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miércoles, 5 de septiembre de 2012

El principio de responsabilidad de Hans Jonas II





HANS JONAS Y EL PENSAMIENTO POSTMODERNO

La ciencia moderna se encuentra inmersa en una profunda crisis. Vivimos en una época que debe considerarse como un típico momento de transición entre el paradigma de la ciencia moderna y uno nuevo, de cuya emergencia se dan algunas señales y al cual numerosos pensadores dieron el nombre de ciencia postmoderna12.

En ésta, se busca definir el perfil filosófico de la nueva forma de conocimiento, a través de una crítica sistemática de la ciencia moderna. En el propio interior de la comunidad científica se identifica distanciamiento y extrañeza ante el discurso científico, en la medida en que el avance de las especializaciones hace que para el científico, y no sólo para el ciudadano común, sea imposible comprender lo que ocurre en el universo de la ciencia moderna. Desde amplios sectores de la Academia crecen los cuestionamientos, en el sentido de inserir la práctica científica en un ámbito que exceda la conciencia acrítica u oficial de los científicos y de las instituciones científicas, para profundizar el diálogo de esa práctica con las demás formas de conocimientos que la sociedad humana posee.


La discusión sobre la naturaleza de la crisis del pensamiento moderno tiene toda su expresión en el período que vivimos, y cuyo principio se encuentra en el que siguió a la postguerra. ¿Nos encontramos en una crisis de crecimiento o de desestructuración de la ciencia moderna? Algunos pensadores ni siquiera aceptan la distinción entre los dos tipos de crisis, mientras otros hasta se niegan a hablar de crisis cuando se trata de caracterizar el tiempo científico presente. La vertiente del conocimiento que observa el distanciamiento, o hasta la ruptura, de la ciencia moderna con los referenciales de los auténticos valores de la sociedad humana está en la filosofía. Allí se encuentra una voz muy importante, que es la de Heidegger. Para el filósofo alemán, “la ciencia y la tecnología corresponden a una comprensión dogmática del ser que pretende reducir toda la existencia a una pura instrumentalidad, conduciendo, por ese camino, al olvido y a la inviabilidad del proyecto de existencia humana auténtica13”. En esas apreciaciones de Heidegger, es imposible no reconocer a Jonas. No obstante, es curioso que Jonas menciona sólo al pasar a su primer gran maestro a través del Principio de la Responsabilidad. Es posible que esa omisión se deba a una visible complicidad de Heidegger con el nazismo, según lo documenta Víctor Farías14.


Los científicos, que generalmente prefieren dedicarse a sus microscopios y desprecian las reflexiones filosóficas, permanecen de tal modo alejados de la realidad humana y social que Einstein llegó a decir que, evaluados por la ética de filósofos y epistemólogos sistemáticos, los científicos no pasarían de ser “unos oportunistas sin escrúpulos”.


La verdad es que, desde el punto de vista sociológico, el discurso científico es hoy, para el ciudadano común, un oscuro discurso en su conjunto. El agravamiento de la crisis del paradigma de la ciencia moderna está transformando la naturaleza de un problema, que no pasaba de un registro fortuito de un grupo de pensadores, en un amplio movimiento manifestado en el cuestionamiento de las consecuencias sociales de la ciencia. De esa manera, la atención del discurso científico se volverá hacia los auténticos destinatarios que son los que la utilizan, sujetos o víctimas de las consecuencias de las prácticas transformadoras de la ciencia. Como los científicos también son mortales y hacen parte del mundo de los hombres, el universo de los “utilizadores” estará constituido tanto por los ciudadanos comunes como por los científicos, lo que hará más competente el diálogo de todos los grupos, transformando la comunicación en una práctica eficaz para la construcción de una sociedad más democrática.

Indiscutiblemente, esa democratización de la ciencia será la que permitirá profundizar la sabiduría práctica, el cultivo del hábito de decidir bien, la concretización de la ética discursiva propuesta por Habermas15. Tal objetivo debe ser asimilado por los científicos en sus acciones, sin impedir de antemano, que se reconozcan las diferencias estructurales que, por el saber, los separan de los hombres comunes. Distintos en el conocimiento, pero hermanados en la búsqueda de una posible simetría, que contemple la construcción de una humanidad dirigida al propio hombre. Es en esa dirección que apunta la propuesta de responsabilidad, dirigida a los científicos por Jonas. Para decirlo de alguna manera, representa el máximo de conciencia posible de una concepción de ciencia comprometida con una auténtica humanidad, que tenga acceso
privilegiado a la unidad del conocimiento y que sea el motivo central de las acciones de los hombres de ciencia.


Una breve reflexión sobre los últimos 60 años de la práctica científica en el mundo muestra, por un lado, la ciencia guiada por preceptos ideológicos, tanto en la Alemania nazista como en la ex Unión Soviética, por otro, el desarrollo inhumano del capitalismo norteamericano que generó una tecnología contraria a la construcción armónica de la sociedad. Era enorme la apatía que dominaba a los científicos norteamericanos en el período anterior a Hiroshima, lo cual representó una verdadera corrupción de la ciencia, al ponerse al servicio de la guerra y que acabó produciendo un difuso sentimiento de rebeldía contra la ciencia. La ideología caracterizada por la fe en la ciencia, inaugurada en el siglo XIX , de unánime aceptación social, comenzó a recibir los primeros golpes. Los resultados de la aplicación de la ciencia impedían que el progreso científico siguiera considerándose incondicionalmente bueno. Empezaban a surgir las primeras interrogantes sobre las funciones sociales de la ciencia16. Desde 1933, en Alemania, la ciencia era envilecida al ser sometida a los objetivos políticos del nazismo. No sólo eran perseguidos los científicos judíos, sino que era prohibida la investigación que con ellos colaborase, incluso la aceptación y defensa de sus teorías. Es hecho conocido lo que ocurrió con el físico W. Heisenberg, quien fue considerado “judío blanco”, o sea, un ariano peligroso por ser amigo de judíos, solamente por haber sustentado la opinión de que la teoría de la relatividad de Einstein constituía una seria base para la investigación científica17. En la ex Unión Soviética, bajo el pretexto de defensa del socialismo, varios científicos conocieron el sufrido exilio interno, los que solían ser rotulados como portadores de graves disturbios mentales. En los EEUU los científicos se transformaron en trabajadores asalariados, al servicio del, entonces, emergente complejo militar e industrial. Desde esa época, la ciencia/sujeto pasó, a través de una autocrítica, a buscar en la ciencia/objeto los defectos que la habrían descaracterizado. La recomposición del retrato de familia de la ciencia se constituye, de ese modo, en un profundo cambio de paradigma. La concepción de la práctica científica como desvío recuperable por un nuevo sentido de responsabilidad, tiene por objetivo transformar la ética de la ciencia, en la sociedad moderna, en una ética universal.


Con respecto al vínculo ciencia/máquina de guerra, al principio se creó la idea de una relación fortuita. En realidad, fue eso que permitió que algunos físicos nucleares se lavaran las manos en las aguas cristalinas de la ciencia pura y las limpiaran en la blanca toalla del progreso científico. Sin embargo, la máquina de guerra, lejos de debilitarse, se transformó rápidamente en una industria floreciente, y la ciencia, sobre todo la designada como big science”, se puso a su servicio. En el transcurso de ese proceso, por todas partes se reconoció que Hiroshima y Nagasaki no habían sido accidentes, sino las primeras consecuencias dramáticas de un proceso capaz de producir otros “accidentes”, cada vez menos accidentales y cada vez más fatales18.


Como resultado de esos hechos, se hace oportuna la reflexión sobre el concepto heurístico del temor, formulado por Jonas. En el segundo capítulo del “Principio de la responsabilidad”, Jonas trata del delicado tema de la persistencia de los malos pronósticos sobre los buenos. Argumenta que “solamente la previsible desfiguración del hombre nos ayuda a forjar la idea del hombre que debe ser preservada de tal desfiguración. Necesitamos ese concepto de “amenazado” para, ante el espanto que tal eventualidad nos provoca, afirmar una imagen verdadera del hombre.” Mientras ignoramos el peligro, sería fuera de lugar crear mecanismos de protección contra los desconocido.

El conocimiento del mal, sin embargo, nos obliga a reflexionar sobre la posibilidad de que el bien permanezca ignorado. Jonas llega a la conclusión de que es necesario elaborar una ciencia que permita una predicción hipotética, la cual denomina “futurología comparada”. Por lo tanto “la heurística del temor, seguramente no tiene la última palabra en la búsqueda del bien, pero constituye una primera palabra realmente útil, que debe ser valorada hasta sus últimas consecuencias.”

Jonas considera esa actitud inspirada en la heurística del temor, como el “primer deber” del científico en la búsqueda de una ética orientada hacia el futuro. Describe la función heurística como un concepto imaginario, cuya postura no es dirigirse a los hechos científicos ya conocidos, sino a los desconocidos, cuando es necesario considerar las consecuencias ignoradas de las intervenciones de la ciencia, particularmente si la magnitud de los posibles efectos remotos no deseados supera a los conocidos. En todo proyecto de investigación, el científico siempre debe optar por aquél de pronóstico más favorable entre todos los posibles, rechazando sistemáticamente el desconocido, cuando se sabe muy poco sobre el mismo. Jonas mantiene que tal reflexión no debe limitarse a las profecías catastróficas, sino que debe ser incorporada a la teoría ética como un precepto sistemático, pues según él, hay que dar más atención a las profecías catastróficas que a las optimistas, especialmente cuando están involucradas grandes causas del emprendimiento humano, en las que no cabe ningún error, por más insignificante que sea.


Indudablemente, los grandes proyectos de la moderna tecnología son impacientes y atropellan los pasos cautelosos de la evolución natural y sensata de las intervenciones en la naturaleza humana y extrahumana. Lejos de considerar una planificación consciente, que permita al hombre un avance seguro, el científico se entrega a prácticas inseguras que implican un lado temible, peligroso. Se exige pues, un mandato de cautela, cuando se trata de los pronósticos desfavorables que la tecnología introduce. La historia de la evolución de los conocimientos científicos comprueba que la tecnología, a veces, pone en marcha ciertas intervenciones que adquieren un dinamismo propio y que superan el horizonte inicial del investigador, lo que nos enseña que, con frecuencia, somos libres para dar el primer paso, el segundo y que los sucesivos nos convierten en esclavos.

De acuerdo con Jonas, esto refuerza el deber que tenemos de ser vigilantes en los primeros pasos de nuestras intervenciones sobre la naturaleza, puesto que crean posibilidades catastróficas y bien fundamentadas, sin considerarse aquí las simples fantasías pesimistas. Debe considerarse sobre todo que todavía prevalece, en los medios científicos, la tesis de que como en la naturaleza nada está definitivamente sancionado, todo es permitido; por lo cual no se puede cohibir, bajo ningún pretexto, la libertad de investigación. Jonas denomina eso libertad nihilista, actitud que no exigiría justificación alguna en sus actos y, termina diciendo, que no se puede dejar el destino de la humanidad en manos de científicos tan declaradamente irresponsables. Por eso considera necesario que se cree alguna autoridad para analizar esos modelospues la grave desfiguración de la naturaleza humana, o extrahumana, presupone que no hay ganancia que valga tal precio, ni ninguna perspectiva de éxito justifica tal riesgo.

Haciendo una analogía entre las acciones humanas y los juegos de azar, termina sus consideraciones con una provocadora colocación: ¿Cuáles son las propuestas que desde el punto de vista ético nos son lícito hacer?

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