe como un juez objetivo, poseedora de la verdad y llevada a cabo por personas que no tienen otro interés que generar conocimiento. A un científico se le puede considerar despistado, pero sincero y sabio. Utilizar el prestigio que la ciencia ha adquirido desde la visión de la sociedad es una
buena medida para devolverlo en forma de beneficio social. Sin embargo, nos hace falta mucho más que eso, es importante trabajar en equipo para utilizar el conocimiento de lo simbólico que manejan las ciencias relativas al comportamiento humano: comunicación, psicología, sociología, marketing o antropología, por ejemplo.

Superar las barreras disciplinares
Como sabemos, la realidad no entiende de disciplinas. Los problemas, como
el mundo, son complejos. Un experto en clima va a ser capaz de cambiar
pocas cosas por si mismo. Es necesario construir espacios de aprendizaje y
acción donde compartan motivos gente experta en disciplinas cuanto más
dispares mejor. La experiencia del colectivo Universidad y Compromiso Social
(www.us.es/compromiso) en Sevilla es muy válida en este sentido. Llevamos
cuatro años construyendo aprendizaje mutuo gente de economía,
psicología, agronomía, comunicación, física, arquitectura, geografía, pedagogía,
sociología, medicina, biología, informática, matemáticas, etc. Hemos
llevado a cabo acciones que sólo son viables cuando se trabaja en equipos
multidisciplinares. Y hemos llegado a comprender muchas cosas con un
grado de coherencia que sólo se consigue cuando se trabaja en equipos
multidisciplinares.


Actuar sobre los tres paradigmas
Mientras el modelo de la impotencia conforme lidere las decisiones y los
comportamientos de la población, hay pocas esperanzas de éxito. Toda acción
que consiga recuperar la conciencia colectiva de poder y el espíritu crítico
debe ser bienvenida y apoyada. Es imprescindible, pues, trabajar para
derrumbar los paradigmas de la especificidad, de la insignificancia y del
progreso. El famoso efecto mariposa nos enseña que no podemos predecir
con seguridad dónde se encuentra la llave que abre la puerta definitiva, si
es que existe. No sabemos qué acción concreta va a reportar a la larga el
efecto más evidente.
Una acción que ayude a algunas personas a sentirse competentes socialmente
o a derrumbar el paradigma de la especificidad o a dudar sobre el
progreso, es trabajar en el mismo frente. Las iniciativas sobre presupuestos
participativos (cuando en efecto son participativos), rompen el hielo en comunidades
estáticas. Una vez dinamizadas, descubren los beneficios de la
activación. Así ocurre cuando se lleva conocimientos relevantes a la calle,
cuando se fomenta el asociacionismo, cuando se diseñan espacios urbanos
comunes donde la ciudadanía coincide y los hace suyos. Para el objetivo de
contar con la colaboración de las personas, es imprescindible romper el muro
de impotencia conforme que las rodea e inutiliza.

Favorecer alianzas con otros agentes
Entre otras cosas, la Ciencia es muy pulcra y escrupulosa con sus contactos.
No sólo no se roza con otros posibles agentes de cambio social, sino que los
ataca. Pero si nos preocupa el presente y el futuro, si tenemos el objetivo
de conseguir éxito sin perder la guía de la ética, es decir, sin sacrificar los
fines al escoger los medios, entonces hay que aliarse con los agentes de
cambio que también cumplen con estos requisitos. Me refiero principalmente
a dos: los movimientos sociales y las religiones.
Con respecto a los primeros hay menos reticencia. Se les suele concebir
como grupos especializados en el ruido y la fuerza bruta. Pero un vistazo,
aunque no sea muy profundo, a la historia de estos dos últimos siglos, mostrará
que la Ciencia ha tenido poca responsabilidad en los derechos que gozamos
(y que estamos perdiendo) hoy, en el progreso de la conciencia ética,
en los valores generados en torno a las personas y al planeta en su conjunto.
En ello tienen mucho más peso las batallas de los movimientos sociales:
obreros, feministas, ecologistas, de derechos humanos, etc. Hay que
aliarse con ellos, no sólo porque constituyen la mano de obra del cambio,
sino porque también nos necesitan. Se da la circunstancia de que mucha
gente de la Ciencia y de la Academia lleva una especie de doble vida, en la
que mantienen un pie en la movilización social y otro en el respetable mundo
de la generación prestigiosa de conocimiento. Hay que potenciar que la
ligazón sea intensa y continua.
Emilio Menéndez4 llama la atención sobre el hecho de que buena parte de la
humanidad no tiene recursos económicos para acceder a energías renovables,
pues las no renovables son más baratas a corto plazo. Es decir, son
necesarias más dosis de justicia social y de compromiso global para hacer
creíbles los objetivos del desarrollo sostenible. Cualquier acción o investigación
que se maneje en el terreno de la realidad muestra que los objetivos
de muchos frentes coinciden entre sí. Ha ocurrido, por ejemplo, en las batallas
de movimientos por los derechos humanos, como Amnistía Internacional
y movimientos ecológicos como Greenpeace. Durante un tiempo llegaron
a sufrir roces por considerar que luchaban en objetivos incompatibles
dentro de los mismos escenarios. Pero el tiempo ha mostrado exactamente
lo contrario (Sach, 1996). Al final, trabajamos en el mismo frente y es necesario
darnos a conocer, establecer vínculos, limar asperezas y hacer fuerza.
Si con los movimientos sociales existe cierta sintonía, con respecto a las
religiones hay una reticencia visceral. En el inconsciente colectivo de la
Ciencia se encuentra la batalla continua entre la razón y la fe. Nosotros nos
hemos hecho responsables de la victoria de la primera y de un enfrentamiento
que va restando poder explicativo y existencial a la segunda. Pero
4 La próxima crisis de los hidrocarburos. Conferencia impartida en este mismo Encuentro
de Primavera de CiMA: Energía y Sociedad: los debates sobre el agotamiento
del petróleo y el decrecimiento sostenible. Madrid, 2006.
Las religiones podrían ayudar a vencer la ideología del consumismo y las
prácticas socioeconómicas asociadas al consumo, antes de que el deterioro
del planeta sea demasiado grande y no permita el mantenimiento de formas
civilizadas’ de vida” (Bocock, 1955:176).
Hay que pensar y ensayar. Hay que tener una perspectiva abierta (la que se
supone al espíritu científico) para que, sin dejar de ser Ciencia, combinemos
nuestros esfuerzos con movimientos religiosos e incluso con estructuras y
poderes religiosos. La religión se maneja mejor que nadie en la dimensión
de lo simbólico y por ello puede trabajar perfectamente en el terreno de
batalla del consumismo. Guía a millones de fieles en todo el mundo y todos
los libros religiosos consideran la contención, la vida moderada y el espíritu
de sacrificio a favor de los demás. No nos peleemos, unamos las fuerzas
porque el fin es común y el destino del planeta y de sus habitantes lo merecen.
Si alguien conoce, por ejemplo, a integrantes de movimientos cristianos
llamados “de base”, deberá reconocer que son gente extraordinariamente
necesaria. Han nutrido y siguen nutriendo batallas que sólo se entienden
por la motivación de ayudar a la victoria de la justicia. No son nuestros
enemigos, sino nuestros aliados. Lo dice alguien que se instala en el agnosticismo
en los términos que describía Tierno Galván (1975): encontrarse
perfectamente instalado en la finitud, sin requerir en ningún momento la
trascedencia ultraterrena ni una voluntad divina. Pero eso no nos hace
enemigos sino diferentes. Y nos cansamos de decir que en la diferencia está
no sólo lo que merece la pena ser vivido, sino el futuro. Trabajar estableciendo
alianzas con religiones es constituir un vínculo de acción de extraordinario
poder. Estamos hablando de hacer que razón y fe vayan de la mano
para procurar el ansiado bien común.
Utilizar las estrategias de la “epidemia”
Para Gladwell (2001), los cambios sociales exitosos se comportan como epidemias
que requieren:

1. Acudir a individuos “especiales”: personas que conocen a mucha gente
de contextos incluso muy diferentes (conectores); personas que
generan y acumulan información actualizada (mavens); y personas
con una alta habilidad para persuadir (vendedores natos).
2. Contar con un mensaje con gancho.
3. Actuar sobre el contexto en donde se desarrollan los acontecimientos
que se desean modificar, lo que implica identificar los pequeños detalles,
fácilmente accesibles, cuyos cambios poseen grandes efectos.

Éstas y otras estrategias cognitivas son utilizadas para promover el éxito en
las organizaciones empresariales. Es importante conocer cómo funcionan las
entrañas de esa acción efectiva. Recordemos que su capacidad de influencia
es muy inferior a los resultados, porque trabajan en el mismo sentido que el
entorno cultural y social y lo vienen haciendo desde hace dos siglos con
gran frecuencia. Es demasiada fuerza bruta como para no ser efectiva. Re
cordemos el esquema de las figuras 5i. Al utilizar las mismas estrategias
para procurar el efecto contrario, no vamos a obtener los mismos resultados
efectivos. Aún así, la frecuencia en el tiempo hace su trabajo.
Tomar presencia en los medios
Para ello es importante poner en marcha tres procesos: (1) establecer vías
de comunicación con la prensa, la radio y la televisión. Toda asociación
científica comprometida con estos fines debería contar con un departamento
de comunicación. Los medios agradecerán este esfuerzo. En su práctica cotidiana
no pueden hacer otra cosa que beber de las informaciones y las versiones
que están disponibles. Una voz experta es un elemento fuertemente
valorado. Para ello es necesario no frustrar las expectativas acudiendo a un
lenguaje incomprensible. (2) Generar los propios medios internos y externos
de comunicación, por ejemplo mediante el recurso de Internet. (3) Implicar
esfuerzo en formar a sus medios en labores de comunicación y apoyar
especialmente a quienes parecen contar con mejores habilidades en este
campo.
Hay que tener en cuenta que el conocimiento no se transmite, se genera. Lo
que se transmite es la información (Casals, 2003). Los receptores construyen
conocimiento a partir de la información que reciben. Por ello, generar
datos es una actividad que no implica conocimiento en sí misma. Divulgar la
información y saber transmitirla para propiciar la creación de conocimiento
en los receptores, sí es un factor decisivo. La alianza con los medios es, en
este objetivo, un paso fundamental.

Contagiar la ética ampliada de la investigación
Lo que suele conocerse como ética de la investigación es un cuerpo que se
limita básicamente a dos esferas: el interior de la ciencia (comprometámonos
a prácticas que nos permitan fiarnos unos de otros) y a los participantes
en los estudios (principios de respeto, beneficiencia y justicia, por ejemplo
[FHI, 200]). Urge divulgar y contagiar una ética ampliada que considere
además las causas de nuestros problemas de investigación y las consecuencias
de nuestras acciones y omisiones como agentes investigadores y, por
tanto, generadores de conocimiento. Es importante promover la preocupación
sobre los problemas que se están abordando desde la Ciencia y los que
se omiten abordar y cuáles de ellos son más urgentes, cuáles requieren
nuestro esfuerzo con más premura. Es una batalla difícil porque la Ciencia,
mal nos pese, se mueve por cuestiones de fe y de inercia más que por otros
motores que se le suponen.

Promover movimientos sociales en el propio seno de la Ciencia
Los movimientos sociales se construyen en torno a una ideología y a una
conciencia de grupo (Ruiz García, 2001). Por ello, no sólo constituyen una
base socializadora (sus miembros crecen o se hacen asumiendo los valores
del movimiento, al mismo tiempo que los modelan) sino que la cohesión del
grupo es un motor ante la actividad orientada al cambio social. Hacen falta
muchos “científicos de base” para modelar la función de la Ciencia en la solución
de los problemas tanto medioambientales como los que siempre han
acompañado a la humanidad y no se han mermado un ápice con el llamado
crecimiento: sometimientos, esclavitud, violencia, ignorancia, etc.
La democracia avanza, aunque no a golpe de invasiones armadas, sino mediante
el contagio de la cultura de la participación y la aspiración a compartir
la responsabilidad de las decisiones. Ni la Ciencia ni la Academia deberían
permanecer al margen de esta tendencia liderada por los movimientos
sociales, lo que implica generarlos dentro de la Ciencia y de la Academia
con el objetivo de acceder (como grupos de presión, definición u opinión) a
configurar a qué deben dedicarse estas instituciones. En esta actividad, hay
mucho que aprender de los movimientos sociales.
CiMA (www.cima.org.es) es un movimiento social dentro de la Ciencia, del
mismo modo que Universidad y Compromiso Social (www.us.es/ compromiso)
lo es dentro de la Academia. Son asociaciones que dan cobijo oficial,
institucional y formal a movimientos. La práctica demuestra que los cambios
son más esperables cuando se generan desde dentro de las instituciones
afectadas, accediendo a los puestos de poder tanto como constituyendo
grupos numerosos de presión. Los movimientos sociales actúan principalmente
en este segundo campo, si bien propician también el primero. Así
que es fundamental la promoción de estos movimientos en el seno de la
Ciencia, de las Universidades, de las disciplinas...


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